Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

13 de junio de 2012

Recuerdos por Mara Nefill



Mhanseon-sala de música- 22/12/1880

Victoria despertó a la casa con una canción que Wagner había compuesto para su mujer como regalo de aniversario. Ella la tocaba el día de su cumpleaños, celebraba así su nacimiento y el recuerdo de quien le había enseñado a tocarla.
Hacía tiempo que nadie tocaba el piano de media cola que mi abuela había mandado traer de Viena. Sus dedos se movían ágiles por las teclas, despertando en ellas la añoranza de otros dedos, más jóvenes y más torpes, que reposaban ahora sobre un vestido de tafetán negro en el cuadro que presidía la sala de música.
Yo bajé corriendo de mi guarida en la buhardilla al oírla tocar. Llegué para ver las caras de asombro y felicidad con que se miraban  Mr. Tydesson y  Mrs. Albrich, agradeciendo la música que inundaba la casa.
Aplaudimos cuando terminó la pieza. Mrs. Albrich lloraba.
—Oh, señora, ¡cuánto tiempo hacía que no se tocaba el piano de Lady Torn ¡¡Cuánto tiempo! —le dijo.
—¿Le molesta que lo haya hecho?—  Victoria  miraba alternativamente a Arthur y a Marion, buscando en ellos algún gesto de reprobación.
     —Si me permite señora Robles, es delicioso el que lo haya hecho—contestó Arthur — Mrs Albrich y yo le damos las gracias por su música.
     —Bien entonces—dijo Victoria levantándose resuelta del taburete—. Abramos la ventana y dejemos que el bosque entre en esta sala ¿les parece?
Marion se adelantó a ella y, descorriendo las pesadas cortinas de terciopelo rojo, abrió la ventana a la luz de un día que intentaba vencer a la tormenta del norte. Un viento frío entró en la habitación, levantando la bata de algodón de seda blanca que cubría el camisón de Victoria. Aún no se había vestido.
Arthur se la quedó mirando, admirando el pelo rojizo que le llegaba a la cintura y que se movía al compás de su bata con la melodía de las nubes rotas por el aguacero matutino.
No oyó mi “feliz cumpleaños”, salió corriendo hacía el jardín a bañarse bajo la lluvia.



