Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

5 de junio de 2012

A la sala de música llegó el asombro por Luna


Aún el rostro de Louise continuaba iluminado con la presencia de Héctor, hasta que el paso diáfano de los aviones gemelos dibujando figuras geométricas en dos líneas paralelas sobre el despejado azul celeste, se hicieron concurrentes. No pudo ocultar la agitación de su cuerpo, y, como una abeja, clava el aguijón en su alimento, aferró ella las uñas a la tierra. Un extraño frió emanó de su traslúcida piel, luego, como pudo, posó las manos, para proteger protegió el rostro de la imparable escarcha que a él llegaba, en plena primavera; al tiempo intentaba evadir las lenguas blancas que dejaban las turbinas en el cielo.

Corrió hacia la rotonda que circula la garita del constado izquierdo a la entrada principal de la mansión en busca de refugio. Caía, caía y volvía a caer. Llamó angustiosamente a una tal Helen, y pidió auxilio a un hombre, quizás su marido, quizás su ayudante de enfermería. Pedía la dotación para primeros auxilios.

Todos quedamos atónitos ante la tragedia que se hacía palpable a los recuerdos de Louise.

Cuando sobrevolaban de regreso las aeronaves, venía ella a nosotros. Allí, quizás en su imaginario, yacían los heridos, tropezaba bruscamente dejando a medio camino el maletín salvavidas, que no era otro, que una cesta de petunias, y buscó refugio bajo la silla de Benjamín, estrujando sus piernas, y chasqueando la hierba joven que asomaba en la vereda.

Todos vimos conmovidos la escena. Akane emitió en su rostro la sugerencia de socorro para Louise, Tal vez, una voz de aliento cercana o una caricia a sus manos, le devolvería la paz. Héctor continuaba con las manos en los bolsillos y atinaba a aspirar profundamente como si algo le entrecortara la vida. Después liberó uno de sus brazos, se frotó los ojos y pausó la respiración detenida  en un profundo y sonoro suspiro. ¡Cuánto desearía un café cargado o una bebida fuerte!


Benjamín apacible, parsimonioso, pidió el agua mineral que de costumbre entregaba Héctor a Louise en la hielera de campo, de camino a la floresta. Ese martes, el objetivo era sembrar begonias, petunias y los tallos crecido de las rosas.

—Tecnología HARPP —soltó de pronto el virginiano meneando la cabeza, se inclinó desde la silla y alcanzó con su mano el revuelto pelo de ella, lo acarició. —Louise bebe por amor a ti, algo de esta agua, —dijo —en ademán tierno y generoso, extraño a su acostumbrada parquedad.

Ella, enmudeció y luego lentamente fue levantando la cabeza, sus ojos contorsionaron en todas direcciones, como hacen ardillas y conejos en el bosque, para persuadirse, que la amenaza ha pasado. Luego, la otra mano de Benjamín bajó hasta el rostro huidizo de la víctima y le susurró un sonido extraño de aves tropicales. Deduje que nunca había sabido de canciones de cuna del hombre blanco, sino de pájaros, donde el de chico había nacido y el arrullo natural que consolaría su llanto. Atando cabos, recordó la delicadeza que dedicaba a una hermosa colección de plumas multicolor que guardaba a manera de separadores dentro  de los libros.

Persuadido Héctor del silencio de Akane, la buscó a la redonda y, sorprendiéndola extendida en la hierba, en un incesante llanto que ya empezaba a abandonar Louise, la miró extrañamente. El realizaba una especial labor como parte ceremonial de las circunstancias, iba recogiendo una tras otra las herramientas de jardinería con una sola mano, la otra, permanecía  resguardada en su bolsillo. En paso lento, las fue depositando en la pequeña carrocería. Luego de terminada la labor, nos encontramos invadiendo comúnmente el dolor de Akane. Cuando el, susurró su nombre y dobló su cuerpo en dirección a ella, liberó la mano de reserva, acarició uno a uno sus hombros, entonces ella respondió con el efecto de un resorte y redondeó su cuello y acunó el rostro en su cuello.

—¡ Qué pena! —Dijo— moqueando mientras que con el minúsculo puño golpeaba su pecho enérgicamente, tal vez castigaba la cobardía o el contagio patente de un manuscrito arrugado que abandonaba. —Yo que le debí consuelo—, decía señalando a Louise, me dejé empañar también en la humedad de las voces etílicas de mi padre. —Pausó—. Solo contaba, con cuatro años, aún recuerdo, —se atrevió, entrecortó la voz—, luego de vaciar  en sus labios la última gota de alcohol, izó la botella y enervándose endemoniadamente la lanzó contra las vitrinas japonesas atiborradas de recuerdos de la abuela, que mi madre cuidaba con especial esmero— ¿Porqué momentos como estos, solo traen las tragedia pasadas?— repetía inculpándose.

