Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

11 de febrero de 2012

El preludio por Aspid


Había sido una tarde como tantas otras, aburrida, monótona, previsible en fin. Regresaba a casa cuando aquel muchacho que corría por la calle tropezó con ella, empujándola abruptamente y tirándola al suelo, sin embargo, haciendo caso omiso de los gritos de Ana, el mozo no se detuvo y continuó galopando, mientras ella se volvía hacia su tobillo, torcido y dolorido y veía en el pavimento algo que supuso se le había caído a su fortuito agresor.
Un pequeño libro, con pulcros remates dorados adornando sus tapas, yacía sobre la acera. Lo cogió y, levantándose con esfuerzo, intentó avisar al chico de su pérdida, pero este, había desaparecido.
Desconcertada por la situación, tomó el libro con sus manos y se dirigió a él.
         -Acabas de quedarte huérfano pequeñin, tu dueño ha volado vete a saber dónde. 
Recogió su bolso,  introdujo en su interior el libro y continuó, algo perpleja, su camino a casa.
Como cada noche, no encontraría nada extraordinario tras aquella puerta. Sin demasiado apetito se preparó una cena rápida, se acomodó en el sofá y encendió el televisor; se aburría sobremanera, cuando recordó el libro que descansaba en su bolso, y se acercó al butacón donde lo había dejado caer al llegar. Abriéndolo, extrajo el volumen y, tras una primera revisión visual sobre él y sin dirigirse a nadie, murmuró:
-Empezamos bien ¿sin título? ¿Dónde se ha visto un libro sin título? Si yo tuviera que escribir un libro, le pondría un título sonoro, y además, sería parte del guión. 
Tras esta reflexión tan poco meditada, comenzó a leer:

“Amanecía frente a las puertas de Mhanseon. Una lluvia intermitente, fina y fría había caído durante toda la noche. Las estancias permanecían aún cerradas a excepción del salón y la cocina. Y era desde el salón a la cocina por donde correteaba el perro, intentando esconder un trozo de pan que había  robado furtivamente de la despensa, pero mientras, en el silencio que ofrecen las madrugadas frías, el resto de habitantes reposaba en sus dormitorios, arrebujados entre las sábanas, perezosos de salir de ellas.


Benjamin, se levantó de su silla de ruedas, un tanto soliviantado por el escándalo que formaba de modo consciente el perro, intentando esconder su tesoro bajo la alfombra.
Intentó llamar su atención con un gesto bastante grosero. El perro lo miró divertido y continuó con afán su tarea de esconder el chusco, arrastró el hocico por el suelo en repetidas ocasiones y halló, por fin, el lugar perfecto en una esquina de los seis metros cuadrados de tapicería.

        -¿Ves Cooper? Este es el lugar. Aquí quedará bien escondido el pan.

-Deja de hablar maldito chucho, eres un perro. Los perros no hablan.

-Y tú un inválido, siéntate y no llames la atención.

Se encendió una luz, se oyeron pasos. La vida despertaba de nuevo, como siempre, con el amanecer. Benjamin, molesto, optó por sentarse, acomodó los brazos sobre la silla, asió el punto de libro que había dejado sobre la mesa y entonces el perro se tumbó a sus pies y recostó la cabeza entre sus patas.

Benjamín Cooper cerró el libro que tenía en las manos, atizó la brasa de la chimenea, su perro bostezó. Todo desprendía una aparente y relajante normalidad cuando Ana cruzó la puerta del salón.


-Buenos días Ben, ¿ya te levantaste?

-Duermo poco.

-Voy a preparar un café, ¿te apetece?

Benjamín asintió con la cabeza y dejó que su mirada se perdiera entre el crepitar de las llamas.

-Sabes Ben, no dejo de preguntarme cual será el día propicio para que me cuentes eso que tienes tanto esmero en ocultar. ¿Si te pongo dos de azúcar, me lo cuentas?

