Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

11 de febrero de 2012

Una tumba en Mhanseon por NClarín



El día que llegué a Mansheon caía una lluvia finísima, como cernida. Me recibió Marión Albrich, el ama de llaves, una mujer llena de amabilidad y encanto, y mientras preparaban mi estancia, pese a la lluvia y por no estorbar, me dije que no sería mala idea dar una vuelta por los jardines que rodeaban la mansión, un edificio del siglo XVII de estilo gótico sombrío y tétrico, así mataría dos pájaros de un tiro, estiraría los pies y me haría una composición del lugar dónde iba a transcurrir mi vida durante todo el año que acababa de empezar.

Estuve bastante tiempo caminando, curioseando todo aquello que llamaba mi atención, metiéndome por laberintos y arboledas, deteniéndome en los estanques y surtidores que encontraba a mi paso, examinando las estatuas que bordeaban algunas rotondas, los parterres…, pero quise conocer también lo que no se veía y abandoné el sendero. Me metí por un lugar cubierto de hojarasca y vegetación casi intransitable que sobrecogía, pero seguí adelante a pesar de que mis ropas protestaban, y de pronto, en un pequeño claro, apareció ante mí un pequeño invernadero oculto por la maleza. Una puerta metálica cerrada con un candado lo cerraba. No me llevó mucho tiempo abrirlo y me introduje en él. Al instante algo llamó poderosamente mi atención: una tumba.

Me detuve ante ella atraído por su pulcritud, como si unas manos invisibles acabaran de asearla. Pero no fue el brillo del bello mármol negro, ni el artístico labrado de la lápida, ni el intenso aroma de las rosas recién cortadas lo que me detuvieron ante ella. Suspendió mi ánimo el extraño enunciado de su epitafio, grabado en cursiva con maestría al pie de la losa.

¿Quién se escondería –pensé- detrás de tan inquietante y enigmático epígrafe? ¿Quién intentó resumir la vida de la muerta en cinco palabras?¿Qué remordimientos propios y ajenos pretendía redimir? ¿Qué culpas limpiar? ¿Quiso tal vez quién mando escribirlas enmendar olvidos, remediar desidias, purgar traiciones, confesar hipocresías...?


¿Reposarían allí –seguí el hilo de mi pensamiento- los restos de quien, perdonando ingratitudes, había culminado alguna buena obra por los demás y como premio a su tesón había sido distinguido con el olvido? ¿O se trataba de una madre que, a su manera, había dado todo por sus hijos y éstos, codiciosos y egoístas, la habían recluido en un geriátrico donde había muerto olvidada y sola? En todo caso, pensé, el epitafio daba a entender que, fuera quien fuera, había merecido en vida mejor trato, y alguien de aquella mansión quiso reconocerlo así.

Salí fuera y miré a mi alrededor por si veía a alguien que pudiera explicarme el misterio que se desprendía de aquella tumba, alguien o algo, sin embargo la soledad era absoluta y nada había en aquel entorno hostil que pudiera tener relación con lo que yo buscaba. La lluvia seguía cayendo sigilosa, como si lo supiera, como si supiera que el olvido es más olvido con el silencio.
Continué con mi cavilar.

Aquel epitafio era un mudo reproche. ¿A quién iría dirigido? ¿Tenía un único y especial destinatario, quizá varios, o se dirigía al mundo que, impávido, asiste a las tragedias cotidianas inmerso en su frenética locura por conseguir la nada? Puede que así fuera, que el receptor del mensaje fuera el mundo que, insensato, ciego, insensible, frío y sordo, se olvida de sí mismo y abandona a sus mejores hijos. Porque, ¿a qué molestarse en escribir un epitafio pensando en los causantes directos del mal si nunca lo leerían? Tuve la seguridad de que era un aviso más que un reproche, o un reproche que quería ser un aviso. En cualquier caso, denotaba amargura y desesperanza.

Me alejé de la tumba sumido en mis propios pensamientos. ¿Quién sería la muerta? ¿Habría sido feliz después de todo? ¿Se sintió amada en vida? ¿Amó ella? ¿Odió? ¿Supo dar alguien la cara por ella o fue negada? ¿Se disputaron su herencia? ¿Murió en la pobreza? ¿Era tal vez la oveja negra de la familia…? La persona que escribió su epitafio, ¿quién sería? Todo era fascinante alrededor de aquel túmulo cuyo epitafio me intrigó.

