Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

29 de febrero de 2012

Necesitamos un Plan por Nucky


Los días transcurrían tranquilos en la mansión. Todos los huéspedes parecían concienciados de cumplir el contrato y se encerraban gran parte del día en sus habitaciones para escribir. Yo no sabía cómo eran capaces de hacerlo, aquella casa ocultaba grandes misterios y todos sus huéspedes, con movimientos casi programados, parecían no darse cuenta de esas habitaciones misteriosas que permanecían cerradas, de esos personajes que nos perseguían con su mirada desde los cuadros, tratando de captar nuestra atención, y de esas melodías melancólicas con tintes de jazz que de vez en cuando se escuchaban por toda la casa.

La noche del 13 de febrero sería una fecha importante en mi estancia en Mhanseon, por una vez en mucho tiempo el sueño llegó rápida y sospechosamente de forma natural. Esa noche fue la primera vez que no deambulé por los pasillos de la casa junto a Vichoff. Aquella mañana, mi reloj biológico tampoco quiso despertarme y tuve que esperar a que tres golpes secos en la puerta me sacaran de mi trance. Mientras me incorporaba, escuché la voz de Vichoff desde el otro lado de la puerta. Me incorporé y la abrí.

- ¿Estás bien, niña? – Preguntó Vichoff- ¡Son las doce!
Read More

Música, Licor, Libros y Café: La Edición Japonesa por Rafa B.


Aún no se han entregado al silencio las últimas notas del vals, cuando algún energúmeno comienza a aplaudir. De todas formas, no se lo reprocho, mi amiga Nucky nos ha brindado un concierto soberbio, y el público quiere mostrarle su agradecimiento sin demora.

Se enfadaba conmigo durante nuestras conversaciones telefónicas: que si no me gusta Brahms y menos la opus 93, que si tienes un piano decente o lo llevo yo desde mi casa, que si eres un caprichoso al que no puedo decir “no, déjame tranquila”. Y ahí está, sonriente y saludando a un auditorio complacido y, quizá, un poco más feliz.
Pero no es suficiente. No han servido los conciertos o las lecturas dramatizadas o los títeres para los más pequeños o las veladas con champán y angustia mientras emulábamos un cabaret berlinés junto a los libros o invitar a Rosa, mi antigua compañera de trabajo en la Biblioteca Nacional, para que organizase sus talleres sobre libros de cine, (recomendando que pusiera especial énfasis en los libros y películas japonesas, bajo el argumento aleve de que en la ciudad interesa mucho la cultura del país del origami). Cada nueva invención supone un riesgo malabarista y su puesta en práctica sólo es un éxito gracias a los fantasmas de mi mujer y mis hijos. Estoy convencido. De manera que Rosa quedó muy satisfecha cuando se puso a trabajar con un grupo de jóvenes (convocados desde un cielo atravesado de grullas de papel), tan interesados en la literatura y la cinematografía japonesa.
Tampoco sirvió que se publicase en los periódicos de la ciudad, en las ediciones regionales de las tiradas nacionales, en algún suplemento semanal, o en revistas literarias, que nuestra librería contaba entre las más bellas de Europa. Esta publicidad sobrevino sin buscarla. No imaginé qué boca a boca pudo avisar a quienes se ocupan de establecer un ranking en la elegancia o la gracia de una librería, organizando poses de escaparate internacional en un negocio que ya contiene en sí mismo toda la hermosura posible. Sin embargo, creí que este empujón podría animarla.
Pero no fue así.
Read More

27 de febrero de 2012

¿Dónde guardarías un secreto? por Mara Nefill


El olor a tierra húmeda lo impregna todo. Ha llovido durante cuatro largos días, fabricando lagos para los pájaros en los llanos y guardando a las ovejas en las cabañas. 

La lluvia, aunque permanentemente presente en las nubes, parece coger siempre de sorpresa a los habitantes de estas tierras, boscosas y agrestes. Nadie parece acostumbrarse a que ella es, más que nadie, la dueña y señora del lugar. Así ha sido siempre, desde que recuerdo, incluso antes, lo veo en cada cuadro, en cada fotografía, en cada relato,  que han ido dejando los que caminaron por estos paisajes. Unos poco tiempo, otros tanto, que sus huellas crearon senderos nuevos en el bosque.

Me gustaban, me gustan, estos días, en los que el silencio se adueña de los caminos, cerca las casas y obliga a sus huéspedes a permanecer en ellas, esperando  el arco iris que les permita volver a sus paseos.

Cuando llueve me gusta sentarme en el jardín, debajo de la estatua de la ninfa, mi karrigan. Sus brazos abiertos guardan mi sombra de los ojos que, cada segundo, se asoman a la ventana del salón para ver si ya, por fin, ha escampado. Desde este privilegiado lugar  contemplo toda la mansión y el jardín que la rodea, puedo recorrer los senderos marcados por los rododendros, llegarme hasta el  macizo de hierbaluisas y mentas salvajes, saltar las matas de margaritas, ahora un poco aplastadas por la lluvia, y sin moverme, rodear el invernadero donde las orquídeas se guardan de los fríos.

Las orquídeas. Antes no estaban aquí. Llegaron con él.

A la tarde que llegó le precedieron otras dos de lluvia, y, como hoy, jugaba debajo de la karrigan a desvelar los misterios de los acertijos. Recordaba a mi padre, mirándome fijamente a los ojos, preguntándome ¿Dónde guardarías un secreto? ¿En dónde esconderías lo que no quisieras que fuera encontrado?

No se atrevía a llamar a  la puerta, se quedó inmóvil mirando a un lado y a otro, como esperando el milagro de no estar donde estaba, de no tener que estar aquí. El chofer que lo trajo dudó, al verle en ese estado, si irse o no, pero tenía otro viaje que atender y, al fin y al cabo, no era problema suyo. Así que dejó al hombre de extraño acento delante de la puerta sujetando la maleta con una mano mientras que con la otra se aferraba a la solapa de la chaqueta.

Tuve que esperar hasta que la cara blanca de Louise se encontró con los ojos negros del extranjero.

—Héctor, Héctor Latorre— balbuceó, intentando un saludo. Sus ojos iban de la cara de Louise a la maceta que sujetaba con fuerza—. ¡Un orquídea… es una…—.La sorpresa brotó de su garganta si poder callarla.
Read More

