Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

6 de febrero de 2012

Secretos



La noche del 25 de diciembre llegó a mí, de la forma más inesperada pero con una urgencia que era necesaria en mi vida, un pequeño paquete. Me sorprendió el hecho de encontrarlo apoyado en el poyete de la ventana y, aunque no tardé ni un segundo en preguntarme su procedencia, por primera vez en aquel año no quise darle importancia a un suceso y menos aún intentar averiguar su causa. Simplemente pensé que era mejor atribuirlo a “esas cosas mágicas que, solo en Navidades, pueden suceder”.

El paquete, cuidadosamente envuelto, contenía un DVD y una tarjeta en la cual estaban grabadas en negro las iniciales K.T. La curiosidad me pudo, tengo que admitirlo, y me faltó tiempo para ver su contenido. Quedé maravillada ante las imágenes que se proyectaban en la televisión. Una mansión, casi de ensueño, perdida en algún lugar del mundo y a la cual, por alguna razón, yo había tenido la suerte de ser invitada a pasar el nuevo año con la única condición de dejar en ella una copia de los relatos que escribiera durante mi estancia. Miré a mi alrededor, era Navidad y estaba sola, no tenía a nadie con quien compartir una cena, y mis maletas, apoyadas en la puerta del recibidor, esperaban un destino. En cuanto apareció el número de teléfono en pantalla, no tuve la menor duda. Se me ofrecía la opción de dejar atrás mi pasado y no podía desperdiciarla. Llamé para confirmar mi reserva.

La mansión era fascinante. Por fuera parecía un castillo de cuento de hadas y por dentro lo era. La habitación que me había sido asignada parecía hecha a mi medida y a mi gusto y eso me sorprendió gratamente aunque me hizo sospechar que mi presencia en la casa no era fruto de la casualidad y que nuestro querido conde, K.T., sabía de mí más de lo que yo habría deseado. 

Recorrer la mansión era un poco complicado a veces, sus estancias y pasillos tenían una distribución laberíntica por lo que era muy fácil equivocarse, y más aún por las noches, cuando las sábanas del silencio envolvían sus estructuras y las sombras hacían más complicada la identificación de los caminos. A veces, cuando cruzaba una puerta parecía estar caminando por el mismo corredor. Pequeños detalles lo hacían distinto al anterior, pero los recorridos eran tan similares que siempre tenía la sensación de haber pasado antes por allí.


Conocí a Vichoff en uno de esos ataques de insomnio que se apoderaban de mí noche sí y noche también. La encontré, al igual que yo, vagando por los pasillos de Mhanseon, con una libreta en la mano porque, como ella me dijo en una ocasión, un buen escritor siempre lleva una libreta porque nunca sabe cuando va a necesitar anotar algo. Ahora, después de un año, pienso que encontrarla aquella noche tampoco fue casualidad, que todo había sido minuciosamente planificado para que ella y yo nos encontráramos nocturnamente en los pasillos. Estaba claro, las dos únicas aves nocturnas de toda la casa, la probabilidad de entablar una relación era demasiado obvia y nuestros gustos bastante parecidos.

Creo que fue la séptima noche de Mhanseon cuando Vichoff, aparte de su libreta, sostenía en la mano el plano de la casa. Al verla sonreí y le dije “¿Qué ocurre, no te has aprendido aún los pasillos de la casa?”. Sus ojos adquirieron una dulce fijeza y con aquella calma que llegaría a caracterizarla me dijo:

—¿Niña, tu te has fijado en que no todas las habitaciones están dibujadas en el plano?

Tenía razón, no sólo el plano que K.T nos había proporcionado omitía algunas habitaciones sino que estaban cerradas con un candado y todas presentaban en su frontal unas iniciales. Vichoff las fue anotando en su cuaderno mientras me preguntaba de nuevo.

—¿Niña, tu sabes realmente por qué estamos aquí? 

No, la verdad es que yo no sabía nada. Lo único que sabía era que todos los invitados de Mhanseon teníamos una afición común, la escritura, y probablemente un pasado que olvidar, pero el descubrimiento de aquella noche nos hizo sospechar que en la mansión nada ocurría por azar y que todos habíamos sido seleccionados como piezas fundamentales de un juego que estábamos muy lejos de imaginar. Tras nuestro descubrimiento, no sé muy bien por qué, Vichoff me propuso un paseo diurno por los exteriores de la casa. Hasta entonces, ninguna de las dos habíamos sentido curiosidad por visitar las maravillas exteriores de las que otros huéspedes hablaban. Aquella noche, al llegar a mi cuarto, supe que el sueño tardaría en llegar más que de costumbre.

Hacía un día soleado, más de lo esperado para un mes de Enero. Vichoff me esperaba puntualmente a las nueve, en el comedor, para desayunar. Siempre tomaba lo mismo, un zumo de naranja que rápidamente acompañaría con un café con leche y sin azúcar, porque sin esa dosis temprana de cafeína no acababa de ser persona. Aquella mañana decidí tomar, al igual que ella, un zumo de naranja, no quise mencionar nada sobre el tema de las habitaciones, aunque no hizo falta, porque nada más sentarme, con una sonrisa cómplice volvió a plantearme como era habitual en ella, otra pregunta. 

—¿Niña, te has fijado en los cuadros que adornan las paredes de Mhansion?

¡¿Que si me había fijado?! Pues claro que me había fijado, siempre los mismos personajes atrapados en los marcos. Seis personas diferentes, tres hombres y tres mujeres que fueras donde fueras parecían estar vigilando todos tus movimientos. Aquella sensación era lo que más me desagradaba de la casa. 

—Sí, claro que me he fijado, para no hacerlo, si a veces parece que están vivos – contesté.

Casi no escuchó mi respuesta, porque tampoco esperaba ninguna, simplemente, dejó caer su libreta encima de la mesa dejando al descubierto las iniciales que esa misma noche había anotado. “A.K, L.W, V.R, H.L, L.S, B.C”.

Tampoco hizo falta que me dijera más, ella sabía que me daría cuenta, me iba conociendo, cada pareja de iniciales correspondía a uno de los personajes del cuadro.

El resto del desayuno lo pasamos en silencio. Cuando finalizamos,Vichoff, como ya empezaba a ser habitual en ella,rompió el sosiego con una nueva pregunta. 

—Venga… ¿Damos ese paseo hasta el invernadero? 

Aquella mañana, mientras atravesábamos los patios empedrados en dirección al invernadero escuchando cómo el agua murmuraba en los estanques, fuimos conscientes de que el año iba a ser demasiado largo porque no sólo se trataba de descubrir los secretos que se escondían detrás de los muros sino que aquel juego para el que habíamos sido seleccionados, no había hecho más que empezar.

Nucky (Ana García)

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