Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

6 de febrero de 2012

Música, licor, libros y café: El secreto





Recogiendo las mesas, he vuelto a recordar la promesa que hice a Akane Fuchida de levantar el secreto de mi nombre, y revelar que su presencia fortuita fue el engarce entre el azar, ocupado en verme perdido por la ciudad, y la necesidad de hallar en sus calles, un lugar en el que recuperarme. Porque yo llegué enfermo de pena.

Hace ya seis meses que instalé este negocio, y podría decir que se trata del sueño de mi vida, pero el respeto a la memoria de mi mujer y mis hijos, impide que albergue, aún, una diminuta predisposición a sentir felicidad por ver funcionando este local.

Después del accidente que costó la vida a mi familia, y me mantuvo postrado en una cama de cuidados intensivos durante no sé cuánto tiempo, permanecí al amparo de mis padres, y del desempeño diligente de unos abogados que no desaprovecharon la ocasión que les ofrecía un caso tan sencillo como el del fallecimiento de Sandro, Sonia, y Beatriz, en una carretera secundaria. Nuestro coche chocó de frente con un todo terreno que invadió el carril por el que circulábamos. Un suceso que, a golpe de ser frecuente, podría resultar tan ordinario que nadie discutiría que mis niños y mi esposa murieron de un modo vulgar, pero, puestos a elegir, hubiera preferido protagonizar el papel de actor insignificante y sacrificado. A cambio, recibí mi condena: testificar su definitiva ausencia y recibir una damnificación millonaria.

De repente, me vi como un púgil que alza su brazo después de haber recibido una paliza tremenda, pero que, gracias a un golpe afortunado, ha logrado dar con su adversario en la lona. Desorientado por los gritos del público, y los flashes lanzándose como dardos sobre su imagen derrotada, miraría hacia el cielo cubierto por un techo metálico del que solamente alcanzaría a intuir el colorido de las banderas, similar al jersey de Sandro, o a los leotardos ensangrentados de Sonia.
Durante el juicio, permanecía largos periodos cabizbajo porque el recuerdo de la ropa de los pequeños o el vestido recién estrenado de Beatriz, se convertía en una mortaja alrededor de mi cuello, oprimiéndome la garganta, hasta el punto de sollozar de dolor y de tristeza.

¿Qué hacer?


Miro las estanterías. Creo que de estar aquí mi campeón, me pediría ahora mismo un helado de vainilla, y después aprovecharía para volver a abrir el troquelado de piratas que acabamos de presentar en el rincón infantil, al que seguro, Beatriz, habría sacado más partido que yo. Pero también pienso que si hubiéramos sobrevivido todos, esta librería, en la que es tan importante entretenerse con cualquier volumen como tomarse un café o un licor mientras suena Mozart o Franz Ferdinand, sería solamente otro idilio más con el desangelado mundo de los deseos incumplidos.

Pero ellos están aquí porque en algún momento fantaseamos con divertirnos levantando un negocio como éste, probablemente más bonito si Sonia, que apuntaba dotes de interiorista, hubiera decidido algún toque chispeante que atrajera más a los niños lectores. Pero no me quejo, porque quizá su buen espíritu sea el que atraiga a tantas familias durante las presentaciones de los libros infantiles en el pequeño escenario que hemos logrado montar, y ese día, parezca una fiesta diminuta a lomos de preciosos ejemplares.

Tras cobrar el dinero, ya había tomado una decisión. Abandonaría todo, menos a ellos. Marcharía y me instalaría en una ciudad cobijo para tres fantasmas y un guardián. Esos lugares por los que al pasar siempre dices, “si pudiera mudarme, viviría aquí”, y afortunadamente, no fue difícil escoger, habría una localidad mirando al norte, costera, alegre, vivaz y antigua como un castillo.
Sólo el mes de abril tiene treinta días discutiendo entre sí sobre la climatología más adecuada para que la primavera decida plantarse en este rincón del almanaque, y entre días anodinos, exultantes, alicaídos o pletóricos, paseé las calles de la ciudad dejándome llevar por el libre albedrío de mis pies. Confiaba que un método así, exento de trazos y círculos sobre un mapa, facilitaría la revelación de un lugar especial. Al hallarme ante él, de golpe, me diría: “No andes más, yo soy lo que buscas”. Pero estuve vagando durante tres semanas sin respuesta y, poco a poco, desanimado.

Hasta que me pidió fuego.

No me extrañó que preguntara si tenía un mechero, me extrañó su indumentaria de motera, me fijé en el corte asimétrico del pelo, descargado en la nuca, con un flequillo amplio y desigual colmado hacia el lado derecho de la frente, y, desde luego, me aturdieron las suaves facciones orientales. En ese momento, sólo acerté a contestarle afirmativamente mientras atinaba a encontrar un zippo que me regalaron los tres en uno de mis cumpleaños.

—Qué chulo... —se detuvo en la cara del encendedor donde estaba grabado “este se apagará, nosotros no”- Es original la dedicatoria... ¿Tu familia, tus amigos?

—Sí... mi familia...