Mientras Benjamín lograba devolverle la confianza a Louise, nuestro silencio se hizo cómplice en conjeturas sobre los duelos de Louise. Me indicó con el rostro, el manuscrito abandonado por la chica: —¿? /Cuando yo era chiquilla/ Las estrellas eran grandes y cercanas / Después,/ Ellas se distanciaron con mi  madre.¿?/ Chiquilla era yo cuando/ cercanas y grandes eran las estrellas/ ….después / con mi madre se distanciaron ellas./ —. Quizás sean versos de su primera colección, —atinó a sugerir y lo guardó en el bolsillo de la camisa—.

Iniciamos el camino de regreso, parecía una marcha fúnebre; Héctor hundido en pensamientos conducía el minitractor, después, Benjamín aprisionaba con las manos la de Louise contra sí, y con la otra, ella, ayudaba a rodar la silla. Las dos con Akane terminábamos el cortejo para no sé cuántos muertos y heridos del recuerdo de Louise. 

De lejos, las luces de la mansión aparecían con un nuevo panorama, vimos movimientos ligeros de las sombras, quizás los ademanes bailaban el viejo rock de los 60s. Las luces fueron creciendo con nosotros y algunos cuerpos se agolparon al portal de la mansión, otros desde el interior de las ventanas se hacían luciérnagas. La sala de música, estaba engalanada de colores fiesta. Percibimos las risa alegremente contagiosa de Laura y de Carmen, el garbo  villasoletano en el acento de Vichoff y los murmullos que secreteaban los demás alrededor de Emilio.

La velada de ese martes 13, nos era interrumpida abruptamente por las circunstancias penosas de Louise. Héctor solo atinó a comentar: — Tú historia Akane, tiene precio. — ¿De qué hablas hombre? —Preguntó la chica intrigada—. Es cierto, en la cotidianidad de Louise, nunca se saben si son mejores y peores los días pares o impares. —recalcó el.

Serían las siete de la tarde, y empezaba a irrumpir la noche, la luna se antepuso a nuestro paso, una sombra roja semi oscura, se plegó como un cliché  al cuerpo de Louise y se fue invisibilizando con sus pasos. Ella desgonzada parecía caer en un sueño profundo.

—Morrigan, ¿porqué hoy, precisamente hoy, me has abandonado? reclamó con voz aguda.

Vinieron saludos alegres de los contertulios reunidos en la sala de música, ávidamente sabíamos que nada mejor las notas de una melodía del vientre de Benjamín al del saxo y también mi manjar de durazno en almíbar de ron y clavos de olor, que había prometido como postre de la cena. Antes de ingresar al salón nos excusamos, queríamos llevar a la mujer a su recamara siguiendo el consejo y los pasos de Arthur, que nos permitió acompañarlos hasta la puerta de la habitación. — ¡Déjenla!, yo me encargo. — dijo —extendiéndole los brazos y recostándola en su pecho, —si alguno, viene más acá de la puerta, ella mañana denunciará una invasión de guerra. Reconocerá sus aromas y perderá la confianza en ustedes, como ha pasado con la imprudencia de otros. —dijo secamente.

Media hora más tarde, llegábamos a la puerta de la sala de música mejorados físicamente y con alguna tímida aroma Dior. De frente apareció, una copa sugestiva de coñac y se detuvo ante los ojos de Héctor, mensaje altivo y prudente de Victoria Robles de quien pendía de su cuello un hilillo de oro blanco, sostén de minúsculos rubís y diamantes incrustados, que venían perfectamente con el rojo escarlata del traje ceñido y abierto sensualmente del  medio muslo hacia abajo.  Las preguntas no surgieron de su boca, las preguntas de su ausencia provenían de su copa. Ahora entendía el misterio que mantenía con la boca entreabierta, al reconocido escritor “De la Sala Secreta”, a cada paso pavonado de Victoria, De repente elevó con protocolo su copaen uno de esos ademanes misteriosos seducibles de la naturaleza femenina. Era el exquisito brindis de regreso a otro mundo, al del advenimiento fantástico de la música y los versos. De lado, brevemente el rostro delgado de Liam Wall, ese escocés solitario, enmarcado en una barba rojiza triangular y un breve bigotito, pareciendo la extensión de una oreja de Victoria. 

Adentro, había cesado la música, a cambio, brotaban los versos de la épica del Burladero de Madrid en la genuina voz de Enrique Gracia. Benjamín hizo una venía elocuente e ingresó en su retórica, —señores— pausó. — sin poesía no hay música y sin música no hay poesía, las dos, son concepciones de Dioses y naturaleza—. Asombrados, todos aplaudieron.

Sentí como algunos contertulios buscaban en tácito reclamo con sus ojos, querían conocer del secreto de esa tarde, nuestra ausencia a una cita importante con la música y los recuerdos. Pero vino más enérgica la luz creciente de la luna, he iluminó completamente el espejo del fondo del salón, devolviendo sus reflejos a los cristales de la ventana y atrayendo por completo la atención de la tertulia, quedó clausurado uno de los tantos secretos que guarda la memoria de Louise. 


Rosaura Mestizo Mayorga
LUNA11

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