Mhanseon –jardín-   0 7/08/2015

—¡Héctor, Héctor! Ven aquí, corre, corre.
Akane estaba en el jardín, trataba de atrapar a un gato que jugaba con unas cornejas. Corría detrás de él, saltando también, tratando de burlar las artimañas de los pájaros.
Héctor llegó con la blackberry  pegada a la oreja, se despedía de alguien al otro lado de la línea. Al verla así, no pudo menos que ponerse a fotografiarla.
—¿Has visto qué gatito? ¿No es precioso?—le dijo haciéndole gestos de que dejara de fotografiarla— No te acerques tanto, que se me ven las arrugas. ¡Por favor, Héctor, sabes que no me gusta!
Héctor se rió, le hacía gracia la coquetería de Akane. A él no le importaban las arrugas que aparecían en sus ojos cuando se reía. Trataba de convencerla de que eso la hacía más hermosa, pero sospechaba que nunca estaría del todo tranquila por su diferencia de edad. Había costumbres que no desaparecían ni con los terremotos.
  El gato le rodeó las piernas, saludándolo con cola erguida.
—Nos conocemos ya ¿sabes? Me lo encontré en el piso de arriba. Somos ya viejos amigos. Vete con Akane—le dijo al gato— os voy a hacer una foto juntos.
—No me lo dijiste. Que lo habías encontrado. Bueno, tampoco es que me contaras mucho de la buhardilla.
—Estabas en uno de los “días después del encierro” y es mejor dejarte  a tu aire. Ya me gritaste lo suficiente al principio, aprendo rápido—Héctor se fue acercando a ella y la abrazó por la cintura—, ves. Dame un beso, anda.
Akane frunció la frente y, con un mohín, le dio un beso en las mejillas.
—Así no, ese no me gusta—Héctor le hablaba mimoso—.Uno de verdad.
El gato les miró fijamente mientras se perdían en el beso. Cuando recuperaron el aliento Akane lo levantó del suelo y le besó a él también — ¿Y cómo se llama?—le preguntó a Héctor acariciando las orejas del gato que ronroneaba de placer.
—No sé. Bueno, la verdad es que quería dártelo como sorpresa de aniversario ¿o crees que me he olvidado?— Héctor la abrazó por la espalda.
—No. Nunca te olvidas—se volvió a él con una sonrisa rota—. Nunca te olvidas— le besó con ternura—.Por eso te amo. Pese a todo, pese a todo…
Héctor le cortó la frase con un beso. —¿Quieres  ponerle nombre ahora?
El suspiro de Akane asustó al felino acurrucado en sus brazos. Ella le miró a los ojos y le preguntó —¿Cómo te llamas?— él le contestó con un sonoro “miu”.
—Pues… ¿Qué te parece, Akane, le llamamos Miu?—dijo Héctor.
—No  parece muy original pero si él dice llamarse así, que así sea.
—Bueno,  no sé qué decirte, desde luego es el nombre heredado de la lengua egipcia…— Héctor agachó la cabeza. Siempre lo hacía cuando decía algo que suponía que los demás no sabían.
—¿Cómo lo sabes?— Akane miraba fijamente al gato que ahora volvía a jugar  escondiéndose entre una mata de margaritas.
—Lo leí en uno de los diarios de Cooper. Ellos… bueno, mi tío, encontró uno igual aquí, este debe de ser uno de sus descendientes, es de raza egipcia ¿sabes?, por eso le puso el nombre en esta lengua. Mi tío sabía leer los jeroglíficos.
—Vaya, qué interesante. No me habías contado… ¿Leíste mucho?
—Mucho no. Apenas he empezado el mes de diciembre.
—Ya. Estás dibujando. Me alegro, de verdad, que te hayas puesto a trabajar—Akane suspiró y se dejó caer en el suelo—. Se está tan bien aquí, ¿verdad?
—Sí—contestó Héctor tendiéndose a su lado—. Tengo la cabeza llena de una de mis historias ¿sabes?, me nació en la buhardilla y… esa es la razón por la que se me han quitado las prisas. Tú también estás metida con tus…
—Aja… He terminado uno —Akane se dio media vuelta y se acomodó en el pecho de Héctor—, y hay otro de camino, lo siento en el estómago.
—¿Se ha mirado al espejo?— preguntó Héctor con los ojos cerrados.
—No. Necesita al que viene en camino para completarse.
El corazón de Héctor dio un vuelco que sintió la mano de Akane. — No sé porqué es así, amor, no sé porqué si pongo los relatos delante de un espejo las palabras revelan su oculto—Héctor trató de detenerla, pero ella no lo consintió, con una mano le cerró los ojos y con la otra la boca—. Asusta a veces, noto tu miedo, lo sé, yo también me asusté al principio, no entendía cómo podían hacerlo, de dónde salían… Pero ya ves, ellas me han salvado más de una vez.
Héctor no quería seguir hablando de eso, le intranquilizaba la idea de que las historias de Akane escondieran unos mensajes secretos, que las palabras pudieran cambiar delante de un espejo, darse la vuelta, como las cartas en una mesa de juego. Él creaba mundos de la nada, los hacía crecer desde el principio, controlando cada elemento, cada ser, animado o no. Sus criaturas vivían porque él así lo decidía. Las palabras de Akane tenían vida propia y eso no lo entendía.
Los ojos cerrados de Héctor no pudieron ver el arcoíris que rodeaba la casa. Miu sí lo vio; dejó de saltar entre las flores y fue a acurrucarse encima de su pecho.
—¿Te acuerdas de la historia que me contaba Juanita?—A Héctor le llegaron de nuevo sus palabras—Me acordé de ella en la buhardilla. Tienes que subir. Es preciosa.
—Lo haré—dijo Akane—,  pero ahora leeré algo del diario de Cooper ¿ y tú?
—Creo que voy a preparar un suculento almuerzo para celebrar el día en que llegaste a mi vida.
—El día en que desapareció mi país…
—El día en que naciste de nuevo, piénsalo de esa manera. Hay que celebrar la vida. La Tierra se transforma, nosotros con ella.
—Esas fueron las palabras que me dijiste en el autobús que me llevaba al refugio — Akane le apretó la mano—. Bajé como un zombi del avión. Tú estabas entre el grupo de voluntarios, con un chaleco azul de la ONU y una placa con tu nombre. Me quitaste la mochila de la espalda y  me cogiste la mano. Soy Héctor Latorre, dijiste muy seguro de ti mismo.
Héctor la besó con ternura. —Veo que te acuerdas—le susurró en la mejilla—. No te olvides nunca de que fue la Tierra misma la que nos juntó.
—No me olvidaré nunca. Ni en la muerte me olvidaré de tus palabras.
—Se acabó—Héctor dio un salto asustando a Akane y a Miu que se quedaron mirándolo con los ojos muy abiertos—. Me voy a la cocina a celebrar la vida.