Acompañó su pequeño  chantaje con una pícara  sonrisa,  Benjamin  sonrió sin levantar  la vista de las llamas y asintió de nuevo.

Pero no  era  cierto. Jamás  iba a explicarle que el  libro que acababa de cerrar, era uno de  los tesoros más preciados de la historia, el libro que confundía la ficción y la convertía en realidad, que con aquel libro bastaba describir el deseo, y él lo reescribía en la vida.

Benjamin se levantaba todas las noches de su silla de ruedas, cuando nadie podía verlo, y también cuando nadie podía verlo, Rudy, su perro, le hablaba.”


            -¿Un perro que habla? ¿Este hombre porqué tiene un perro que habla y no tiene un gato? A mí me gustan los gatos. Aunque no hablen.

Exclamó Ana sentada en el sofá de su casa, se levantó a prepararse un café, encendió un cigarrillo y volvió al salón con un  cenicero de  cerámica desportillado, recogió los pies en el sofá y abrió de nuevo el libro para continuar la lectura.

 “Ana  volvió de  la cocina con dos  tazas de  café, se acercó a la chimenea y mientras le acercaba una de las tazas a Benjamin, le preguntó:

-¿Dónde está el gato?

         -Duerme.

El sol entraba ya por los cristales. Todo Mhanseon se llenaba de vida por momentos, el mayordomo se apuraba en sus labores, el ama de llaves buscaba en la cocina el trozo de pan que había guardado cuidadosamente en la alacena la noche anterior, Benjamin atizaba la lumbre mientras su perro ignoraba la escena general y mantenía la vista sobre la cola del gato que era lo único que se veía de él, mientras permanecía escondido en aquel rincón donde dormía. Poco a poco la casa fue llenándose de ruidos, de voces, de música.
El día se levantaba alegre. En los meses invernales la festividad era el estado cotidiano de la casa, las risas corrían por las estancias y se reunían felices en la mesa, pero Benjamin siempre mantenía esa mirada lánguida y perdida en el ayer.

            -¿Ya no vas a contarme ese misterio?

            -Tal vez mañana.”

Ana cerró el libro bruscamente.
Miró a su alrededor, un suave olor a jazmín procedente de una barrita de incienso se dispersaba por la habitación, recostó su cabeza sobre el respaldo del sofá y suspiró. Se sentía melancólica y le incomodaba esa sensación.
Decidió irse a dormir.

 El estridente sonido del despertador en la mesilla consiguió su cometido, Ana saltó de la cama asustada. Y enfadada, como todas las mañanas, se dirigió al baño, lavó su cara, se recogió el pelo, protestó por el tono de su piel y el color de sus ojeras y salió sin haber firmado la paz con el mundo. Se fue a la cocina y se preparó un café.
Se dispuso a desayunar.

El libro sin título la aguardaba sobre la mesa –no recuerdo haberte dejado ahí- masculló, se sentó de cara a la ventana y exclamó con los brazos extendidos:

            -¡Buenos días mundo! Hoy para desayunar, café, cabreo y libro encontrado ¡Je! ¡Qué bien!


El hermoso volumen también carecía de numeración en sus páginas, Ana era incapaz de recordar en que punto de la lectura lo había cerrado la noche anterior y optó por abrirlo por cualquiera de ellas.

“-Tal vez mañana”

-¡Ajá! ¡Eso es! Por aquí. Me quedé aquí.
Gracias libro, esta es la página que estaba buscando.


Retomó la lectura.


 “Benjamín se acercó a la librería, Rudy, su perro fiel caminaba despacio al lado de la silla. Ladró, y Benjamin, negando con la cabeza, le recordó que no debía tener prisa, dejó el libro en el tercer estante y se dirigieron al jardín.

            -¿Recuerdas el día en que llegaste Rudy? Yo sí recuerdo el día en que llegué, todos recordamos el día que llegamos a Mhanseon. Y yo, yo recuerdo el día en que llegasteis todos vosotros.

