Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

7 de junio de 2012

Sueños recordados, recuerdos soñados por Vichoff


¿Se pueden tener recuerdos de lo que no se conoce? ¿Se pueden recordar las calles, los edificios, los parques de una ciudad en la que nunca se ha estado? ¿Se puede tener en la memoria el color de un cielo que nunca se ha visto, el olor de un aire que nunca se ha respirado, el sonido de los carruajes sobre un pavimento que nunca se ha pisado? ¿Es tan tenue la frontera entre la realidad y la ficción, entre el sueño y la vigilia?

Porque yo me recuerdo en una mañana lluviosa, mirando un hermoso palacio blanco desde la extensión verde de un parque, un parque que se cierra a mi espalda con la cortina de un antiguo bosque de árboles apretados. 

Respiro profundamente y el aire templado me llena los pulmones, cierro los ojos un instante y en mi memoria se materializa un aire parecido en algún lugar de la costa de New Jersey, un mar gris de amanecer, unos brazos que me rodean desde atrás y una voz escondida en mi cuello que me pide que vuelva a la cama. Pero no quiero volver. Solo quiero quedarme allí hasta que salga el sol y luego correr hacia el primer barco que zarpe hacia Europa. Y pienso: “Konrad, no me casaré contigo”, pero no sé si llegado el momento seré capaz de rechazarle, no sé si tendré las fuerzas necesarias para explicarle mi abandono. Por eso quiero ese barco, por eso miro al mar y no quiero volver a la cama.


Pero aquí no hay mar de agua, solo un mar verde de hierba húmeda. A mi lado hay alguien, sé que es un hombre que, con un gesto amplio del brazo, señala lo que nos rodea como si me mostrara sus dominios, como si me estuviera diciendo “Todo esto que ves me pertenece”. Tiene el pelo rubio, lleva una levita oscura. Habla en un idioma que desconozco y, sin embargo, comprendo lo que dice, el significado de su discurso me llega por una vía que no son las palabras. Sé que lleva esperándome mucho tiempo y que se ha alegrado de mi llegada, pero no distingo su rostro ni su aspecto. Lo que me enseña le pertenece, sí, le pertenece porque lo ama. Es su ciudad y siempre regresa a ella, su ciudad a orillas del Báltico. Cómo he llegado hasta allí no lo sé, tampoco sé si mi visita es simplemente un viaje de placer o si tengo alguna misión que cumplir. En cambio, tengo la certeza de que el hombre de la levita confía en mí, de que soy su última esperanza. Y también sé que está a punto de decirme lo que quiere.
 Pero el recuerdo termina en ese momento, sin dejarme saber qué es lo que ese hombre de aspecto tranquilo y tímido quiere de mí.
 ¿Se pueden recordar cosas reales del mismo modo que se recuerdan los sueños? ¿Se pueden perder olores, colores, sonidos, secuencias completas, como si se hubieran desvanecido al despertar, como si los hubiera borrado la lucidez de la vigilia? ¿Se puede olvidar el azote del viento en el paso de Calais, el ruido de las olas, la soledad del muelle, el traqueteo del tren con destino a Londres, la escalera de una casa de tres pisos en el Soho en la que entraste temblando de miedo y de frío, el recorrido del taxi que te llevó de regreso al pequeño piso donde Louise te cuidó durante dos semanas?

Porque me recuerdo en una insólita soleada tarde londinense, tendida en la cama, abatida por la fiebre. Todo lo que me rodea es confuso, lo veo como si lo envolviera la niebla que suele caer sobre la ciudad; los contornos de los muebles se difuminan en la penumbra, no puedo distinguir el dibujo del papel de las paredes y la ventana es un marco de luz lechosa. El rostro de Louise aparece y desaparece, brumoso, como la imagen en un espejo empañado por el vapor, inclinándose sobre mí para preguntarme cómo me encuentro o si necesito algo, y su voz tiene un eco extraño, parece llegar de lejos, como a veces suenan las voces que soñamos. Sobre la mesilla de noche, un viejo despertador canta en voz baja los segundos pero no sé qué hora marca, todas las horas de aquellos días son la misma hora, y, a su lado, una pequeña jarra de cristal y un vaso esperan el momento de calmar la sed que me produce la fiebre. Suena a lo lejos una música de piano. Supongo que llega hasta mí desde el pasillo, atenuada, después de recorrer varias estancias en el piso de arriba, después de rebotar en las paredes del patio interior y de introducirse en la casa a través de la ventana de la cocina.
 Y entonces llegan las imágenes, empujadas por esa música que no suena para mí pero que entra sin pedir permiso en mi delirio, y veo claramente el salón al que estoy llegando desde la biblioteca. La chimenea está encendida y reconforta el calor que esparce, la luz roja y amarilla de sus llamas. A su alrededor, los huéspedes de la casa van y vienen, algunos charlan en grupos de dos o tres, se sirven bebidas. Otros las saborean absortos en un rincón del sofá. Rafael está hablando con Arthur y, cuando me ve, levanta su copa hacia mí en un brindis sonriente. Liam está inclinado sobre la mesa de billar y juega a empujar una bola y a seguir con la mirada su quebrada trayectoria como si estuviera descifrando un arcano.  Port y Clarín dejan de espiar la noche y me saludan desde el ventanal, me cruzo con Carmen que, cuando pasa a mi lado, me dice que va a buscar un écharpe.  Rafael se ha sentado al piano. Me acerco, amplío la sonrisa que inicié al verle y apoyo la mano en su hombro para inclinarme sobre su cuello y preguntarle si podría ser “Remembrance”, es una pieza tan dulce. Vuelve la cabeza y sus labios me rozan y, en lugar de una respuesta en su voz, veo una súplica en sus ojos.
 Pero la música se interrumpe y yo regreso a la realidad de los escalofríos y el dolor, a las lágrimas por lo que pudo haber sido. Pobre Juan, nunca sabrá lo que ha pasado. Lo único que tendrá es una ausencia cuya causa desconoce y la incertidumbre de mi regreso, que le acompañará día tras día hasta que el tiempo lleve a cabo su lenta labor de olvido. Louise llega y se sienta en la cama, me pone la mano en la frente. “Creo que está bajando la fiebre”, dice. Y luego me cuenta que ha estado hablando con el dueño de la librería de la esquina, un anciano amable y educado que le ha dicho que necesita a alguien que le ayude con el negocio porque él ya está mayor y no puede con todo el trabajo. “He pensado en que podría interesarte”, dice, “cuando te hayas repuesto, naturalmente”. El cuerpo de Louise se borra delante de mis ojos empujado por la imagen de una casa silenciosa que abandono casi al amanecer, procurando no hacer ruido para no despertar a los que duermen todavía. Mi madre, mi hermano, la tata Cecilia, despertarán y solo sabrán que me he ido. Dejo con ellos el ruido del mar, el olor de la tierra y dieciocho años de mi vida. Solo me llevo algo de ropa y mis cuadernos, no necesito más para empezar de nuevo. Tal vez un día de estos les escriba para decirles que estoy bien y que no pienso volver. “Gracias, Louise”, digo, y busco su mano sobre la colcha para apretarla antes  de abandonarme otra vez al sueño.

Vichoff

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