Diario de Cooper. 16/12/1955

El día aún no quiere irse, el sol de invierno inunda mi habitación, parece provenir de lo más profundo del bosque. Los pájaros no paran de llamar al ocaso, pero hoy no quiere venir, no quiere que olvide esta fecha, pero ¿cómo hacerlo? , ¿cómo olvidar los ojos cerrados de tu hijo muerto? Aún hoy recuerdo su cuerpo caliente en mis brazos, su respiración cada vez más lenta, su rostro cada vez más frío. Mis manos no pudieron retener su vida y se fue sin que pudiera oír su nombre. Me dejó la música. Vino para regalarme ese don, desde entonces escucho las notas que nacen más allá del cielo y que paren las palabras que conforman las canciones, tristes, solitarias, oscuras, que hablan de ese amor que nunca verá la luz. Mi corazón llamó a mi hijo Blueray. A veces sueño que está vivo y que conmigo cultiva campos de trigo y canta los domingos en la iglesia alabanzas a un dios que le da fuerza. Me lo imagino de la mano de una mujer con vestido de lunares naranjas y sombrero de paja que guarda en su interior el hijo que le ha hecho. En ese sueño hace calor y yo sólo toco la trompeta en el baile de los sábados. Cuando él y su madre se fueron con su dios yo vagué mi desesperación de un lado a otro de una tierra seca que no me quería. Pensaba que era un castigo por haber nacido negro, engendrando hijos negros nacidos para el hambre y el barro sucio, sólo apoyar los labios en la trompeta me daba el valor necesario para seguir  caminando. En Nueva Orleans entendí que nada de lo sucedido era castigo; allí una mulata que hablaba con los espíritus me dijo que él no había nacido para vivir, que sólo era un mensajero de los dioses que vino para darme un regalo, una misión, yo tenía que seguir tocando la música que ellos me mandaban, sólo tenía que escuchar. Lloré mucho ese día, tanto que subió la marea e inundó el paseo del muelle, y todo ese llanto lo toqué, entre whisky y whisky, a los borrachos que llenaron el bar. Entendí mi dolor, pero no me libré de él, cada 16 de diciembre viene a recordarme que tengo que permanecer atento al silencio para que los mensajeros no mueran en vano.
Hoy me quedé todo el día en mi habitación, escuchando, con un lápiz en la mano y la trompeta sobre mis rodillas. Héctor me trajo una bandeja con sopa de castañas y un pan que había hecho él mismo. No me preguntó nada, ya sabía que hoy era un día especial para mí, me puso una mano en el hombro y me dijo: “si quieres hablar, ya sabes dónde encontrarme”, y se fue sin más. Héctor es una de las mejores personas que he encontrado en mi vida.  Hay cosas que aún no ha contado y, pienso que son, como las mías, dolorosas.
A través del ventanal vi a Louise, se pasó toda la mañana removiendo la tierra en uno de los parterres más alejados, casi la borde del camino que rodea el bosque. Creo que lo hizo a propósito, que sabía que estaba detrás de los cristales, escuchando el silencio y revolcándome en mis nostalgias. Al volver a casa pasó por delante de mí, se quitó un guante sucio de tierra mojada y abrió su mano blanca en un saludo. Nos miramos a los ojos y me dedicó una sonrisa triste y cómplice. Volvió a la hora del té y golpeó con los nudillos los cristales, yo estaba enfrascado en una composición y creí que esos golpes eran unas notas que se habían perdido, me sorprendió verla allí, su pelo brillaba al contraluz y su rostro moreno de aire libre parecía iluminado, me costó salir del asombro y corrí a abrirle, entró una brisa fresca pero ella se quedó en la puerta, “no te quiero molestar”, me dijo, “ya sabes que no hablo mucho… que me cuesta hacerlo, pero quiero que sepas…”. No terminó la frase, me tendió un sobre blanco y grueso y se fue rodeando la casa, supongo que hacia el invernadero. Aún no lo he abierto. Espero el momento en que las manos dejen de temblar.