Mhanseon siempre había sido más hermosa en invierno que en verano, muy posiblemente por este hecho los nuevos invitados preferían llegar a la casa en estas fechas. Estalactitas de hielo colgaban de los ventanales, de los árboles, de las fuentes. Pinceladas blancas decoraban los setos, las escaleras. Benjamín también llegó en invierno, en su silla, llevaba una vieja trompeta y muchas historias colgando. Esas eran las historias que  por costumbre contaba en las reuniones nocturnas a los habitantes de la casa, también por costumbre, solía tocar la trompeta con ese aire nostálgico que poseen los viejos músicos. -Bien, por hoy se terminó, amigos. Estoy cansado- y con esas palabras daba por cerrada la sesión. Ana solía protestar -venga Ben, eres el concertista de Mhanseon- Benjamin sonreía con una sorna poco disimulada y negaba con la cabeza. Después, todos ellos, complacidos por los momentos de ocio, e intrigados por la guasa de Benjamín, le felicitaban, le agradecían su entusiasmo y sólo entonces se iban a acostar.

Todos los dormitorios de Mhanseon estaban construidos, decorados y preparados para que los invitados se sintieran como en casa. Jamás ninguno de ellos pudo sentirse extraño entre aquellas paredes y todos ellos, además, habían sido escrupulosamente elegidos.”

            -¿Elegidos por quién? ¿Dónde? ¿En un concurso?

Ironizó Ana un tanto agobiada por la belleza que le sugería el lugar. Una fuerte sensación de envidia recorrió sus entrañas. De repente se agolparon montones de preguntas, una detrás de  otra, montañas de preguntas colocadas en fila y dispuestas a ser disparadas y, sin embargo, carecía de capacidad  para formularlas.

            -Vale ¡Se acabó! Será posible que me ponga nerviosa el jodido libro. Voy a desayunar con cualquier otra lectura. El periódico de ayer por ejemplo.

Dirigiéndose al recibidor, junto al paragüero, en un pequeño taburete, reposaba la prensa de toda la semana, cogió el diario que se encontraba sobre los demás, y airada, volvió a la cocina. Decidió abrir el periódico por el centro con la intención de relajarse distrayendo su enfado con cualquier noticia. Una foto en portada hizo que desviara su vista hacia el titular. En letras mayúsculas y trabajadas con delicadeza,  el anuncio,  instaba a pasar unas vacaciones de corte romántico en lo que parecía un viejo, pero cuidado, castillo.

Le llamó poderosamente la atención el nombre del publicista que firmaba a pie de foto, así como el rostro que parecía entreverse en uno de los ventanales de la imagen. Buscó hasta el cansancio en la publicación, el lugar donde había sido tomada la foto, el nombre del castillo, cualquier dato, pero no logró encontrar absolutamente nada que indicara su ubicación, ni su nombre. Decepcionada, dejó el diario en un lado de la mesa y  terminó el café. Debía ir a trabajar.

Benjamin Cooper

¿Por qué le resultaba tan familiar ese nombre?

Sentía que sus ideas se agolpaban desordenadas desde que había despertado  esa mañana, lo cual le provocaba cierta desazón.

Levantándose, entró en el vestidor. Eligió un tejano y un jersey de cuello alto, una bufanda a juego con la pelliza y un gorro de lana, y una vez preparada para comenzar otro tedioso día de trabajo, salió por la puerta camino de la parada del número siete, su habitual línea de autobús. Saludó al vecino panadero y a la hija de este, y continuó su camino. Andaba  con las manos metidas en los bolsillos y los pies congelados, y una vez sentada en la parada, a la espera de que el número siete llegara, sintió como el frío se apoderaba completamente de ella.

