Mhanseon 30/11 /1880
Hoy recibo
a mi primer invitado. Una mujer. Se llama Victoria Robles. Mi padre me puso un
cable desde España, a donde había ido a cerrar unos negocios, avisándome de que
había encontrado a quien sería mi primera invitada.
“Mi querida
reina Morrigan, mi amada hija. Los negocios van bien. Pronto volveré a casa,
solo espero resolver unos asuntos con mi agente español para coger el barco y
regresar a tu lado. Pero antes que yo llegue tendrás una visita, tu primera
invitada va de camino. Te encantará, estoy seguro. La conocí en un hotel aquí,
en Sevilla. No te cuento más. ¿Recuerdas nuestro juego? Ella tiene el don. Y el
secreto. Tu padre que te adora.”
El segundo nombre
tiene su secreto
se escribe en tinta
negra
sobre el blanco tierno.
Mhanseon
30/11/1955
El ruido de
la máquina de escribir de Walls se superponía a la trompeta con la que Cooper,
en el jardín, atraía a los cuervos y espantaba los gorriones. Hacía cuatro días
que la música había vuelto a su vientre, gestando canciones nuevas que le
recorrían todo el cuerpo.
Héctor le
sorprendió con los ojos cerrados y los dedos veloces sobre los pistones.
—Nunca
tocaste esta canción ¿de quién es?—le pregunto. Parecía recién salido de la
cama, con el pelo revuelto y aún sin afeitar. Tenía los dedos manchados de
tinta negra.
A Cooper le
sorprendió verlo así a las doce de la mañana. Otro día ya habría preparado algo
para almorzar. —¡Vaya! —le dijo—y tú ¿de dónde sales? Parece que te hayas
acostado vestido.
—¿Acostado?
Oh, no. He tenido una noche llena de sueños… inspiradores, creo. Tuve que
levantarme y ponerme a escribir. Pero tú… ¿esa melodía? Me encanta, es… tristemente… ¿sensual?
—Sí —le
contesto sonriendo. Su rostro se iluminaba cuando reía—. Hace tiempo que no
componía. Aún no la terminé, claro. Tengo la melodía pero sólo los primeros
versos: Mujer de rostro vacío/ impenetrable muro de hierro/ forjado de engaño y
ginebra — recitó con una voz grave.
—Vaya,
Benjamin, es buena, muy buena diría yo. No me habías dicho que eras tan buen
compositor.
—Bueno, es
una triste historia, amigo. Ya le cantaré a usted cuando termine—le
contestó en castellano. Cooper aprendía rápido los idiomas y a Héctor le
encantaba enseñarle.
—Muy bien.
Aprendes rápido amigo—Héctor le palmeó la espalda—. Voy a asearme antes del
almuerzo. Por cierto, que hoy dejé a la pobre señora Albrich sola con toda la
cocina.