24 de febrero de 2012

Mushroom Pillow por Laura Frost



Mushroom Pillow es una exquisita tienda de música y literatura que he descubierto en este lugar donde me refugio a la espera de que algo ocurra. No se trata de un viaje interior, ni de una huida. Mi decisión es tan sencilla como el hecho de hacer unas maletas y comprar un billete. Sin dobleces, ni mensajes ocultos. Simplemente, he cambiado de aires y me gusta este lugar. De momento, y hasta que algo maravilloso se presente ante mí — me refiero a uno de esos instantes que, como una epifanía, todos anhelamos porque nos convierten en seres únicos e inigualables—, me conformo con mis paseos diarios en este pueblo donde todo me es ajeno. Y por algún motivo, todos los días mis pasos me conducen hasta Mushroom Pillow.
Con una mirada curiosa y despierta, tras esas gafas de pasta negra, el propietario de la librería posee un don especial. Con solo observarte es capaz de identificar lo que desea cada cliente y te sorprende sacando, de entre las estanterías, las cajas de vinilos, o los compactos, alguna rareza que consigue alegrarte el corazón.
Es invierno y nieva. Mi memoria no conserva recuerdos infantiles donde niños con guantes y bufandas hacen un enorme muñeco de nieve, ni tampoco hice un ángel sobre la nieve con mis brazos de niña. Quizás por eso ahora disfruto enormemente de este clima, tan distinto al lugar de donde provengo, tan lejano. Me gusta sentir el frío, y aunque mis manos y labios se quejan a diario surcados por pequeñas grietas y algún que otro sabañón, es agradable estar aquí.
Al flanquear la puerta de la tienda, una ola de calor me ha acariciado el rostro con gentileza, y lo he agradecido enormemente. Rafa, desde detrás del mostrador, me ha regalado una enorme sonrisa. Yo, casi a duras penas, he podido articular un: “Buenos días”.
— Me ha mentido usted, señorita — y ha hecho uso de una mueca socarrona no desprovista de cierto reproche.
Read More

22 de febrero de 2012

Hilos en la niebla II por Carmen Fabre




Louise se desvaneció, desapareció entre la niebla mientras su enigmático mensaje se esfumaba con ella. Sus palabras, su voz, su desabrimiento resonaban en mi interior.

Todo el dolor que llevaba dentro, el dolor que me había traído a Mhanseon seguía intacto y el encuentro con ella no hizo más que aumentarlo de  modo exponencial. Una sensación nuevamente de fracaso se apoderó de mí. Los ojos se me  iban llenando de lágrimas que pugnaban por salir y mi garganta seca era incapaz de articular palabra alguna; me  rompí, desaté mis sentimientos, lancé  un grito que agrietó la niebla  y… lloré, al fin era capaz de llorar. Louise había consiguió provocar en mí la catarsis necesaria para lograrlo…lloré hasta vaciarme.

Agotada y tras tranquilizarme algo, me dirigí a Mhanseon cruzando de nuevo aquel bosque fantasmagórico. Entré por la puerta de la cocina, allí estaban  Marion y Arthur, cada uno con sus quehaceres. Marion preparando la cena  y Arthur, poniendo en la bandeja las bebidas solicitadas por algunos de mis compañeros en esta extraña aventura anual. En cuanto me vieron, se percataron de que algo me pasaba.

-¿Qué le ha ocurrido, Carmen? ¿Se encuentra bien-? preguntó Marion mientras me tomaba cariñosamente del brazo.

-Siéntese-dijo Arthur-ayudándome a hacerlo. Creo que mi temblor era más que perceptible.

Les relaté mi encuentro con Louise Svensson .Mientras lo hacía, noté que se miraban con complicidad en varias ocasiones. Al acabar, agotada por la tensión, apoyé la cabeza encima de la mesa.

-Es peligroso buscar a Louise, Carmen, su dolor se ha transformado en odio hacia cualquier contacto humano, no soporta su cercanía ¿Quiere tomar alguna infusión, un café…?-dijo Marion.

-Agua con gas, por favor-contesté- pero prefiero tomarla en mi cuarto, necesito descansar un rato.

Arthur hizo un gesto de asentimiento y siguió con su tarea.

Read More

20 de febrero de 2012

Junto a la chimenea


Guarda Benjamín en su mirada la profunda tristeza de sus antepasados esclavos y la sabia experiencia de una vida larga y plena de experiencias. Tiene sus penas -¿quién no esconde en su alma un saco repleto de ellas?- pero ni las alimenta, ni las atesora, ni las mima, se limita a saber que están ahí y que de ahí no piensan moverse.

Debido a que su silla de ruedas le impide moverse con la libertad de sus compañeros, Benjamín Cooper, pasa largas horas en el salón, junto a la chimenea,  pero no le importa, se ha acostumbrado a esa escasa movilidad que lo convierte en un ser casi invisible y le permite observar a los otros y verlos con una claridad de la que ellos son incapaces. 

Hoy lleva un buen rato sentado en la gran butaca, con una cálida manta sobre sus inutilizadas piernas, sintiendo el calor del fuego en sus -cada vez más- viejos huesos. La cabeza apoyada en el respaldo del confortable sillón, los ojos cerrados al mundo exterior mientras que su interior se deja arrullar por las voces de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong que cantan “Dream a little dream of me”. Le llega el rumor de una conversación cercana pero no lo bastante para entender las palabras, pasos que se aproximan y luego se alejan, alguna risa lejana; el resto de habitantes de la mansión parecen estar muy atareados esta tarde pero él no tiene la menor intención de abandonar su pequeño oasis de paz. Con un suspiro, abre los ojos y toma la pluma para continuar escribiendo el diario que inició al llegar a este curioso lugar, de fondo, Satchmo le habla de lo maravilloso que es el mundo y él sonríe dándole la razón. Una lástima no tener su trompeta a mano para tocar unas notas con el maestro y comienza a silbar la melodía mientras se prepara para comenzar la escritura.
Read More

19 de febrero de 2012

Esencia por Atxia


Akane se despierta con los primeros rayos del sol. A pesar de la serenidad que reina en la casa, Akane necesita bañarse en la armonía de la naturaleza. Ella es su guía en la búsqueda de la tranquilidad, de la paz, del silencio que necesita para estar atenta.

Sale de su habitación y, cuando llega al final del pasillo, ve la puerta de la habitación de Louise entreabierta. “Qué extraño, con lo celosa que es Louise de su intimidad. ¿Estará bien?”  Llama suavemente. -¿Louise, estás ahí? -nadie responde. La habitación está impecable. Mira a su alrededor y apenas encuentra objetos personales, como si fuera la estancia de una persona acostumbrada a viajar sin equipaje, consciente de que todo lo que necesita está en su interior. Se acerca al escritorio que hay frente a la ventana que da a su querido invernadero. Junto a un portarretratos, del que supone será una fotografía de su marido e hija, hay unos pequeños frascos de cristal con unos rollos de papel en su interior. A su lado, junto a un recipiente vacío, un folio con un pequeño poema, apenas dos versos escritos con una elegante letra, un nombre y una fecha.

“Escucho ese latido, eterno,
que se antepone al silencio.”

Samai, Camboya, 1976


Akane coge el portarretratos y mira la fotografía. Es una escena divertida en la que un hombre moreno, de rostro anguloso y unos dulces ojos almendrados, eleva por el aire a una niña de unos siete u ocho años con una cara risueña y pecas que le dan un aire travieso. Unos pasos airados atraviesan la habitación asustando a Akane. -¡Deja eso ahora mismo! –grita Louise mientras intenta quitarle el portarretratos. En el forcejeo, la imagen se cae al suelo rompiéndose el cristal protector en mil pedazos.
-¡Mira lo que has hecho!
-Pero yo...Louise, lo siento, no era mi intención.
-¿Ni siquiera entre estas paredes puedo encontrar un poco de paz? ¿Quién te ha dado permiso para registrar mis cosas?
-Yo... vi la puerta abierta y entré a ver si estabas bien.
-Ya, como si a alguien le importara lo que pudiera ocurrirme. ¡Vete, aléjate de mí! 
Akane sale corriendo sin poder evitar que las lágrimas aneguen sus ojos, mientras Louise, con furia, recoge los cristales de suelo y, al tirarlos a la papelera, se corta la mano. Lousie asombrada de conservar aún la capacidad de sentir dolor, mira como las gotas de sangre ruedan por su palma. “Llevo tanto tiempo escondida entre plantas, que  me he olvidado de que soy humana.” Su marido, desde la fotografía, parece asentir. “Quizás haya sido demasiado dura con Akane. Ella siempre ha sido amable conmigo y, cada vez que ha intentado acercarse a mí, solo ha recibido desplantes.” Tras lavarse y curar la herida decide ir en su búsqueda. Mira en su habitación, en el salón, en la sala de música, en el comedor... y, al no encontrarla, se dirige hacia el bosque.