Cargó el cigarrillo liado en una pipa, y trató de sacar llama del mechero, pero se le resistió, me pidió ayuda, y con un golpe seco de la palma sobre la rueda, arranqué una chispa suficiente para que la llama asomara por fin; una vez encendido, absorbió una larga calada, y conversamos acompañados por una gala de caprichosas volutas de humo, nacidas de su boca.

—Gracias... ¿quieres uno?

—No... ya no fumo.

—Ah... eso que te pierdes ¿Eres turista?

—No... no exactamente -me costó trabajo hablar. Llevaba meses sin hacer uso del habla de una manera coloquial. El sonido de mi voz pareció el susurro enfermo de un convaleciente.

—¿Vives aquí?

—Tampoco exactamente... —la chica oriental sonrió.

—Vale... ¿Y exactamente qué haces aquí?

Ese desparpajo me silenció, pero no dejé de sonreír también. Quizá fuera el rubor o la impericia por salir de aquella situación la que provocó que mirase por encima de ella hacia la fachada que quedaba a su espalda. Una antigua ferretería clausurada, presentaba orgullosa su adelantado de madera y una cristalera, cuyos marcos fueron diseñados con el esmero modernista de los años veinte del siglo pasado.

—¿Te gusta este sitio? —pareció adivinar mi interés.

—¿Lo conoces?
—Sí... aparece en las guías de la ciudad.

—¿No está en uso?

—No. Lo venden. El último negocio cerró hace bastantes años... Mira, en la planta de arriba hay un cartel con el teléfono de una inmobiliaria... Con los tiempos que corren seguro que estarán desesperados por encontrar comprador... ¿Estás interesado?

No la escuché. Sobre el rescoldo cristalino del escaparate, aprecié un movimiento de olas orgullosas y agotadas, las mismas con las que jugábamos en la playa durante las vacaciones. Beatriz llamaba mi atención, saltaba graciosa y gritaba para que pudiese oírla... “Ven, ven con nosotros”. Sonia no paraba de reír rebozándose en esa tierra de nadie que hay entre los coletazos del mar y la arena eternamente húmeda. Y el loco de Sandro bailaba sobre una tabla de surf varada que le habían regalado los reyes.

—¿Estás bien?

“Ven papá, ven a jugar”. Esquivé a la chica oriental y me acerqué a la luna del escaparate. Apoyé mi frente hasta sentir dolor y abrí los ojos hasta donde los párpados pueden estirarse. Nada. ¿Qué podía ver allí? El único vestigio marino que quedó en la mampara fue el lento recorrido de mis lágrimas sobre la fría superficie del cristal.

—Perdona... ¿te encuentras bien?

—Sí, sí... Lo siento —musité. Agradecí a... —¿perdona cómo te llamas?

—Akane, Akane Fuchida... soy japonesa.

—Akane... Qué bien hablas mi idioma... Disculpa por lo de hace un momento.

—No pasa nada...

—Gracias, otra vez, por ayudarme.

—¿Ayudarte? ¿A qué?

—A encontrar este sitio.

Nos despedimos estrechando las manos, y sin soltarlas inquirió: “¿Puedo preguntarte dos cosas?”.

—Claro —respondí.

—La primera es ¿cuál es tu nombre?, y la segunda ¿qué piensas hacer en este lugar?

Por primera vez en muchos meses me reencontré con el timbre de mi voz. Hasta entonces, hablar fue un ejercicio doloroso, medido hasta la extenuación para no malgastar la energía que suponía decir cualquier cosa. Y sin embargo, no sentí pavor en ese momento.

—Una contesta a la otra... Mi nombre es un secreto que puedes desvelar dentro de unos meses si te pasas por aquí, y entonces, también sabrás qué pienso hacer en este lugar. Prometo que te lo contaré todo— advertí todavía una resolución desangelada en mis palabras.

—¿Y si no pudiera venir?

Durante unos segundos quedé paralizado, retumbaron las secuelas de la ausencia reciente de los míos, y me asusté ante esa posibilidad que, en el juego envalentonado propuesto para dentro de varias semanas, no se me había pasado por la cabeza. Ella aprovechó mi desconcierto y se despidió, amable, obsequiándome con un “hasta pronto”, en el que presentí esperanza. Me dio la espalda, pero aún guardó una pequeña señal. Se giró. Depositó un beso en la palma de su mano y con un soplido, me lo envió desde la ligera distancia que nos separaba.

 Rafael Bonaval

5 comentarios:

  1. Dentro de una media hora, me paso por tu librería.. ¿ya le has puesto nombre? Me encanta, Rafael, tu tratamiento a los personajes infantiles de los relatos es tierno,dulce ... demuestra una sensibilidad que ya se te supone con solo mirarte.

    Un abrazo.

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  2. El nombre aparecerá en el Plan, muchas gracias por tus palabras, sabes que puedes entrar a mi librería incluso cuando esté cerrada, te dejaré un juego de llaves preparado, se accede por el portal que sube a la casa, yo vivo arriba, en el tercer piso, y siempre que lo desees sus estantes y sus pequeñas cosas están a tu disposición. Gracias.

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  3. Rafael es un escritor excepcional, queridas Old y María, no dejéis de seguirle el rastro en Mhanseon, seguro que no os defraudará.

    Un beso y muchas gracias por vuestra implicación en este proyecto, para todos nosotros es muy importante.

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