Detestaba su trabajo de taquillera en RENFE, tan mecánico y distante. Tan absurdo. Pasaba las horas apartada de la realidad, expendiendo billetes de forma automática, viendo los rostros de sus congéneres sin observarlos, sin percatarse de que las vidas de los demás podían ser la suya.
Ana tenía una facilidad asombrosa para imaginar nuevas vidas en todos esos rostros que no observaba. Unía mentalmente, sin darse cuenta, los detalles que recogía en el trayecto  diario. Un eslogan publicitario, una canción, un perfume…


El autobús traqueteó por las obras en la rotonda, como todos los días, Ana se agarró como todos los días a la barra, y como todos los días se dejó ir más allá del ventanal buscando un punto que le llamara la atención.
La rotonda estaba salpicada de señales, la mayor parte de ellas cubiertas por un burdo plástico azul, que el paso de los coches agitaba y movía, dejando entrever por momentos parte de su contenido:
Dirección obligatoria, prohibido el paso, Mhan…

Bostezó.

Un niño repelente cantaba y saltaba por el pasillo del autobús, su madre, claramente molesta, intentaba controlarlo sin demasiado éxito. Le hacía gestos con las manos indicándole que bajara la voz, pero el niño continuaba su particular lucha contra los viajantes, finalmente la madre, desquiciada, le gritó:

-         ¡Siéntate de una puñetera vez, Benjamín!

Ana resopló.

Bajó frente a la estación diez minutos más tarde, cruzó por el paso de cebra, vio en el suelo panfletos con una imagen que le resultó conocida, pero el semáforo parpadeaba y no pudo detenerse a recoger uno.

Llegó a su taquilla, el tren que salía de la estación había sido decorado por los grafiteros del barrio, Ana vio de forma inequívoca como un árbol del dibujo se mecía bajo el viento y como tras sus ramas, se distinguía un castillo.

El reloj de la estación parecía haberse detenido a las nueve y cuarto.


         -Llegas tarde.

Increpó Soraya, su compañera de almuerzo, estirada y soberbia como siempre.

         -¿Qué haces para llegar tarde todas las mañanas, chata?
        
         -Anoche me acosté tarde. Estuve leyendo al pie de la chimenea hasta horas inconfesables.

Soraya la miró de reojo y con el tono irónico que la caracterizaba  preguntó:

-         ¿y desde cuando la señora tiene chimenea? ¿me lo cuentas?

-         Tal vez mañana.

Contestó Ana despojándose de la pelliza mientras se preguntaba porqué  había mentido a Soraya y qué oculto motivo existía para haber pronunciado esas palabras, y no otras.
Fijó la vista en el cuaderno de tasas y horarios de la línea cinco.
El altavoz anunció la salida de otro tren.
El reloj se negaba a mover sus saetas.



Toda la mañana tuvo la extraña sensación de no saber muy bien dónde estaba. Las voces, los sonidos habituales, las imágenes, todo, absolutamente todo, parecía estar colocado y dispuesto de manera distinta de su orden natural.

Hizo el trayecto a casa por primera vez en años, sentada en el autobús, cerró los ojos con la intención de no mirar el paisaje, por algún motivo que desconocía, no deseaba hacerlo, y aún cuando le pareció oír el viento moviendo la hojarasca, se negó a abrirlos.
Al llegar a su parada bajó y recorrió el camino a casa con el único deseo de llegar, ducharse, cenar y meterse en la cama.
Necesitaba dar por terminado el día y despertar descansada.

A llegar soltó el bolso en el butacón de la entrada como siempre, aunque aquella tarde mirara, desconfiada, que el libro no estuviera debajo, encendió un cigarrillo, abandonó el paquete, y después, fue a preparar su baño.

Al salir de la ducha esas sensaciones permanecieron invariables. Encendió la radio, un buen blues dio paso a un mejor jazz, la trompeta sonaba embargando todos los sentidos de Ana que permanecía inmóvil frente a un espejo cubierto de vaho. Agarrando el puño del albornoz acercó su mano al espejo y  con un lento  movimiento circular fue limpiando una parte de él. Parpadeó lentamente, por instantes todo parecía haberse ralentizado y fijó su vista en el centro del espejo, allí donde el reflejo era más nítido.