Hace frío. Nubes de tormenta se ciernen sobre el horizonte. Louise se sube el cuello del abrigo para resguardarse del inmisericorde viento de enero. –Akaneeeeeee. Las primeras gotas comienzan a caer cuando llega al borde del lago y la encuentra sentada en una roca.
-Vamos, regresemos a casa.
-Déjame tranquila...
-Ya tendremos tiempo de discutir después. ¿No ves que se avecina una tormenta? Deja de comportarte como una chiquilla.
Akane se levanta ofuscada y, sin mediar palabra, comienza a caminar. Louise va tras ella. Las gotas de lluvia se multiplican y ambas corren hasta guarecerse en el invernadero.
-Akane, yo...lo siento.
-¿Sentir? ¡Tú no sabes lo que es sentir...! ¿Crees que eres la única que ha sufrido? Te escondes entre tus plantas, en tus poemas...Tu vida está vacía, solo albergas odio.
Louise, con el rostro lívido, se sienta en un banco que hay a su lado.
-Qué fácil es juzgar sin conocimiento de causa, Akane, confundes odio con rabia. Si, siento rabia porque no comprendo que el ser humano, siendo capaz de realizar verdaderos prodigios, se haya convertido en un ser autodestructivo que devasta y mutila los sueños de la buena gente. He aceptado que no tengo influencia en el devenir de muchos acontecimientos, soy consciente de ello, demasiadas personas han muerto en mis brazos como para no saberlo...pero admitirlo no me exime de la responsabilidad de cambiarlo. Dices que mi vida está vacía, qué equivocada estás...Soy heredera de un plan que Yerik, mi marido,  y yo comenzamos hace años y  me legó tras su muerte. Recoger en mis poemas la esencia de aquellos que no pudimos ayudar y salvar en vida. Recordarlos, preservar su memoria, recatarlos del olvido que supone formar parte de una fría estadística...Sentir y saber que ninguna muerte carece de sentido.

Lousie se levanta y, sin añadir ni una sola palabra más, se dirige hacia la casa. Una vez en su habitación, tras secarse y cambiarse de ropa, se sienta en el escritorio. Coge un folio de papel y escribe:

“La calle amanece gris,
vacía, distinta…”

Constantin, Rumania, 1985

Alguien llama a la puerta. Louise la abre y se encuentra con Akane que le muestra, sin decir nada, unos frascos de cristal. Louise sonríe. Es la primera vez que Akane la ve sonreír.

Atxia
Read More

Los duelos de Louise por Luna


Como es costumbre, en cualquier lugar que me encuentre, todas las tarde salgo a caminar y hoy martes, un día anticipado al acordado con Louise Svensson, para platicar sobre el jardín de Mhanseon, la vi, venía en mi dirección.

¿¡Quién es ella!?- murmuré automáticamente, cuando la vi.

--¿Ella?—preguntó, mirando en recorrido circular sobre su eje.
--Ella soy yo – dijo bromeando mientras penetraba sus ojos en el castaño de los míos,  después, dejó escapar una sonrisa de inquietud y enjutó el entrecejo.

--¿A que ella te refieres?- Preguntó.

--Louise, disculpa por favor la descortesía, por ahí debí comenzar-. Lamenté no haberle saludado de comienzo.

–No todo es válido ante un asombro-, justifiqué.
 --Cuéntame, que ha pasado con esa persistente tos tuya de la semana pasada?- Pregunté para desagraviar mi lo descortés.

--La tos pasó. Gracias - contestó secamente.
--Hoy viene conmigo una dosis de nostalgia, una parte de la que he llevado por siempre- carraspeó y  ciñó los ojos.

--Siii… te hace bien, contar un poco de tu tristeza, te prometo ser fiel a tus deseos. Soy buena confidente- prometí.

--Hay tanto para contar, que si no lo cuento todo, al menos por una vez, no podría ser menor mi frustración ni estar en paz para la eternidad.- confesó con  lelo de sus manos que miraban hacia el cielo-.

_No te hagas problemas,  ¿quién no tiene una historia? y ¿qué historia no tiene picos y hondonadas? La alenté.

--Es cierto-. --A propósito, he traído café (exhibió un termo de color rojo tinto y de litro y medio aproximadamente), suelo hacerlo en invierno y en otoño. Podemos caminar un poco, para hacerle frente al frío y aprovechar el brillo del sol. Podrías hacerte ilusión que es un día cálido y tropical-, repuso con sarcasmo (como si conociera mi lugar de origen) en medio de una impecable sonrisa, que dejó ver el blanco  de sus dientes -.

Dimos entonces marcha entre senderos trazados por los pinos milenarios, cuyas  sombras color caoba apagado confrontan por ésta época, vientos y heladas.

--Creo que aún falta tiempo para comenzar en el invernadero—dije señalándolo con la mano y recordando para no perder el interés del primer encuentro-.

--Quizás podríamos postergar el proyecto del jardín, Louise, para escuchar tus sentimientos. La tierra que pisamos y de la que re-nacen nuevas vidas, nos darán una tregua- proseguí. --Quiero decir, las semillas y la tierra nos sabrán esperar-. Después de todo, ellas serán madres. -Argumenté.

- Tienes razón - repuso ella -perdiendo cabizbaja su mirada en la gravilla.
—Ahora dime, a que ella te referías al comienzo que te causó sorpresa al verme?

- Al parecer tuve una visión extraña- respondí automáticamente evitando parecer tonta y asustadiza.

--Alguien te acompañaba, vestía un traje largo de color pastel y no la veía caminar. El rostro, era idéntico al tuyo y sonreía, sin embargo algo había de dolor que contagiaba. Ese algo era una nube con figura humana, que lentamente se desvaneció ante mi presencia, creo-. Expliqué.

(Louise sonrió), --no te preocupes, en Mhanseon y sus alrededor, con cierta frecuencia verás revelaciones, a quienes algunos les llaman fantasmas, otros duendes, brujas, o monstruos. Son imaginarios creados por el miedo. En todo caso,  son inofensivos o se hacen huraños ante quienes su imaginario los han creado de ese modo. Los fantasmas hacen parte del patrimonio de esta casa como los hay en todos los castillos y mansiones. Puedo decirte que sin ellos, no habría vida aquí en Mhanseon. Toda casa es del tamaño del mundo interior que se quiera revelar, y la casa es casa si alguien la habita; como un cuartel, es cuartel si hay soldados o una escuela, es escuela si hay niños; incluso sigue siendo casa para los difuntos que mueren en ella guardando secretos, o, ¿no? -me confrontó-

--Si, así es, y vale igual afirmar, que la casa es nuestro mundo?- pregunté tontamente para asegurarle que había comprendido su teoría mientras contenía dentro de mí, ciertas burbujas de pánico.