Mhanseon  22/12/1880

El comedor olía al chocolate caliente que Mrs Albrich le había preparado a Victoria, ella también quería homenajearla en su cumpleaños con un desayuno especial. El aroma de  la canela con la que lo había especiado se fundía con el azúcar glass de los picatostes recién fritos. Era, lo que desde entonces se denominaría en Mhanseon un “desayuno español” y que a mí, adicta al sobrio té negro, me transportaba a  los países exóticos que sólo conocía por los diarios que Sir Richard Burton escribía para la Royal Geographical Society y que recibíamos puntualmente cada trimestre.
Victoria disfrutaba despacio de su desayuno, la veía contenta, saboreando cada olor, cada textura. Marion la miraba complacida.
—Me alego de que le guste el desayuno, señora, Arthur y yo misma se lo hemos preparado con la intención de que en un día como hoy se encuentre más cerca de su casa.
—Señora Albrich, es uno de los mejores regalos que han podido hacerme. El chocolate, y el africano en particular,  es una de mis debilidades. Le estoy muy agradecida, hágaselo saber al sr. Tyldeman.
—Así lo haré señora. Muchas gracias por su amabilidad.
—Sabe. Hace unos años tuve a oportunidad de visitar una plantación en África —Victoria, con las dos manos en la taza humeante, cerró los ojos y aspiró el olor—.Recuerdo un bosque inmenso y una tierra húmeda. Sabe, las semillas son muy grandes—miró a la chocolatera de cobre—, algunas más que esta chocolatera, y amargo… amargo… Es una tierra muy hermosa…  el verde es rico, jugoso… las piñas ¿las ha comido alguna vez? , son dulces como el sol. Es una tierra fértil.
A Marion le gustaban las historias de los viajes de Victoria, yo sabía que hablarían durante un buen rato, así que  salí discretamente en busca de su regalo de cumpleaños.
Cuando volví, Mrs Albrich había roto el protocolo y se sentaba cerca  del aparador escuchando la descripción de las costumbres de los nativos que trabajaban en una explotación de caucho. Estaban tan concentradas que no me vieron cuando puse encima de la mesa una sombrerera verde cerrada con un enorme lazo morado que empezó a dar saltos en cuanto se sintió segura.
—¡Oh, dios mío! ¿Qué es?— Victoria se dio prisa en levantarla de la mesa, rápidamente se deshizo del lazo y abrió la caja para encontrarse con dos enormes ojos verdes y unas grandes orejas escrutadoras —¡Dios mío! Es un gatito, un hermoso gatito—Victoria lo sacó de la caja y lo observó detenidamente—¡Es precioso! Parece un pequeño leopardo ¿verdad? Pero quién… quién… Muchísimas gracias, es… ¡Cómo sabían que me encantan los gatos?
Estaba realmente encantada con mi regalo y a él se le veía muy a gusto en su compañía. Decidí que serían grandes amigos. Compartían el color de los ojos y un lejano origen.
—Hay una tarjeta dentro de la caja, señora—le dijo Marion.
—¿Qué pone? Léamela, por favor— Victoria no quería dejar de mimar a su regalo.
—Es del conde: “Dicen de los gatos egipcios que transportan el alma de sus dueños hasta el paraíso de la felicidad eterna, y que sea eterna en felicidad es nuestro deseo en el nuevo año que hoy celebra con nosotros”—la voz se le quebró un instante, buscando fuerza para continuar— la firma  Sir Richard Archibald Torn y Morrigan Torn.
Marion no pudo contener las lágrimas. Siempre se emocionaba con los regalos. Victoria recibió nuestra felicitación agradecida y preguntó:
—De acuerdo. ¿Qué nombre te ponemos?... ¿Qué decís? ¿Cuál le iría bien? Sabéis, hace tiempo tuve… bueno, no era mío realmente, pertenecía a… — Victoria no sabía si contárnoslo o no—Bueno… no tiene importancia. ¿Qué nombre te ponemos amigo? — se quedó pensando un rato como valorando distintas opciones. A Marion no se le ocurría nada más que Albert, pero no se atrevía a decirlo y yo no quería que nadie supiera que sabía el nombre que el gato se daba a sí mismo— ¿Qué os parece si le llamamos Orejas Blancas?
A Orejas no parecía gustarle mucho ese nombre, ya que ni se inmutó cuando lo nombraron, por el contrario, respondió con un sonoro “miu”  cuando Victoria le volvió a preguntar el nombre.
—¿Bast?—dijo Victoria mirándole a los ojos—¿Te parece bien Bast?
Pero él insistía en el suyo propio. Así que, decididamente, Miu se impuso sobre cualquier otro. Evidentemente era un gato con personalidad propia que había encontrado en  Victoria su alma humana.

Mhanseon-habitación de Liam- 16/12/55

Liam no había parado de trabajar en todo el día, apenas un descanso para unos sandwiches a medio día y estirar un poco las piernas. Estaba en racha. Dentro de su cabeza todos los datos que había recopilado durante años sobre Camelot, Merlín y su linaje empezaban a encajar y sus dedos los traspasaban sin apenas pasar por su cabeza. Había llegado al punto en que, por primera vez, en los textos se menciona a la princesa Morgana, Liam se emocionaba y, en voz alta, decía lo que escribía:
—Me llamó la atención las contradicciones existentes entre Lord A.B.Newton y Henry Perceval en el tratamiento dado a Morgana. Siguiendo la pista de este último me llegué a la Abadía de Lourdcastle en Eaton y en su biblioteca encontré un manuscrito datado en el año 1000 en el que describe el matrimonio entre Morgana, princesa de Cornwall con Merlín de Canterbury…
Liam levantó los ojos del papel— Morgana— repitió el nombre, casi rezándolo, y se dirigió a la ventana. Tuvo que limpiar los cristales de vaho para ver  cómo caía la nieve sobre el crepúsculo —¡Nieva! ¡Nieva! — empezó a reírse como un  chiquillo. Se tiró en la cama de un salto y cerró los ojos jugando a ser un ángel sobre los edredones blancos, como aquél día, sobre un lecho de musgo en un claro del bosque de Mhanseon. La nieve siempre le recordaba la piel de la mujer que le selló el destino: blanca y fría; y los copos cayendo parecían susurrar su nombre. Empezaba a caer de nuevo bajo su influjo, sabía que si seguía rememorando ese momento acabaría como era habitual, perdido durante días en ese recuerdo, reviviéndolo una y otra vez.
—La nieve—dijo en voz alta rompiendo el hechizo—. La nieve. Vayamos a jugar al jardín. ¡Vámonos a la nieve!—saltó de la cama llamando a Héctor antes incluso de salir de su habitación.