Sus ojos le devolvían la mirada, una mirada que no era la suya.
Otros ojos la observaban.

-¿Pero? Esto es absurdo. Debo estar paranoica. Creo que debería dormir más.

Salió del baño ya en pijama, el pelo le caía sobre los hombros, buscó el tabaco en el dormitorio sin encontrarlo. Sobre la cama reposaba el libro. Se dirigió a la cocina, encima de la mesa no había rastro del paquete y solamente encontró la taza del café del desayuno, y el libro, fue a buscarlo al sofá y allí estaba la manta, y por supuesto, el libro.
Estupefacta, estiró el brazo y violentamente agarró el libro, alzó la voz y le espetó:

            -Voy a abrirte por cualquiera de tus páginas, maldito libro, y vas a decirme por qué motivo me persigues.

Ana de pie en el salón de su casa, airada, abrió el libro tal y como había dicho, por una página al azar y comenzó a leer de nuevo.



“La selección de habitantes de Mhanseon jamás había sido fortuita. Todos los invitados eran peculiares. Ninguno de ellos se conocía antes de su llegada a la mansión, ni tampoco tenía conocimiento de que esta existiera antes de haber sido elegidos.

-Mhanseon existe para el alojo y disfrute de aquellos que lleguen y permanecerá intacta a través del tiempo.
Las puertas de los dormitorios lucen placas con inscripciones que los invitados han traído consigo. Los recuerdos de sus vidas, sus principios, la esencia de sus sueños.

En todas ellas excepto en la de Benjamin Cooper.

-Creo que quizá sea la hora.

Continuó Benjamin dirigiéndose a Rudy.

-Volvamos al salón.

Ordenó.  

Ana apareció despeinada, el cabello le caía sobre los hombros, se acercaba avergonzada pero decidida, dispuesta a entablar conversación con Benjamin; cuando este la frenó, antes de que comenzara, temeroso de su incesante cháchara,.


-Crees conocer el secreto que se oculta tras las paredes de esta casa. Crees conocerlo porque crees haberlo desvelado. Pero estás equivocada. Ningún secreto se escribe en las páginas de un libro, nunca se deja un secreto al alcance de cualquiera.

Ana se sonrojó, ignoraba que Benjamín se hubiese percatado de que había curioseado y robado el libro de  la biblioteca durante su ausencia, sin embargo Benjamín omitió este hecho y prosiguió.

-El secreto no está oculto tras las paredes. Todo Manseon es el secreto, la llegada de los invitados es el secreto, los motivos por los cuales fuisteis elegidos es el secreto, el libro que ahora tienes en las manos es el secreto. La ubicación, el tiempo, todo. Y el camino hacia el secreto se encuentra en la salida, tras la puerta”

Ana continuaba de pie en el salón cuando sintió que de entre sus dedos resbalaba el libro. Se agachó, lo recogió y volvió a leer.

“…el camino hacia el secreto se encuentra en la salida, tras la puerta”

Cerró y abrió el libro aleatoriamente en repetidas ocasiones.

“…el camino hacia el secreto se encuentra en la salida, tras la puerta”

El reloj sonó dando nueve campanadas.

Se dirigió a la puerta de entrada de su casa barajando mentalmente varias posibilidades sobre lo que ya comenzaba a considerar un colapso mental, asió el pomo tímidamente con intención de girarlo.
Abrió la puerta.

La mansión que había visto esa mañana en el periódico, estaba en el descansillo de su edificio. Con los ojos como platos dio un paso atrás y cerró la puerta de golpe.

Seguidamente se alzó y observó por la mirilla. Pudo contemplar a través de la lente, cómo el rellano  estaba tras su puerta, también podía verse un trozo de pasamanos de la escalera y la puerta del vecino… tal y como normalmente sucedía.


