Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

10 de febrero de 2012

¿Por qué lo hiciste? por Vichoff


—¿Por qué lo hiciste? —me preguntó mi madre una vez más.

Dejó la taza sobre la mesa con gesto delicado, como si la porcelana no pesara en su mano, y me miró desde aquella tristeza que yo nunca había conseguido descifrar porque era suya desde siempre, era anterior a Andrea y a la muerte de mi hermano. No supe qué contestarle entonces pero habría buscado cualquier explicación si hubiera sabido que era la última vez que nos veíamos.

¿Por qué lo hice? Esa pregunta ha dado vueltas en mi cabeza a lo largo de los últimos veinte años y, a veces, se ha se ha presentado delante de mis ojos con la fuerza de un cartel luminoso en medio de la noche. Cada vez que abría el armario y mis ojos adivinaban las cuatro fundas de los cuatro vestidos blancos arrinconadas al fondo, como viejos fantasmas retirados;  cada vez que  los recuerdos insistían en volverse presente y me asomaba al espejo esperando el milagro de ver reflejada en él la cara pecosa de Andrea; cada vez que el gato brincaba a mi regazo y   reclamaba su dosis de mimos, orgulloso de que hubiera preferido su compañía a la de un ser humano, allí estaba, poniendo el interrogante en primera línea. “¿Por qué lo hiciste?”.

Y tal vez la respuesta a la pregunta, esa pregunta que todavía me sigo haciendo, no está al final del proceso, no es el resultado de un largo tiempo de reflexión sobre caracteres, causas y efectos, sino que está al principio de todo, en el inicio, mucho antes de que el primer vestido, manchado de barro, acabara en un baúl.


“¿En qué mes naciste?”, me preguntó Madame Pertec, medium y quiromante, mientras miraba fijamente la palma de mi mano izquierda y recorría sus líneas con la yema de un dedo índice huesudo y acartonado. “En febrero”, contestó Tadeusz por mí. Madame Pertec siguió estudiando mi mano como si fuera la piedra Rosetta. Al otro lado de la carpa  continuaba la algarabía de la feria, la música de los tiovivos, los gritos de los niños, las voces que anunciaban los premios de las tómbolas. La lona era permeable a los ruidos y todos llegaban hasta nuestros oídos. Tadeusz sonreía satisfecho porque había logrado convencerme.

—No tengas miedo, kochanka, no es más que un juego —me había animado antes de entrar en la carpa.


—A ti no te da miedo porque no crees en estas cosas.

—¿Y tú sí crees en ellas? No me hagas reír, tú no puedes creer en eso, eres una mujer inteligente.

El dedo de Madame Pertec bordeó la base de mi pulgar y llegó hasta la muñeca. De su garganta salió un sonido ronco.

—Mmmm… Larga vida —musitó—… aunque aquí, justo a la mitad, la línea está partida, luego continúa  —Llegó hasta la muñeca—… Y tienes las tres líneas de la suerte… puedes considerarte afortunada, nada te faltará…

Giró mi mano para ver las líneas de su perfil, debajo del meñique, las estudió durante unos segundos y por primera vez levantó los ojos.

—¿Quieres saberlo? —preguntó.


Asentí sin consultar con Tadeusz. Madame tardó unos segundos en contestar.

—Nunca te casarás —dijo al fin, como si dictara una sentencia.

—¿Qué clase de tontería es ésa? —gritó Tadeusz, repentinamente furioso.

Agarró mi brazo y tiró de mí hasta levantarme de la silla. Luego metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un billete que tiró sobre la mesa.

—Buenas tardes, Madame —dijo oscuramente. Y me empujó hacia la salida.


Febrero, claro, el signo de Acuario. Sospecho que Madame Pertec no hizo otra cosa que leer lo que alguien había escrito en las rayas de mi mano y, sin embargo, cuando rechacé a Tadeusz, no lo hice influenciada por su profecía. De hecho, para entonces había olvidado completamente la anécdota y en ningún momento pensé que estaba cumpliendo un designio ineludible. Pero es muy probable que la razón por la que lo hice estuviera grabada, desde mucho tiempo antes, en un rincón de mi cerebro, guardada como un secreto que espera ser desvelado. Cómo saber lo que somos y qué nos hacer ser como somos y no de otra manera. Yo no lo he sabido hasta hace poco, cuando ya es tarde para contestar a la pregunta de mi madre.

Tengo que regresar a la mansión, está oscureciendo. Me gusta el invernadero, tiene esa humedad que me recuerda a mi querida costa perennemente lluviosa y, sobre todo al atardecer, se llena de una luz oblicua que lo hace parecer irreal, semejante a la imagen de un sueño. Louise estaba aquí cuando he venido, le he preguntado si regresa conmigo a la casa pero ha preferido quedarse hablando con unas peonías.

No sé dónde se ha metido “Kant”.

Vichoff (Fefá Martí Maldonado)

1 comentario:

  1. ¿Por qué tomamos un decisión? o ¿Por qué no decidimos nada? que también es decidir...por miedo? ¿inseguridad? o ¿quizás demasiada certeza?

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