Mhanseon  22/12/1880

Poco después del almuerzo  llegó un primo de mi padre, Bartolomew Torn-Hedding, barón de Argyle; vino cargado con dos enormes maletas  llenas de etiquetas. Yo estaba jugando con mi karrigan a atrapar los minúsculos copos de nieve que empezaban a pintar de blanco el césped y no me dio tiempo a llegar a la puerta antes que él. Me hubiera gustado abrazarlo antes de que Arthur le abriera la puerta, pero llegue a tiempo de escuchar cómo Victoria se presentaba. Mi primo se quedó prendado de ella en cuanto la vio.
Bartolomew es encantador, el más encantador de mis primos. Debe rondar la cuarentena y aún permanece soltero, aunque parece que sus encantos de caballero escocés acaban de conquistar a una damita que probablemente le haga pensar en cambiar de estado. Viene de París, donde dejó a mi padre, trayéndonos sus noticias y su regalo: una caja enorme con unas  grandes letras rojas advirtiéndonos de su fragilidad que llevaron, por indicación del barón, con mucho cuidado, a la sala de música. Me puse nerviosa al intentar abrirla y Arthur tuvo que quitarme de las manos un cincel con el que pretendía deshacerme de los clavos. Entre sus risas y mi nerviosismo abrieron la caja y entre los dos sacaron el aparato más extraño que había  visto en mi vida. Victoria empezó a aplaudir excitada “¿Es un fonógrafo, verdad?!”, Bartolomew asintió complacido “Veo que conoce los últimos avances de la civilización”, yo les miraba a ambos tratando de obtener más información, para complacerme mi primo empezó a manipular la manivela que lo cruzaba con un ritmo constante, entonces en la sala de música se coló la melodía de una pieza de piano que no pude reconocer, pero que me fascinó, acto seguido la voz de mi padre retumbó por toda la sala:
—“Mi amada Morrigan, canta conmigo, esta es mi voz, únete a ella —y empezó a cantar mi canción—: Había una vez un bosque de niebla/ con dos cuervos blancos y una pluma negra/ Había una vez un arca de piedra/ en el que la muerte no era tristeza”.
 Era la canción con la que crecí, acunada en la cueva oscura, por las voces sin cuerpo que me enseñaron a caminar sobre las aguas del lago.
—“Había una vez un nombre encantado/ cuando se pronuncia el nombre sagrado/ las tormentas vienen a sellar su pacto”.
No vi a Victoria salir de la habitación abrazando a su pequeño gato, ni al barón disculparse alegando cansancio del viaje, me quedé extasiada, dándole vueltas una y otra vez a la manivela, cantando con mi padre nuestra canción:
—“Morrigan, Morrigan, Morrigan /cantan las montañas/ susurran las aguas/ y aquel que lo sueña/ Morrigan la maga/ lo encanta cantando/ en su cueva blanca”.

Diario de Cooper 16/12/1955

Ha empezado a nevar. Los copos llegaron, silenciosos, con la oscuridad y la tenue luz del farol que ilumina mi puerta al jardín les confiere un halo de misteriosa paz dorada. Quizá mañana, cuando nos levantemos, todo esté cubierto de nieve. Escuché exclamaciones de alegría por la casa, hasta Liam dejó de teclear para bajar con Héctor a disfrutar de la nieve. Svensson parece que declinó la oferta con un  escueto “la nieve no me gusta”. Yo, aunque tentado a salir, preferí continuar con mi encierro y me decidí a abrir el sobre de Louise. Es un poema. Se me ha quedado dentro, pegado a la piel, como la carta que lo acompaña, escueta:
 “Sé de tu dolor, mi carne puede compartirlo con la tuya, como mi alma. Quizá algún día logre decir con palabras lo que sólo puedo escribir. Si hablo, si lo cuento, será más real aun de lo que es y todavía sueño que es eso, un sueño del que despertaré. Tal vez por eso hablo poco. O quizá es que tengo que aprender a hacerlo. Tienes mi afecto Benjamin.”
Esas cuatro líneas me contaron más de ella que todas las conversaciones que tuvimos desde que llegué a esta casa. También me han abierto la puerta a una esperanza, no sé cuál es; su poema me hiela, como la nieve que empieza a cubrir el bosque, y al mismo tiempo me calma, silencia mi dolor, lo amortigua, lo comprende, lo sana. Estoy seguro de que para ella ha sido un paso importante, decisivo, ha compartido conmigo algo más que palabras, mucho más que dolor o que recuerdos,  se ha compartido a sí misma. Iré despacio, mi dolor carece ya de culpa o de miedo, pero el suyo está lleno de ambos.
Mi hijo hoy me hizo dos regalos: una nueva canción y el afecto de Louise. Mucho más de lo que podía desear.