--Así es- respondió segura.

Después, me invitó a pasar a la bodega de herramientas, prendió la lámpara de kerosene, yo me ofrecí a servir el café mientras ella se liberaba del impermeable.
Pausó y continuó: --Cuentan que cuando Pandora, abrió su caja imaginaria, encontró al lado de la esperanza, la imaginación. Eso no me ocurrió precisamente. --Fíjate, lo que ha pasado con mi esperanza e imaginación-, dijo replegando un silencio que venía-. --Mi padre fue un bolchevique intenso y mi madre una polaca tolerante. Los dos caminaron los percances hostiles que cimientan los desastres de una guerra pobre, hija de otra. Mi madre aprendió el oficio de enfermera y Varsovia la llamó a curar heridos. Allí nací, entre los cadáveres de hombres y edificios confundidos en una sola masa y el traqueteo de fusiles y cañones. Para entonces mi padre ya había muerto y mi madre tenía que ocultarme y evitar que llorara, mis pañales fueron los retazos de camisas que dejaban los soldados al morir y en estas penurias aprendí a caminar y a tomar de la mano al riesgo. Cuando terminé la escuela, estaba huérfana y violada por soldados ebrios y apestosos. Me repudié por ello y maldije a cambio de orar. Luego, aprendí de mi madre a curar heridos, siguiendo como ella en la rutina de ver morir más que vivir. Así que en mi caja de Pandora  no había esperanzas para mí; solo la imaginación para vivir salvando a otros cuando podía y odiando al victimario. No cumplía los 23, cuando vino a la campaña de enfermería un oficial ruso, con el cuerpo casi destruido a cargo de un artefacto. Me dediqué a cuidarlo día y noche y él me recompensó con su amor a pesar de mi hosca desconfianza. Con suficiente paciencia, logró atravesar con sus ojos mi resurrección. Viví con él en mi cambucho y nació la pequeña Yuri. Mi marido fue dado de alta del ejército por la incapacidad total  de sus piernas, entonces se dedicó a cuidad la niña, le enseñó estrategias belicosas y la llamó mi pequeño soldado, Un día, mientras yo compraba la comida en el mercado, el cambucho fue objetivo militar del ejército enemigo. Murieron así mi marido y la pequeña Yuri. De nuevo se arrasó el asomo de la esperanza. Copé todos los sentimientos de odio. No lloré, porque al llanto nunca tuve acceso. Aún no se llorar-. Pausó, parecía haber terminado su historia. Me conmoví tanto que mis ojos se nublaron y disimulé, marcando círculos con mi dedo en el suelo. Después reacomodé mis codos sobre las piernas, le observé, buscando también sus ojos y me atrevía a preguntar:
--¿Porqué estás aquí Louise? ¿Cómo has llegado a Mhanseon?-
Arrancó desde su fondo un suspiro y expulsó bocanadas del vaho que el frío provoca en los pulmones, tan grandes, que por un momento me remontó a los dragones. Serenó el ánimo y prosiguió.
--No podía quedarme en ese lugar Polonia, sufrida y miserable. Caminé, caminé días y noches, recorrí kilómetros y en Hamburgo supe que pisaba tierras alemanas, con terror me aventuré a continuar, si moría que importancia tenía, quizás era mejor morir, y, tal vez el instinto de conservación me obligó a esconderme ante movimientos sospechosos, a veces me alimentaba de basuras y otras de plantas silvestres, siempre las hay por fortuna y aun cuando las guerra las reduzca ella bregan y le ganan a los escombros. Finalmente me aventuré  para atravesar  el canal como un intrépido polizón ,y lo logré. Volví a caminar kilómetros, era verano. Vi camas de tulipanes tendidos y me dediqué a acariciarlos. ¿Sabes cuánto hacia que no veía una flor en su esplendor? Mucho tiempo-. –se respondió con amargura así misma, como si ella se encontrara en soliloquio-. Continuó --Escuché de la boca de dos desconocidos en la puerta de una taberna a quienes pedía una moneda, la oferta de trabajo de un jardinero para Mhanseon. Estuve atenta y los seguí, cuando se disponían a ir por el trabajo. Esperé que ellos se retiraran y toqué a la puerta. Me recibió Arthur, yo le pedí trabajo a cambio de un techo y comida y el aceptó sin reparos después de contarle mis derrotas, le mostré que era fuerte para el campo. Así abandonó la idea de darle el trabajo al hombre de la taberna, quizás construyó una contundente disculpa al día siguiente.  Aquí me ubiqué y comencé a desarrugar y ordenar en las noches, los papeles que daban cuenta de mi historia. Mi deseo de escribir fue más grande que el deseo de deshacerme de esos apuntes por momentos y, se fortaleció en el momento mismo en que evidencié la fuerza natural por vivir que tenía la hierba silvestre que había en mi camino, de la que me alimenté muchas veces en mi viaje hasta aquí.

--Así, que esto no es fácil platicarlo -.- me dijo penetrando el azul de sus ojos nuevamente en los míos, ahora, habían abandonando esa atmósfera de dulzura del primer encuentro y los transmutó a una mirada de hielo.

– Confiarlos ahora a un mortal me darán la paz que necesito - Concluyó LOUISE, canturreando y con una sonrisa siniestra y debelando mi presencia, se hizo nube, se elevó cruzando la techumbre del depósito. Salí del lugar pensando si ella se habría liberado. Miré las dos tazas de café, sin probar y frías.
De vuelta al salón, como un resorte soportando mi cabeza, mi obligó a girar para buscar el muro en que pendían las fotografías de esos escritores atrapados en el tiempo de Mhanseon. Observé que el cuadro donde debería permanecer Louise, se encontraba vacío.

¡No podía creerme que había estado hablando con un difunto! o al menos así justifiqué los dos eventos: una nube que la  seguía  al momento del encuentro y otra que se esfumaba por la techumbre del depósito. 


Luna11
Read More

El Descubrimiento de Louise Svensson por Luna



Ayer en la tarde, cuando el sol, solo dejaba un tímido asomo a su recuerdo caminaba en los lugares que serían los  parques de Mhanseon. La arquitectura a ello me conducía. Caminaba abrigada como obligan los inviernos.


Pasear e intentar hablar con la tierra y sus caminos, es un antojo necesario que me acompaña desde siempre, y en los veranos, hacerme una espiga mas de los trigales. Desde siempre he sabido que soy parte de la tierra, que para alcanzar sus secretos hay que estar de su lado, y yo, hace tiempo esbocé un secreto que voy a revelar. Cuando se llevan flores al cementerio, no se habla ni al que fue padre, madre, hermano o hijo, se habla a la tierra y ella lo compensa con alivio. Así que sintiéndome parte de la tierra he ido conociendo los tesoros que guarda, las huellas que le han reportado mayores experiencias, los llantos que se han sembrado en ella y las risas que le han dejado una estela de recuerdos en sus ecos.

Con Ron, la mascota que acompaña a Aspid hemos logrado una buena amistad, y suele ofrecerme su compañía cuando observa que busco el camino al lago, a las praderas o a los espacios desolados que muy pronto florecerán.

