Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

27 de febrero de 2012

¿Dónde guardarías un secreto? por Mara Nefill


El olor a tierra húmeda lo impregna todo. Ha llovido durante cuatro largos días, fabricando lagos para los pájaros en los llanos y guardando a las ovejas en las cabañas. 

La lluvia, aunque permanentemente presente en las nubes, parece coger siempre de sorpresa a los habitantes de estas tierras, boscosas y agrestes. Nadie parece acostumbrarse a que ella es, más que nadie, la dueña y señora del lugar. Así ha sido siempre, desde que recuerdo, incluso antes, lo veo en cada cuadro, en cada fotografía, en cada relato,  que han ido dejando los que caminaron por estos paisajes. Unos poco tiempo, otros tanto, que sus huellas crearon senderos nuevos en el bosque.

Me gustaban, me gustan, estos días, en los que el silencio se adueña de los caminos, cerca las casas y obliga a sus huéspedes a permanecer en ellas, esperando  el arco iris que les permita volver a sus paseos.

Cuando llueve me gusta sentarme en el jardín, debajo de la estatua de la ninfa, mi karrigan. Sus brazos abiertos guardan mi sombra de los ojos que, cada segundo, se asoman a la ventana del salón para ver si ya, por fin, ha escampado. Desde este privilegiado lugar  contemplo toda la mansión y el jardín que la rodea, puedo recorrer los senderos marcados por los rododendros, llegarme hasta el  macizo de hierbaluisas y mentas salvajes, saltar las matas de margaritas, ahora un poco aplastadas por la lluvia, y sin moverme, rodear el invernadero donde las orquídeas se guardan de los fríos.

Las orquídeas. Antes no estaban aquí. Llegaron con él.

A la tarde que llegó le precedieron otras dos de lluvia, y, como hoy, jugaba debajo de la karrigan a desvelar los misterios de los acertijos. Recordaba a mi padre, mirándome fijamente a los ojos, preguntándome ¿Dónde guardarías un secreto? ¿En dónde esconderías lo que no quisieras que fuera encontrado?

No se atrevía a llamar a  la puerta, se quedó inmóvil mirando a un lado y a otro, como esperando el milagro de no estar donde estaba, de no tener que estar aquí. El chofer que lo trajo dudó, al verle en ese estado, si irse o no, pero tenía otro viaje que atender y, al fin y al cabo, no era problema suyo. Así que dejó al hombre de extraño acento delante de la puerta sujetando la maleta con una mano mientras que con la otra se aferraba a la solapa de la chaqueta.

Tuve que esperar hasta que la cara blanca de Louise se encontró con los ojos negros del extranjero.

—Héctor, Héctor Latorre— balbuceó, intentando un saludo. Sus ojos iban de la cara de Louise a la maceta que sujetaba con fuerza—. ¡Un orquídea… es una…—.La sorpresa brotó de su garganta si poder callarla.

—Soy Louise, bienvenido… oh, sí, es una orquídea… ¡Vaya,  las conoce!…  claro usted es…  Pero por favor, no se quede ahí, entre, entre, le esperábamos.

Los secretos son como la lluvia, lo impregnan todo, despacio, van adueñándose del que los guarda, y, como ella, solo esperan hacerse líquidos, visibles al fin. Como su secreto, con el que entraba en la casa. Oí cómo se presentaba al mayordomo y subía la escalera tratando de no perder de vista a la mujer que no soltaba la planta.

Apenas tardó en volver al salón. Le temblaban las manos. Respiró profundamente cuando encontró a Louise sentada ante el  gran ventanal. La planta reposaba encima de la mesa de té.

Los que guardan los secretos necesitan cuidarlos, vigilarlos, para que no traspasen su refugio, para que no escapen de su cárcel. De su escondite.

—Ya está aquí. Siéntese conmigo ¿un té?—Louise sin dejarle decir nada le sirvió una taza— ¿Azúcar?, ¿leche?

—No. No. Por favor, no—. Héctor olisqueó el té sin dejar de mirar la flor naranja y devolvió la taza a la mesa sin haber bebido. No pudo contarle que lo suyo era el café, no le salían las palabras.
—Es una flor muy hermosa—dijo Louise— y ¡qué coincidencia! Me la trajeron hoy mismo del invernadero, fíjese usted, los dos de Perú y el mismo día. Waqanki, se llama, ¿significa lágrima, verdad?
Héctor asintió, conmovido —Plural. Es plural,  waqanki, lágrimas—. Las manos le sudaban cada vez más y temió que notara su nerviosismo—. ¿No hay nadie más… estamos solos? Me dijeron que, probablemente…
Héctor creía haber visto una cabellera pelirroja cerrarse en una habitación cercana a la suya. Necesitaba cambiar de conversación, levantarse de la mesa, salir del salón, que alguien llegara a salvarle de esa presencia. ¡Cómo era posible! ¿Y si fuera un sueño, si aún no hubiera llegado, si estaba dormido?
—Hábleme de ella, Héctor. — Louise acariciaba con sus ojos la orquídea.
—¿De ella!!—. La cucharita de plata con la que jugaba se le cayó de las manos, se agachó a buscarla y, cuando se incorporaba tropezó con el mayordomo que servía un licor amarillento. Sus pulmones lo recibieron como a un salvador, se estaban ahogando tratando de contener el llanto. Le dedicó un esbozo de sonrisa.
—¿Prefiere ginebra el señor?—. Fue lo único que le dijo. Héctor musitó un sí tímido y siguió agradecido el sonido de la ginebra cayendo en la copa.
—En contra de lo que dicen, en copa sienta mejor. Le quitará ese frío que le hace temblar, no se preocupe—le decía Louise—. Hay que acostumbrarse a este clima tan frío. Se le pasará, ya verá. Y se acostumbrará, como las orquídeas, la casa será su invernadero —se lo dijo riéndose —.Hábleme de ella, es de su país, seguro que conoce la leyenda… la tengo escrita en alguna parte… el del invernadero me la dio… ¿dónde estará? 