Continuó clavada frente a la puerta unos minutos más, dudando si abrirla de nuevo y dudando, sobre todo, de su salud mental.


Tomó aire, tragó saliva y se asomó a la mirilla otra vez, -Qué puerta de mierda tiene siempre esta mujer. Qué asco de vecina- argumentó en voz alta en un intento de justificar su paranoia cuando comprobó, que el descansillo permanecía inamovible.

Cerró la mirilla, se dio la vuelta, tropezó con el paragüero, blasfemó, se giró de nuevo, quedó frente a la puerta,  la miró sin verla, volvió a girarse, se dirigió a la cocina, cogió la taza de café vacía y la tiró contra la pared. 

Se sentó.

-¿Me estoy volviendo loca? Me estoy volviendo loca, seguro. ¿Un libro me persigue? ¡Pero qué coño me va a perseguir un libro! ¡Cómo va a haber una casa detrás de la puerta de mi apartamento! Vamos a resolver esto de una puñetera vez.


En el salón, volvió a sonar el reloj cuando la saeta llegó al cuarto, en ese momento se levantó decidida, se dirigió hacia la puerta. Asió el pomo con firmeza lo giró y tiró de él.
Y ahí estaba.

Mhanseon.

Estupefacta, sin soltar el pomo, entornó la puerta y alzando la mirilla, vio el descansillo tras la puerta. El mismo descansillo de siempre.
Pero al asomarse de nuevo por la rendija de la puerta, era la mansión lo que había frente a ella.

         -Bueno ¡Ya está bien!

Abrió la puerta por completo, se plantó bajo el quicio, y miró ante ella con los brazos en jarras.

Allí enfrente, en el lugar donde debía estar el rellano, se extendía un camino de tierra que parecía llegar hasta la puerta de la casa, en él, una figura lejana y de nuevo, extrañamente familiar, se perfilaba. A  medida que se aproximaba pudo ir distinguiendo más detalles, entre ellos, unos rasgos que jamás había visto pero que le resultaban conocidos.



El caballero se acercaba en su silla de ruedas, su piel era negra y su cabello, corto, crespo y entrecano. Fijaba en ella la mirada más melancólica que jamás Ana hubiera visto. Sus manos, grandes y curtidas le impulsaban vigorosamente, e iba acompañado de un perro.

Pudo comprobar que además, poseía una voz recia y enérgica cuando se hubo acercado lo suficiente y le dijo:

         -Bienvenida a Mhanseon Ana. Creo que ya nos conocemos, pero permíteme que me presente, soy Benjamín Cooper…

-¡Coño! ¡Y yo en pijama y zapatillas!
Dijo mientras extendía su mano.

         -… soy Benjamin Cooper…

Señor y guardián de Mhanseón.

Aspid

3 comentarios:

  1. Te pondré mi comentario en la cena,pero desde ahora mismo te digo que espero la continuación de la historia.Es tremendamente original.

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  2. Vaya, eso me preguntaba yo, qué demonios hace aqui el tal Cooper cuando hace ya semanas que me lo encontré en Música para el corazón y en alas de una Libélula. Ya, ya recuerdo algo... decía en una etiqueta que en aquel momento no logré entender:Mhanseon. Y sí, aún escucho las notas de Blue Notes...
    Bueno al lío.
    He encontrado demasiado largo El preludio.
    Muy, muy largo. Pienso que no le beneficia.
    Está genial, la mar de interesante. Muy bueno.
    Original. Es mi opinión, en pequeñas dosis,el efecto es más delicioso. Creo que estoy sufriendo una sobredosis, pero aún así, te felicito, porque...
    Me ha encantado.

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  3. Otra cosa que me intriga.
    ¿En que cena se dejan los comentarios...?
    ¿Qué es una cena sin comensales?

    Esto parece la leyenda de Sleepy Hollow.

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Al escrit@r que escribió este cuento le encantaría conocer tu opinión y aprovecha para darte las gracias por visitar Mhanseon.

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