Movida por la curiosidad a responsabilidad del exquisito Conde Torn, me dispuse a hacer una ronda al invernadero; semillero de esperanzas para la próxima primavera. Sentí que alguien trataba de toser discretamente, al darme vuelta, encontré de frente a una mujer rozagante, con ojos de color azul profundo. De lentes transparentes y marcos rectangulares, sus mejillas color rosáceo vivo, como si ellas no se percatara del invierno. Enfundada en un impermeable emplumado y los rastros de una bufanda de colores de verano, se dejaban ver  entre los ángulos del cuello y el capote que le protegía la cabeza. Es una mujer muy grande y vigorosa, de contextura atlética, diría yo. No me sorprendió encontrarla de repente, porque su tos, había anticipado su presencia. Mutuamente nos sonreímos y nos dijimos, --¡hola!-, acompañado de una sonrisa mutuamente espontánea. Yo, traté de excusarme por estar husmeando su territorio, como lo vine a saber más tarde. Pero la mujer me tomó por el brazo y me dijo que le hacía feliz encontrarse con alguien que a hurtadillas le contemplara sus bebés. 
Read More

Pequeño encuentro por Beth

Benjamín  bajó al invernadero, no fue fácil mover su silla de ruedas pese a tenerla totalmente mecanizada. Necesitaba un lugar tranquilo donde poner en orden sus pensamientos, donde sentirse tranquilo.
  Se llevó uno de su diarios, la noche anterior recordó una noche en Nueva York y quería volver a revivir con sus anotaciones aquellos últimos días en los que aún se mantenía sobre sus pies.
 Tan centrado en su diario se encontraba que no se dio cuenta que alguien más había entrado en el invernadero, hasta que el aroma del perfume de Victoria inundó su nariz.
 Benjamín levantó la mirada y observó como Victoria paseaba sin percatarse de su presencia. Estar sentado le daba ventaja. Era una mujer muy bella, tenía una figura muy femenina con una cintura muy pequeña y unas caderas bien proporcionadas que movía grácilmente al caminar. El cabello rojizo lo llevaba atado en una coleta Benjamín  hubiera preferido que lo llevara suelto. No entendía como una mujer como ella estuviera aún soltera. Era todo un misterio.
 Sólo pudo observarla durante unos breves minutos, ya que un acceso de tos desveló su presencia. Victoria se giró y con cierto asombro saludó a Benjamín.
-       Buenas tardes Benjamín, creí que estaría sola en el invernadero
-       Disculpe que no la saludara al entrar, pensará que soy un maleducado, pero la vi tan centrada en sus pensamientos que no quería molestarla.
-       Se lo agradezco, pero nunca deje de hacerlo,  a veces no me conviene pensar demasiado.
-       Pensar siempre es bueno Victoria, lo que ocurre es que a veces no nos gusta lo que pensamos
-       Así es Benjamín, así es. Y hoy es uno de esos días.
-       ¿Qué estaba pensando Victoria? Si no es indiscreción
-       Benjamín, hoy pensaba en el hombre que pudo ser mi primer marido.
-       ¿No se casó?, preguntó con curiosidad
-       Pues no, no me casé Benjamín, ni con él ni con ninguno de los otros tres hombres de mi vida
-       Victoria, ¿acaso teme al matrimonio?
-       Benjamín, el que no haya llegado a casarme con ninguno de ellos es mi pequeño secreto
-       Que no piensa contarme ¿verdad?
-       Así es, al menos en esta preciosa tarde. ¿No prefiere que paseemos por el invernadero y me ponga al día del nombre de todas estas plantas?
-       Por supuesto, tiene toda la razón. Sígame por favor y le mostraré todo lo que sé de lo que hay aquí.

Beth
Read More

12 de febrero de 2012

La Destrucción de Mhanseon. I por Kudzu

Estoy dentro y desde dentro destruiré 
la obra de Keridil Torn.

Borraré de este mundo todo rastro de Mhanseon y de la estirpe maldita que lo creó. Restableceré el equilibrio entre mi mundo y este y vengaré todo el dolor que Morrigan nos produjo con su engaño su abandono y su traición. Mi mundo se muere y yo soy su última esperanza.

"En toda muerte debe haber arte", dice el lema de mi casa. Soy un asesino. No soy cruel, cobro deudas y saldo cuentas con la cantidad de sufrimiento adecuada. He tardado días en matar a alguna de mis presas, con otras han bastado unas horas  y otras han muerto tras un suspiro, sin aviso ni dolor. Soy heredero de un arte milenario.

Morrigan llegó a nuestro mundo hace más de doscientos años, era una niña cuando apareció en el centro de la Villa y fue tal la sorpresa que produjo su presencia que el Consejo se reunió excepcionalmente para analizar el fenómeno.
Sabíamos que venía del mundo de Losotros pero nunca antes uno de ellos había sobrevivido en el nuestro sin ayuda. Sólo nosotros conocíamos las puertas que los comunicaban y sólo nosotros podíamos abrirlas, pasar al otro lado y traer, eventualmente, a un nativo. Las puertas se mantenían cerradas. Excepcionalmente, se abrían cuando el Consejo necesitaba más sueños,  cuando era necesario buscar algún proscrito que, huyendo de los de los cazadores, pasaba al otro lado o cuando uno de los nuestros renunciaba a su vida aquí.

Usábamos los sueños de Losotros para nacer, crecer y alargar nuestras vidas. Manteníamos un equilibrio perfecto. No abusábamos del robo de sueños. Las visitas al otro lado eran escasas y muy vigiladas.

Morrigan vino a romperlo y a poner en peligro la existencia de todo mi pueblo, de todo mi  mundo. Ya de niña podía moverse entre ambos e incluso era capaz de abrir puertas a otros que nunca imaginamos que existieran. Era dulce y encantadora o tozuda y caprichosa cuando se obstinaba o no se hacía su voluntad.

Read More

Secretos de cristal por LGrajalva


Es fácil observar que las flores los saben y los guardan. Es más, se nutren de ellos y luego los exhalan en forma de color o de perfume. Pero nadie lo ve más que yo. Excepto Morrigan, por supuesto. Pero Morrigan es parte de las flores, como es parte del aire de Mhanseon, de su luz y sus sombras, de su fuego y su música. Morrigan…, flor y fruto, risa y llanto, palabra y silencio.  Morrigan…, mi espíritu, la hija que perdí,  el hombre cuyo cuerpo aún añoro, los sueños que enterré en la tierra de este invernadero, el tiempo que no pasa, el frío que desprende mi alma helada o el calor de la fiebre que, por las noches, en mi habitación, me consume, la que me hace volcar la desesperación en mis poemas.

No es la paz lo que busco en este invernadero. Lo que busco es la ausencia, mi ausencia de las cosas, de mí misma, de la vida que me cerró sus puertas o a quien se las cerré,  ya no me importa. Hundo mis manos en la tierra y ya no soy yo, Louise, el estéril desierto, me hago la ilusión de que vuelvo a dar vida. Me pierdo en el color, en el perfume de las flores, y ellas me revelan los secretos de todos, aunque no quiera verlos… Morrigan se vuelve música y suena en mi interior, para que no enloquezca, pero esa música es siempre tan triste…

Todos vienen aquí alguna vez, sobre todo Akane, Benjamin y Héctor. A ellos, como a mí, les consuelan las flores de este invernadero. O tal vez asocian su dolor con alguna, lo sé por cómo Héctor contempla las orquídeas, o Benjamin las rosas, o Akane espera la floración de los cerezos que están fuera, tras el cristal, mientras confecciona sus preciosos centros de ikebana.