Los secretos. ¿Dónde guardarías un secreto? ¿Qué lugar escogerías? Cada uno elige el suyo, el que creen más seguro.

Louise rebuscaba en los bolsillos de la chaqueta. Una amplía chaqueta de campo que no se había quitado para tomar el té.  Quería ser cortés con Héctor, hacerle cómodas sus primeras horas en la casa, y el hecho de que su orquídea y él llegaran casi al tiempo, le producía un interés que hacía tiempo no sentía.

Hay dos clases de secretos: los que tú ocultas y los que te ocultan. Cada clase tiene miles de laberintos donde esconderse. Yo conozco todas sus entradas. 

Louise hablaba de la rutina de la casa, de su jardín, del recién restaurado invernadero, de Verdi, del tiempo en verano. No se atrevió a preguntarle cuánto se quedaría. Eso no se hace el día en el que llegas. Él no la escuchaba. Sus ojos la miraban fijamente, pero a sus oídos sólo llegaba el viento que traía la noche.

No lo sabían, pero la entrada a su laberinto era la misma. A su secreto se llegaba por el dolor. 
No recordaba haber cenado, ni subido las escaleras. Se encontró semidesnudo, tirado en la cama, observando la maleta abierta, aún con la ropa dentro. No tuvo fuerza para levantarse a colocarla, ni para guardar el poema escrito durante el camino. Necesitaba cerrar los ojos y despejar las razones por las que había viajado miles de kilómetros, dejando atrás toda su vida, para llegar a su destino el mismo día que una waqanki. ¿Cómo es posible? Nadie, nadie lo sabía, él mismo apenas lo había pensado, no podía ser una trampa ¿Qué dios organiza las coincidencias? ¿Qué dios me ha hecho esto? Se preguntaba mientras soñaba:
Estaba sentado a una mesa larga, con un mantel blanco, bordado con minúsculos botones dorados. El olor del ají de gallina le despertaba el apetito. Buscaba un tenedor, una cuchara… pero los cubiertos eran las  orquídeas  blancas que tanto le gustaban a ella; trataba de levantarse de esa mesa de difuntos pero no podía. Su mujer estaba enfrente de él, de sus ojos brotaban las waqanki, lagrimas rojas que caían sobre el mantel blanco. Como aquel día; lloraba como el día que salió corriendo de casa, levantando la brisa que cambiaba el color de las flores… él no la siguió, él, que la amaba tanto, no pudo seguirla.

Despertó bañado en sudor. Corrió hacia la ventana. No sabía dónde estaba. Estaba rodeado de niebla. Abrió la ventana y trato de gritar. Una corneja resolvió  ayudarle a despejar la calima y batió con fuerza las alas. Pudo ver como Louise llevaba la orquídea hacia el invernadero.

Los secretos que guardamos profundamente, que escondemos de nosotros mismos, buscan, como el agua que el sol libera de la tierra convertida en bruma, el camino a la luz. 

Louise volvía del invernadero limpiando un papel con la mano. Había encontrado la leyenda. Héctor se encogió sobre su estómago, dejaba que todo el dolor contenido inundara la habitación. Su secreto le miraba a los ojos, se abrazaba a su espalda. No podría soportar la voz de Louise leyendo la historia de  la princesa inca, casada con el Hijo del Sol y enamorada de un humilde soldado, al que,  su esposo, preso de celos, envió a la muerte. Las lágrimas que derramaba, mientras saltaba al precipicio donde yacía su enamorado, se convertían en las waqanki que el viento cambiaba de color.

Él había hecho lo mismo. Envió a la muerte al amor de la única mujer que había amado. Creyó que se echaría en sus brazos en busca de consuelo, pero salió corriendo. Su culpa lo paralizó. Por eso no corrió detrás de ella. Por eso no pudo detenerla antes de que el coche se la llevara por delante. Él, que la amaba más que a nada en el mundo, solo pudo recoger sus pedazos.

Esta clase de secretos siempre se rebelan al olvido. La culpa que los guarda busca su salida para liberarse, para sanarse. Utiliza todos los resquicios del tiempo, del destino, para hacerlo.

Todos guardamos secretos. Hay mil clases de secretos. Hay mil formas de guardarlos. Pero todos encuentran el camino para dejar de serlo.

Yo también tengo un secreto. Busca su salida, lo sé. Mientras la encuentra juego con la karrigan a desvelar los de ellos.

Mara Nefill

1 comentario:

  1. “Los secretos son como la lluvia, lo impregnan todo, despacio, van adueñándose del que los guarda, y, como ella, solo esperan hacerse líquidos, visibles al fin.”

    Mara, precioso relato. Me ha gustado viajar entre sus líneas, buscar ese lugar donde guardar los secretos que no desean ser encontrados...

    La vida, más allá de esta ficción, también está llena de extrañas coincidencias, ¿no crees? Quizás, a mi me gusta pensar que es así, sean señales que nos deja el futuro o guiños que nos hace el presente.

    Los secretos son como la lluvia...me gusta la lluvia y sus secretos.

    Besos y un fuerte abrazo.

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