Aunque tal vez el autor o autora de la leyenda se refería a otra cosa, a algo más inmaterial, la muerte, al fin y al cabo, nos enfrenta al misterio, un misterio que sólo vive quien muere en soledad, porque solo en total y absoluta soledad pueden vivirse las cosas trascendentes de esta vida. Da igual que hayas tenido una vida dichosa, que mueras rodeado de tus seres queridos, enfrentarse a la verdad es algo personal, íntimo, exclusivo…, nadie vive la verdad de otro. Entonces, el epitafio de aquella tumba adquirió otro sentido.
Su texto, como en un lamento, acusaba, me acusaba a mí, acusaba al mundo. Y rezaba así: “Y sin embargo murió sola...”

Decidí regresar sin dejar de darle vueltas a mi extraño hallazgo. Preguntaré a alguien de la mansión, me dije, el secreto que guardaba aquella sepultura oculta debe estar en Mansheon, sin duda.
Salí de nuevo al camino con los zapatos cubiertos de barro, hecho un adefesio, y de nuevo la sorpresa: una mujer vestida con un traje de novia blanco paseaba bajo la lluvia cubriéndose con una sombrilla azul. Me acerqué a ella y me presenté. Su belleza me impresionó. Le calculé unos cuarenta años –luego supe que tenía cuarenta y dos-, los cuarenta años más espléndidos que había contemplado en una mujer. Me miró de arriba abajo, hizo un mohín de disgusto y me preguntó si era un nuevo huésped de Mansheon, le dije que así era y me dio la bienvenida sin mucha convicción. Me dijo que se llamaba Victoria, Victoria Robles, y que había salido a pasear bajo la lluvia.

-“Me encanta pasear bajo la lluvia. A usted por lo que veo también” --con cierta ironía.
-¿Y siempre lo hace sola? –se me ocurrió preguntarle.
-La melancolía se disfruta mejor en soledad –respondió.
-Entonces no soy buena compañía para usted –le dije-. O tal vez sí –rectifiqué.
-¿Cambia de opinión con tanta facilidad? –me preguntó con un retintín de burla.
-Solo cuando descubro una tumba –dejé caer.
-¿Una tumba? –se sorprendió- ¿Dónde?
-No lejos de aquí, entre la maleza –le informé.
-¿Le importaría llevarme ante ella? –me ordenó más que me rogó sin más preámbulos.
Y la llevé.
-Es la primera vez que la veo –confesó conmovida cuando estuvo ante ella-, desconocía por completo su existencia, alguien tiene que dar una explicación de esto en la mansión.

Observó detenidamente el lugar y regresamos a casa sin apenas hablar, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Nos despedimos no sin antes arrancarle la promesa de que volveríamos a vernos.
Desde ese día, ya ha pasado una semana, no he vuelto a verla. Pero algo ha cambiado en Mansheon con mi descubrimiento. Allí nadie sabía de la existencia de un sepulcro, y si lo sabía alguien disimulaba, y todos, huéspedes y residentes, no dejan de comentar entre ellos qué misterio hay en torno a ese invernadero habilitado como panteón y qué secretos guarda su titular, un misterio que a partir de ese día marcará mi estancia en Mansheon, pues me he propuesto averiguarlo. No me convenció la explicación de Victoria Robles, no me fío de las mujeres que pasean solas bajo la lluvia, sobre todo si lo hacen con su gato. Empezaré por el mayordomo, mister Arthur Tidesson, seguro que sabe cosas de Mansheon que muchos ignoran.

NClarín

2 comentarios:

  1. Una tumba que dará mucho juego... y yo tampoco me fío de los hombres que pasean con su gato bajo la lluvia.. enhorabuena.

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  2. Fíjate, Carmen, aún no había tenido tiempo de darme una vuelta por aquí de forma reposada, y estoy viendo que se pueden hacer comentarios y otras opciones interesantes.

    Un saludo.

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