Sí, las flores nos convocan a todos porque absorben nuestros secretos, no importa si creemos que los cuentan o no. Muy pocos sabemos que las flores hablan y menos aún poseemos la facultad de interpretar su lenguaje.  Pero el azul de las lobelias o el plumbago revela los secretos que ahogó el mar; el rojo de hibiscus y rosas habla de pasión y sangre; los iris violeta, de traición; los heliántemos amarillos, de inconsciencia; los tulipanes y strelitzias naranja, de celos; las azaleas rosadas, de hipocresía…

Read More

11 de febrero de 2012

Detrás del espejo por Alina


Todo el mundo te mira como a un pajarito bajo una lluvia de cristales pero tu fragilidad física es engañosa. En tu mirada, bajo la dulzura, hay algo inquietante. Tal vez solo es profundidad o vacio. Cortas y pegas, solo proyectas imágenes que otros se hacen de ti y eso te muestra adorable. ¿Quién eres tú? Pronto te habrás ido. Te llevarás tu silencio, lleno de matices ininteligibles para mí. Apenas quedara algún objeto olvidado en el fondo de un cajón, cosas que no significan nada, imágenes congeladas, migajas de realidad. Tendré que acostumbrarme a dormir sin la calma que me produce tu respiración. Tu olor se volverá rancio en mi memoria. La impotencia de no saber quién eres, de tener que conformarme, es lo que me impide avanzar. Nunca me dejaste hundir las manos en tu esencia, ni un solo instante. No la habría dañado ¡joder! No lo habría hecho… No lo habría hecho… Estabas al alcance de mis dedos y no pude rozarte. Solo tocaba la superficie fría del espejo y me engañaba mansamente. Tú me dices que no es a ti a quién amo, que ésa no eres tú. No sé quién es la mujer que vive aquí y hace maletas. No sé a dónde se marchó mi niña y, sobre todo, porque no me llevó con ella. Ella no me haría tanto daño. Ahora lloras, en silencio, escuchando mis palabras, pero solo es un reflejo más.

 (Fragmento de carta a Akane)

Alina
Read More

Gato encerrado por NClarín


Desde el mismo día en que llegué a Mansheon tuve claro que mi presencia aquí no obedecía al azar, que detrás de aquella extraña invitación que recibí se escondía un propósito, un fin cuyos límites como es lógico no podía conocer, pero sí intuir. Por tanto me enfrentaba a un reto, a  una apuesta  seria que me iba a  exigir un esfuerzo suplementario si quería salir indemne de ella,  no hacerlo supondría afrontar el riesgo de perderme por laberintos inextricables que me abocarían a la locura (aunque debo confesaros que el  hecho de estar aquí es ya una locura).  Y así como el dueño de la mansión, el misterioso conde Torn, actúa conforme a un plan meticulosamente concebido, estoy seguro de ello, yo actuaré en términos semejantes, forjando otro que guie mi estancia aquí y convierta mi aventura en una feliz experiencia y no en una pesadilla. No un plan cualquiera, naturalmente, sino un Plan con mayúsculas, pues lo que hay puesto en juego es mucho, puede incluso que mi vida.

Desde que descubriera la misteriosa tumba entre la maleza del bosque que rodea a la mansión, y conociera a la inefable señorita  Robles el mismo día,  supe que aquel lugar encerraba más de lo que enseñaba. Ya lo sabía por la propia historia de Mansheon, pero su historia mostraba una mínima parte de lo que allí se cocía.  Me he dedicado, pues,  a conocer a fondo el lugar y, sobre todo, a sus moradores, sin olvidar, claro está, a los colegas de uno y otro sexo que me acompañan en esta singular empresa.

Read More

El plan de Victoria


Leonora Carrington

 Veo todas las tardes a Victoria Robles en el salón, en un sillón, al lado de la ventana que da al porche, con su cuaderno de notas – supongo que será el cuaderno de notas número mil de los que guarda y acaricia como si fueran el corazón de un niño perdido – escribiendo, sin levantar la cabeza de su pequeño horizonte, con las manos sujetando los renglones que, impenitentemente, dibuja en el papel. Esos renglones que quizás contengan un mundo lleno de secretos que solo ella conoce. Mientras escribe, apoyada en una tablilla de madera con unas flores silvestres grabadas en una esquina, Victoria sonríe. Seguramente habla con alguien en silencio, seguramente juega con alguien.

Hace unos días, una de esas tardes que la encontré sola, aislada en su escritura, me atreví a preguntarle sobre su cuaderno. Esta es la breve conversación que mantuvimos y cuyo final me llevó a un sobrecogedor y precioso descubrimiento.

- Hola...no quiero molestarte, pero te veo siempre escribiendo, llenando hojas y hojas sin parar…¿son cuentos, historias?

Victoria levantó la vista y sonrío, pero no dijo nada. Yo le sonreí también y la miré.
Comprendí que la pregunta había sido inoportuna, que había interrumpido sus pensamientos, y añadí:

- Ya, son cosas personales…perdona mi indiscreción. Sigue, no te molesto. Era simple curiosidad, por acercarme un poco a ti.
- Son…cuentos. Cuentos para niños…y también notas de la vida. Sí, también notas de la vida.
- Ah…¿y…publicas lo que escribes?
- Bueno…escribo…y supongo que sí, que algo verá la luz fuera de mi, pero no es lo importante.
- ¿Qué es lo importante?
- Lo importante es el plan.
- ¿El plan?
- Bueno, mi plan.
- ¿Tienes un plan?
- Todos tenemos un plan.
- Qué pequeño misterio, ¿no?
- Si. La vida es un misterio. Nuestra vida, desde luego, lo es. Un plan inmenso lleno de planes particulares. Algunos no llegan a conocer el suyo, y, simplemente, aceptan los planes de los otros.
- Y…- me atreví a seguir, una vez roto el primer hielo - ¿tú conoces el tuyo?
- Sí.
- ¿Podrías contarme algo de él, o ya estoy entrando demasiado en tu intimidad?
- No. Si te he contestado es porque, de vez en cuando, no soy esa extraña aislada que no habla con nadie. Si lo he hecho es porque me has parecido bien.
- ¿Te he parecido bien?
- Si – rió con ganas – me has parecido bien. Y sí, te voy a dejar leer algo, y quizás entiendas un poco mi plan.

Victoria sacó un sobre de una carpeta que tenía al lado. Era un sobre violeta y dentro había una carta que parecía de otro tiempo. Un papel amarilleado por los años en el que se veían unas líneas escritas en tinta china.