Mhanseon – sala de música- 07/08/2015

—¿Qué te pasa?, dime, por favor, dime algo ¿Qué tienes?
Héctor entraba sobresaltado en la sala de música. Hacía tan solo una hora había dejado a Akane  escuchando unos discos de jazz –fussion que habían encontrado en uno de los armarios. La casa tenía una colección que podría calificarse de importante y que empezaba con un ejemplar de uno de los primeros fonógrafos. Hasta el año 2012 estaban representados todos los géneros y todos los soportes. Los que habían vivido allí a buen seguro que amaban la música.
—Por favor, Akane, ¡mírame! ¡mírame!— la zarandeaba intentando rescatarla del  llanto que la ahogaba. Apenas podía respirar. La abrazó fuertemente, acariciándole la espalda — Venga… dime…ya… Akane… qué sucede… Me estás asustando. Por favor.
Akane no podía  hablar. Héctor le secaba las lágrimas y sus caricias la tranquilizaban pero aún no tenía palabras, le dio el Diario de Cooper abierto por la página que estaba leyendo, Héctor lo cogió, entendía que eso era lo que le había provocado el ataque de angustia. Leyó todo lo rápido que pudo.
—Bien, se le murió un hijo... su muerte le regaló la música … ¿Por eso lloras? — No podía creer que esa fuera la causa, era triste sí, pero por lo poco que la conocía no era algo que la afectara, no conocía a nadie más habituado a la muerte que ella.
Akane empezaba a tranquilizarse. Le tendió temblorosa una hoja un tanto amarillenta que parecía haber estado doblada durante mucho tiempo. La leyó en voz alta:
“El deber de todo prisionero es escapar. / Lo repetí tres veces, despacio/ y lo escribí en las paredes./Mi piel lo lleva tatuado, /por dentro/pegadas a los pulmones/ las palabras negras:/ el deber de todo prisionero es escapar./ La tinta, negra/tiñe el corazón y el estómago/busca el alma/ prisionera en algún lugar/ aquí dentro / para recordarle…/ Para recordarle su deber/ el deber de todo prisionero/el deber de escaparse”.
En la sala una voz blanca cantaba sobre las notas de un arpa “deep as the ocean blue I want to be”. Héctor apagó el reproductor de cds, dobló el poema en cuatro partes simétricas y lo devolvió a su lugar en el diario. No dijo nada. Sólo la abrazó más fuerte aún, queriendo meterla dentro de su piel, calentarla con su corazón. Sabía que era lo único que podía hacer.
“Lo entiendo, mi amor, lo entiendo—pensó—.Ojalá desaparecieran los recuerdos con los terremotos”.


Mhanseon- habitación de Victoria-  22/12/1880

Victoria se encerró en su habitación con una taza de té de menta que ella misma insistió en prepararse de acuerdo a una antigua receta árabe. Estaba siendo un día lleno de sorpresas y regalos: la lluvia de la mañana, el chocolate de África, el gato que ahora jugaba sobre su cama, el barón venido de un París lleno de luces y nuevos inventos, el fonógrafo y su canción… Un montón de recuerdos se le agolpaban en el corazón. Abrió el armario donde guardaba sus tesoros, acarició uno por uno sus vestidos y eligió uno de ellos.
—Mi último vestido—dijo mirando a su gato.
La seda roja flotó sobre el algodón inmaculado de la colcha. Miu se arrebujó entre los almohadones, lejos de esa tela que tenía vida propia. Despacio, Victoria se quitó el vestido de tarde y se deshizo del moño que aprisionaba su pelo. De la cómoda sacó un bote dorado que, al abrirlo, confundió sus olores con los del té. Se fue aplicando la crema que contenía por todo el cuerpo y su piel se fundió con las rosas de Alejandría que, ahora, colonizaban todo el ambiente.
—Este es el olor que a él más le gustaba. Me decía que el desierto, los días de luna azul, huele así, como mi piel. ¿A ti te gusta?
El gato ronroneó. Victoria se le encaró. Los cristales oscuros de noche reflejaban su cuerpo desnudo —Veo que sí. A sus gatos también. Él tenía muchos, sabes, su casa estaba llena de hermanos tuyos jugando por todas partes. Mandó coser este vestido para mí. Trajeron la seda de Japón y los hilos de oro de Abisinia, los velos los tejieron en Damasco y tres costureras vírgenes de El Cairo bordaron las estrellas que los adornan.
La túnica roja cayó sobre el cuerpo de Victoria como una segunda piel. Con el velo blanco cubrió su pelo y mirándose en el reflejo de la luna que vencía las nubes de nieve tapó su rostro, dejando que las estrellas de oro iluminaran sus ojos pintados de khol.
—Me hubiera gustado ser su esposa, ver pasar la vida mirando el río desde la atalaya de su casa y el amanecer rojo desde su cama. Lo amé más que a ningún otro. Por ese amor estuve a punto de incumplir mi promesa. Pero no pudo ser, él tampoco supo decirme…—suspiró y continuó hablándole a la oscuridad—. Se llamaba  Rachid As Salamiya Abu Rami y  yo iba a ser su cuarta esposa. La noche antes de la boda me puse el vestido y entré, venciendo los obstáculos y las vigilancias, en el ala de la casa destinada a los hombres y me colé en su alcoba cuando se disponía a acostarse. Él creyó que era una visión, una hurí; cuando me quité los velos y desnudé mi cuerpo no pudo contener su abrazo, aún hoy siento sus manos sobre mí. Me amó hasta que la llamada a la oración rompió la madrugada. Cuando el muecín terminó de cantar las alabanzas a Allah le hice la pregunta, la misma que a todos los hombres que le precedieron en mi corazón. Deseé que la contestara, recé para que pronunciara las palabras exactas, las que me harían suya para siempre. Pero no fue así, él tampoco supo contestar a mi pregunta — las palabras se le atragantaban—.Por eso estoy aquí ahora, ya ves, gatito—suspiró— y tú me recuerdas esos días.    
Miu se acercó a ella y le lamió las manos.