- Lee. Puedes leer.
- Gracias…

La carta decía así:


Estimada señorita:

Observo, desde la privilegiada atalaya de la gloria que ahora habito y soñé en vida, sus esfuerzos por vivir, cada día, lejos del ajetreo de la ciudad. Observo sus intentos de ser usted misma, a través del pensamiento y la escritura, de crear historias en las que la imaginación sea el vehiculo para viajar y comprender la existencia, para llenar sus horas de juegos y no pensar en la crueldad de la vida, en tantas cosas que nos destruyen y nos llevan al infierno del dolor. Como sabe, mi existencia fue extraña y solitaria, y la llené de páginas escritas dirigidas a los únicos que pueden habitar el mundo sin pretensiones, los únicos seres para los que el presente lo es todo, para los que no hay diferencia entre la realidad y la irrealidad: los niños.
Yo mismo fui un niño grande, un niño que no quería crecer y que decidió trazar un plan ajeno a todo lo que le rodeaba. Un plan que incluía vivir con la única luz de una cajita de cerillas, perderse arrastrado por la corriente formada por la lluvia en el alma de un diminuto soldadito de plomo, salvar sus sueños convirtiendo en cisne a un patito feo. Yo no era atractivo para los demás, pero intenté encontrar un mundo paralelo donde poder volar entre las calles, e hice de Copenhague  un lugar habitable y mágico, solo porque allí enseñé a mis alumnos, y porque allí escribí y creé mis cuentos.
La escribo desde el pasado, Victoria, porque se lo que es no comprender del todo lo que sucede a nuestro alrededor, no comprender el sentido de la vida y, sin embargo, tener que dárselo. Encontré su dirección en mis sueños, supe que usted entendería mi camino, y por eso le escribo esta carta. Quizás, en el futuro, nos encontremos en eso que los demás llaman existencia. Pero, mientras, solo le pido una cosa: escriba. Deje que su mano contenga todo el universo. Ponga en hojas todo lo que intenta. Mezcle su cotidianeidad con la fantasía. Y no se rinda nunca.

Hans Christian Andersen.


Me quedé helado. Me pareció, que, en ese momento, la magia se podía tocar, era sólida, y estábamos inmersos en ella. Que todos mis conceptos sobre lo posible y lo imposible se venían abajo. Que lo que creía que tenia sentido, no lo tenía, y lo que, aparentemente, era absurdo, era un camino abierto hacia la inmensidad de lo que me quedaba por descubrir. Devolví la carta a Victoria y, con una sonrisa, apreté su antebrazo, añadiendo un “Gracias” tenue y cálido. Ella apretó también mi brazo y, mirándome fijamente, me dijo con suavidad y firmeza:

- Este es mi plan. Este es el plan. Encontrarle.



Nota.- Victoria Robles es escritora de cuentos infantiles. Vive permanentemente en su mundo de sueños. Es una mujer atractiva, hermosa, pero solitaria. Habla poco y, normalmente, permanece en su mundo de escritura, en su mundo interior, que es su exterior. Este relato, aunque parezca inverosímil, es absolutamente real.

Emilio Porta
Read More

Bailando con Gastby por Laura Frost


Si te despiertas por la mañana con el cálido aroma del mejor café de Colombia envolviéndolo todo, comprendes de inmediato que Héctor ya está en la cocina. Aunque tampoco aquello era una novedad para Liam, pues Héctor siempre arrojaba los primeros sonidos en la mansión justo cuando despuntaba el alba.

Llovía como casi todas las mañanas de aquel abril de un año cualquiera, y Liam, desistiendo de controlar la mata rebelde de pelo que le estorbaba la vista, bajó las escaleras listo para hacer una de las cosas que más le satisfacían, conducir. 

Abril, el mes en el que florece el Loto Sagrado. Se acercó cauteloso y se permitió — solo por un instante—, aspirar el aroma de una de aquellas exquisiteces asiáticas que prendía en un jarrón de cristal, justo antes de entrar en la cocina. Muchos otros alegraban los sentidos a lo largo de la mansión, fruto de la entrega apasionada de Louise.

— Buenos días, Héctor — saludó al circunspecto poeta.
— ¡Qué sorpresa, Liam! —Héctor le devolvió una sonrisa sincera —. ¿Café?
— Será un placer.

Hasta ahí llegó todo lo que tenían que decirse, después el tiempo transcurrió en silencio. Una conversación bordada con las palabras francas que emiten las miradas, un pacto entre caballeros. Mientras Héctor se dejaba llevar por el crepitar de las gotas de agua sobre el cristal de la ventana, Liam posó la mirada en el calendario que colgaba en la pared.

— ¿Por qué está señalado el día de hoy en el calendario? — preguntó arrugando las cejas.

Read More

El preludio por Aspid


Había sido una tarde como tantas otras, aburrida, monótona, previsible en fin. Regresaba a casa cuando aquel muchacho que corría por la calle tropezó con ella, empujándola abruptamente y tirándola al suelo, sin embargo, haciendo caso omiso de los gritos de Ana, el mozo no se detuvo y continuó galopando, mientras ella se volvía hacia su tobillo, torcido y dolorido y veía en el pavimento algo que supuso se le había caído a su fortuito agresor.
Un pequeño libro, con pulcros remates dorados adornando sus tapas, yacía sobre la acera. Lo cogió y, levantándose con esfuerzo, intentó avisar al chico de su pérdida, pero este, había desaparecido.
Desconcertada por la situación, tomó el libro con sus manos y se dirigió a él.
         -Acabas de quedarte huérfano pequeñin, tu dueño ha volado vete a saber dónde. 
Recogió su bolso,  introdujo en su interior el libro y continuó, algo perpleja, su camino a casa.
Como cada noche, no encontraría nada extraordinario tras aquella puerta. Sin demasiado apetito se preparó una cena rápida, se acomodó en el sofá y encendió el televisor; se aburría sobremanera, cuando recordó el libro que descansaba en su bolso, y se acercó al butacón donde lo había dejado caer al llegar. Abriéndolo, extrajo el volumen y, tras una primera revisión visual sobre él y sin dirigirse a nadie, murmuró:
-Empezamos bien ¿sin título? ¿Dónde se ha visto un libro sin título? Si yo tuviera que escribir un libro, le pondría un título sonoro, y además, sería parte del guión. 
Tras esta reflexión tan poco meditada, comenzó a leer:

“Amanecía frente a las puertas de Mhanseon. Una lluvia intermitente, fina y fría había caído durante toda la noche. Las estancias permanecían aún cerradas a excepción del salón y la cocina. Y era desde el salón a la cocina por donde correteaba el perro, intentando esconder un trozo de pan que había  robado furtivamente de la despensa, pero mientras, en el silencio que ofrecen las madrugadas frías, el resto de habitantes reposaba en sus dormitorios, arrebujados entre las sábanas, perezosos de salir de ellas.

Read More

Una tumba en Mhanseon por NClarín



El día que llegué a Mansheon caía una lluvia finísima, como cernida. Me recibió Marión Albrich, el ama de llaves, una mujer llena de amabilidad y encanto, y mientras preparaban mi estancia, pese a la lluvia y por no estorbar, me dije que no sería mala idea dar una vuelta por los jardines que rodeaban la mansión, un edificio del siglo XVII de estilo gótico sombrío y tétrico, así mataría dos pájaros de un tiro, estiraría los pies y me haría una composición del lugar dónde iba a transcurrir mi vida durante todo el año que acababa de empezar.

Estuve bastante tiempo caminando, curioseando todo aquello que llamaba mi atención, metiéndome por laberintos y arboledas, deteniéndome en los estanques y surtidores que encontraba a mi paso, examinando las estatuas que bordeaban algunas rotondas, los parterres…, pero quise conocer también lo que no se veía y abandoné el sendero. Me metí por un lugar cubierto de hojarasca y vegetación casi intransitable que sobrecogía, pero seguí adelante a pesar de que mis ropas protestaban, y de pronto, en un pequeño claro, apareció ante mí un pequeño invernadero oculto por la maleza. Una puerta metálica cerrada con un candado lo cerraba. No me llevó mucho tiempo abrirlo y me introduje en él. Al instante algo llamó poderosamente mi atención: una tumba.

Me detuve ante ella atraído por su pulcritud, como si unas manos invisibles acabaran de asearla. Pero no fue el brillo del bello mármol negro, ni el artístico labrado de la lápida, ni el intenso aroma de las rosas recién cortadas lo que me detuvieron ante ella. Suspendió mi ánimo el extraño enunciado de su epitafio, grabado en cursiva con maestría al pie de la losa.

¿Quién se escondería –pensé- detrás de tan inquietante y enigmático epígrafe? ¿Quién intentó resumir la vida de la muerta en cinco palabras?¿Qué remordimientos propios y ajenos pretendía redimir? ¿Qué culpas limpiar? ¿Quiso tal vez quién mando escribirlas enmendar olvidos, remediar desidias, purgar traiciones, confesar hipocresías...?

Read More

Akane por Susana Carla


 Ilustración de Michal Lukasiewicz


- Ven Akane. 

Las palabras llegaron desde detrás de la puerta del salón principal. La voz oscura y profunda no dejaba lugar a dudas, Héctor  esperaba y – como bien sabía ella – a Héctor no se le podía hacer esperar. Su menudo cuerpo caminó trémulo hasta el salón. La moneda de cambio con la que habría de pagar su estancia en la Mansión era su propio cuerpo y aquel era el momento de empezar a pagar.

“Cuerpo, silencio, entrega”  Esas eran las tres  palabras que tenían la llave de la Mansión, aquel lugar que existía como una promesa oscura de calma. El lugar al que acudían los atormentados, los necesitados del susurro y del regazo suave del olvido. El lugar donde los sueños que ya no podían ser soñados se marchitaban definitivamente y huían. El cementerio de los secretos.

Todos ellos habían recibido la carta unos días atrás. Cuando Akane tuvo en sus manos aquel sobre negro, se estremeció de esa forma en que dicen que te estremeces cuando alguien pasea sobre tu tumba. Leía las palabras de Héctor y casi podía saborear el recuerdo de su voz, aquella voz suave e hipnótica que antaño le regalaba poemas. Esa voz tan distinta a la voz firme y autoritaria del Héctor que aguardaba tras la puerta.

- Ven Akane.

Read More

El encuentro secreto



Louise miraba a su alrededor, incapaz de fijar la mirada en ninguno de esos rostros que la observaban con lástima. “El tiempo lo cura...” “No tienes que aprender a sufrir, tienes que convivir...” Louise veía mover los labios en sus semblantes pero solo escuchaba fragmentos de frases mutiladas. Las mismas frases que ella había dicho miles de veces en el ejercicio de su profesión, y que ahora le parecían carentes de sentido. 
Uno a uno, los asistentes al funeral se marcharon dejándola sola. ¿Sola? No. La culpa la acompañaba, la perseguía desde el día del accidente. “Me llevaré el secreto a la tumba.” Esas fueron las últimas palabras de su marido antes de que arrancara el coche. Se dicen tantas cosas sin pensar en su significado... El destino, quizás vengándose por las veces que se había negado a postrarse ante él, se reía de ella sin que pudiera hacer nada por silenciar sus carcajadas. 

Revivía la escena una y otra vez. La carta sin remitente. La fotografía y la nota que había en su interior.  El miedo. La discusión sobre si debían confesar la verdad. La mirada airada de su marido. Y sus últimas palabras: “Me llevaré el secreto...”

Louise corrió hacia la cocina. Buscó en el cubo de la basura la nota que había roto su marido. “Aquí está.“ Jueves, a las 19:00, en la cafetería de la Plaza Mayor. Louise miró el reloj, las 17:30. Se puso el abrigo, cogió el bolso y salió a la calle. Llegó a la cafetería y, tras pedirle una infusión al camarero, se sentó en una mesa junto al gran ventanal que daba a la plaza. Desde allí podía ver el exterior sin ser vista desde fuera. Sacó del bolso un sobre y extrajo la fotografía que había en su interior. En el reverso un nombre y una fecha: Liliana, 1969. Una joven sonriente la miraba con unos bellos ojos verdes, penetrantes, intensos... los mismos que tenía su pequeña. 

Un hombre cruzó la puerta de la cafetería. Louise le reconoció inmediatamente, aunque, despojado de su autoridad y arrogancia, no parecía el mismo. Se acercó a la mesa.

-Hola, Louise, ¿me recuerdas?

Read More

10 de febrero de 2012

¿Por qué lo hiciste? por Vichoff


—¿Por qué lo hiciste? —me preguntó mi madre una vez más.

Dejó la taza sobre la mesa con gesto delicado, como si la porcelana no pesara en su mano, y me miró desde aquella tristeza que yo nunca había conseguido descifrar porque era suya desde siempre, era anterior a Andrea y a la muerte de mi hermano. No supe qué contestarle entonces pero habría buscado cualquier explicación si hubiera sabido que era la última vez que nos veíamos.

¿Por qué lo hice? Esa pregunta ha dado vueltas en mi cabeza a lo largo de los últimos veinte años y, a veces, se ha se ha presentado delante de mis ojos con la fuerza de un cartel luminoso en medio de la noche. Cada vez que abría el armario y mis ojos adivinaban las cuatro fundas de los cuatro vestidos blancos arrinconadas al fondo, como viejos fantasmas retirados;  cada vez que  los recuerdos insistían en volverse presente y me asomaba al espejo esperando el milagro de ver reflejada en él la cara pecosa de Andrea; cada vez que el gato brincaba a mi regazo y   reclamaba su dosis de mimos, orgulloso de que hubiera preferido su compañía a la de un ser humano, allí estaba, poniendo el interrogante en primera línea. “¿Por qué lo hiciste?”.

Y tal vez la respuesta a la pregunta, esa pregunta que todavía me sigo haciendo, no está al final del proceso, no es el resultado de un largo tiempo de reflexión sobre caracteres, causas y efectos, sino que está al principio de todo, en el inicio, mucho antes de que el primer vestido, manchado de barro, acabara en un baúl.


“¿En qué mes naciste?”, me preguntó Madame Pertec, medium y quiromante, mientras miraba fijamente la palma de mi mano izquierda y recorría sus líneas con la yema de un dedo índice huesudo y acartonado. “En febrero”, contestó Tadeusz por mí. Madame Pertec siguió estudiando mi mano como si fuera la piedra Rosetta. Al otro lado de la carpa  continuaba la algarabía de la feria, la música de los tiovivos, los gritos de los niños, las voces que anunciaban los premios de las tómbolas. La lona era permeable a los ruidos y todos llegaban hasta nuestros oídos. Tadeusz sonreía satisfecho porque había logrado convencerme.

—No tengas miedo, kochanka, no es más que un juego —me había animado antes de entrar en la carpa.

Read More
Con la tecnología de Blogger.
Se ha producido un error en este gadget.

© Mhanseon, AllRightsReserved.

Designed by ScreenWritersArena