Mhanseon- habitación de Héctor-  16/12/1955

Héctor escribía con el cuidado de una encajera sobre un trozo de papiro. Cuando terminó alejó la pluma de ganso que goteaba tinta negra para que no pudiera dañar su trabajo. Inhaló fuertemente y exhaló despacio. Leyó en voz alta lo que había escrito: — Flores blancas sobre tu tumba/nieve en mi rostro/frío en tus manos/hielo en mi alma.
Dejó el poema cerca de la estufa de la habitación y se levantó a ver caer los primeros copos de nieve del invierno; lo hacían dulcemente, sobre el tejado del invernadero, la tenue luz dorada que cuidaba de las orquídeas confería cualidad de diamante a los copos blancos.
—Lo que más me gusta es ver nevar— le decía a un recuerdo—.Eso me dijiste la primera noche que cenamos juntos en Santiago, en ese restaurante con aire afrancesado del Hotel Imperio. Cerca de nuestra mesa comía una familia que celebraba un aniversario, mezclaban un paté de ganso con sopaipilla*, nosotros nos reímos de ese olor a dinero nuevo, a mina de cobre. Me dijiste entonces que nuestras bodas de oro las celebraríamos en los Alpes, cubiertos de gorros de lana de vicuña y pieles de osos blancos. Te reías tanto, no parabas de hacerlo, por cualquier cosa, hasta cuando acariciabas mi mano y me amenazabas con el tenedor pidiéndome un juramento solemne. Yo te lo juré, te juré que en nuestro aniversario comeríamos sopa de cebolla y queso mientras la nieve nos cercaba en la montaña. Ya no me acuerdo de tu olor ¿sabes?, de tu risa sí, pero el olor… tu olor… ha desaparecido de mis manos.
Unos fuertes golpes rompieron su discurso —Héctor, Héctor, ¡está nevando! — Liam gritaba como un chiquillo—, ven, vamos, vamos al jardín.
(*sopaipilla: plato chileno hecho a base de pasta de harina y calabaza frita en forma de obleas).
Mhanseon -sala de música-  07/08/ 2015
—Déjame sola un momento, por favor, ya estoy bien. Si no fuera por ti que me cuidas… ¿Me pasas la petaca? De verdad que estoy bien, me fumo una pipa tranquilita mientras tú me preparas una de esas cenas deliciosas.
—Aquí tienes—Héctor le tendió la petaca pero, antes de que ella la cogiera la abrió y olfateó su interior—. Huele bien este tabaco. No sé cómo consigues fumar, pero huele bien.
—Ya te dije—Akane cogió la petaca y comenzó su ritual eligiendo una pipa larga con boquilla de nácar— en la tienda de tabaco donde trabajaba. A los clientes les gustaba.
—Bueno, me voy. ¿Quieres que te ponga algún disco en especial?
—Pues sí… uno de esos de Satie que escuchamos el otro día.
—¿No te parece un poco triste?

—No, me relaja.
Héctor eligió la “Petite ouverture á danser” y se fue. No cerró la puerta, seguro que no oiría la música desde la cocina pero al menos no se sentiría lejos de ella.

Mhanseon - habitación de Louise -16/12/1955

—Tal vez no debiera haberle dado a Benjamin la carta, ni el poema. Una temeridad. ¿Por qué lo he hecho? ¿Por qué? Ahora creo que no hice bien, pero estaba tan… tan… No sé si será consuelo, no es que quiera consolarlo, ¿cómo hacerlo con mi amargura? Ojalá pudiera, ojalá pudiera deshacerme como la nieve con el calor, fundirme sin más, desparecer convertida en nada, dejar de recordar, de sentir, de pensar. Torn no me dijo que fuera a tener compañía, no me dijo que volvería a …
 Louise se estremecía delante de la ventana, fuera la nieve empezaba a cubrir los parterres de  invierno. La veía caer silenciosa, sin previo aviso, amenazando con cercarla en la casa.
—No me gusta la nieve —las palabras mancharon de bruma cálida los cristales—. No me gusta la nieve— Louise no podía contener las lágrimas—. A Ilya sí, disfrutaba de ella, pese a los bombardeos, pese a la sangre y a la muerte, decía que era una bendición del cielo, que con su silencio lo limpiaba todo —los labios se le abrieron en una media sonrisa—. Cantaba una canción… algo así como… oh nieve blanca de las nubes caes… , si pudiera acordarme ahora. Así lo vi por primera vez, cantándonos, a los prisioneros, a sus enemigos…— sorbía las lágrimas que le inundaban los labios Ilya, Ilya, qué te hice… qué os hice…
 Le asustaron los golpes en la puerta.  — Louise, Louise— era la voz de Liam— .  Está nevando. Héctor y yo nos vamos al jardín ¿vienes?
De su estómago salió un seco — No me gusta la nieve.

Mhanseon  22/12/1880

La cena fue exquisita y la tarta Emperatriz el colofón perfecto. Victoria lo celebró brindando por nosotros.
El primo Bartolomew no dejó de interrogarla durante toda la velada, se notaba su creciente interés por ella y yo alentaba su curiosidad. La tarta llegó con los vinos dulces en el momento preciso en que le contaba como, al ser la menor de una familia muy numerosa, sus padres, de apretados recursos económicos, la dejaron al cuidado de una tía soltera que, pese a estar medio inválida, no pasaba más de tres meses en su cortijo de Sevilla, el resto del año viajaba por el mundo, a ser posible en tren, su medio de locomoción favorito. Cuando la probó  exclamó “¡La receta de Viena! Mi preferida.” Entonces nos contó su viaje a la corte Austrohúngara acompañando a su tía a las bodas de Francisco José I. Hablaba de ellos como si se tratara de miembros de su familia, mi primo la escuchaba embelesado. “Allí conocimos al Príncipe Otto de Austria-Hungría. En su palacio del Lago Constanza pasamos una temporada maravillosa. Qué hermosa región, ¿la conoce, barón?”, “Por favor, llámeme Bartolomew, se lo ruego”. Estaban tan cerca el uno del otro que parecía no haber nadie más sentado a la mesa. “Pero bueno, no quiero aburrirle con mis recuerdos…”  “Por favor, señora, cómo podría hacerlo”. El estallido de una copa en el otro extremo de la mesa rompió su encuentro. La mancha de vino rojo se extendió hasta casi rozar su mano. “¿Le apetecería compartir conmigo un licor?, es, precisamente, de la región de Baden”, sugirió mi primo levantándose. Arthur, diligente, intervino para que la mancha no cubriera todo el mantel. “Veo, Arthur” le dijo Bartolomew al salir “que seguimos con la costumbre de siete a la mesa”. “Hay cosas que no se pueden cambiar señor, usted bien lo sabe”, le contestó cabizbajo.
Se fueron hacia la sala de música, Victoria tocaría para él unas piezas que el príncipe le había enseñado. Yo me quedé viendo cómo Arthur luchaba contra la mancha.


Mhanseon- sala de música- 07/08/2015

—El deber de todo prisionero es escapar —la voz entrecortada de Akane se superponía a las notas, limpias y cálidas, de un piano—… mi piel lo lleva tatuado…—le costó levantarse del sofá. Caminó lentamente hacia la ventana. Fuera una brisa de verano revolvía las primeras hojas secas de una acacia—. La tinta, negra, tiñe el corazón… —apretó con fuerza la pipa caliente, buscaba sustento en ella—… para recordarle su deber … el deber de escaparse.
Se quedó muda y quieta observando cómo cambiaba el paisaje, delante de ella el jardín se convertía en una playa a la que llegaba un mar gris. Sus ojos tenían cinco años y no querían ver lo que ocurría sobre el suelo de madera de la habitación. Oía una respiración cansada, ya sin voz, que le decía “perdóname, perdóname, no puedo seguir prisionera, no puedo seguir en esta prisión. Mi niña, mi dulce niña, ¿sabrás perdonarme?”.
—El deber de todo prisionero es escapar—murmuró.
Sus pies de niña sintieron un líquido caliente y rojo teñir la madera blanca. Se cortó con los cristales rotos de un espejo cuando intentó abrazarse al cuerpo sin vida de su madre.
—Okasan, madre—susurró—. Tu voz volvió a hablarme en esas letras. Todas las muertes siempre fueron la tuya… pero ya pasó, ya pasó…  Entendí y perdoné ¿por qué no habría de hacerlo? No me dejaste sola, okasan, conmigo se quedaron los espejos… siempre los espejos.
Akane se volvió sonriendo y apagó el reproductor de cd’s.

Mara Nefill

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