Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

19 de febrero de 2012

Los duelos de Louise por Luna


Como es costumbre, en cualquier lugar que me encuentre, todas las tarde salgo a caminar y hoy martes, un día anticipado al acordado con Louise Svensson, para platicar sobre el jardín de Mhanseon, la vi, venía en mi dirección.

¿¡Quién es ella!?- murmuré automáticamente, cuando la vi.

--¿Ella?—preguntó, mirando en recorrido circular sobre su eje.
--Ella soy yo – dijo bromeando mientras penetraba sus ojos en el castaño de los míos,  después, dejó escapar una sonrisa de inquietud y enjutó el entrecejo.

--¿A que ella te refieres?- Preguntó.

--Louise, disculpa por favor la descortesía, por ahí debí comenzar-. Lamenté no haberle saludado de comienzo.

–No todo es válido ante un asombro-, justifiqué.
 --Cuéntame, que ha pasado con esa persistente tos tuya de la semana pasada?- Pregunté para desagraviar mi lo descortés.

--La tos pasó. Gracias - contestó secamente.
--Hoy viene conmigo una dosis de nostalgia, una parte de la que he llevado por siempre- carraspeó y  ciñó los ojos.

--Siii… te hace bien, contar un poco de tu tristeza, te prometo ser fiel a tus deseos. Soy buena confidente- prometí.

--Hay tanto para contar, que si no lo cuento todo, al menos por una vez, no podría ser menor mi frustración ni estar en paz para la eternidad.- confesó con  lelo de sus manos que miraban hacia el cielo-.

_No te hagas problemas,  ¿quién no tiene una historia? y ¿qué historia no tiene picos y hondonadas? La alenté.

--Es cierto-. --A propósito, he traído café (exhibió un termo de color rojo tinto y de litro y medio aproximadamente), suelo hacerlo en invierno y en otoño. Podemos caminar un poco, para hacerle frente al frío y aprovechar el brillo del sol. Podrías hacerte ilusión que es un día cálido y tropical-, repuso con sarcasmo (como si conociera mi lugar de origen) en medio de una impecable sonrisa, que dejó ver el blanco  de sus dientes -.

Dimos entonces marcha entre senderos trazados por los pinos milenarios, cuyas  sombras color caoba apagado confrontan por ésta época, vientos y heladas.

--Creo que aún falta tiempo para comenzar en el invernadero—dije señalándolo con la mano y recordando para no perder el interés del primer encuentro-.

--Quizás podríamos postergar el proyecto del jardín, Louise, para escuchar tus sentimientos. La tierra que pisamos y de la que re-nacen nuevas vidas, nos darán una tregua- proseguí. --Quiero decir, las semillas y la tierra nos sabrán esperar-. Después de todo, ellas serán madres. -Argumenté.

- Tienes razón - repuso ella -perdiendo cabizbaja su mirada en la gravilla.
—Ahora dime, a que ella te referías al comienzo que te causó sorpresa al verme?

- Al parecer tuve una visión extraña- respondí automáticamente evitando parecer tonta y asustadiza.

--Alguien te acompañaba, vestía un traje largo de color pastel y no la veía caminar. El rostro, era idéntico al tuyo y sonreía, sin embargo algo había de dolor que contagiaba. Ese algo era una nube con figura humana, que lentamente se desvaneció ante mi presencia, creo-. Expliqué.

(Louise sonrió), --no te preocupes, en Mhanseon y sus alrededor, con cierta frecuencia verás revelaciones, a quienes algunos les llaman fantasmas, otros duendes, brujas, o monstruos. Son imaginarios creados por el miedo. En todo caso,  son inofensivos o se hacen huraños ante quienes su imaginario los han creado de ese modo. Los fantasmas hacen parte del patrimonio de esta casa como los hay en todos los castillos y mansiones. Puedo decirte que sin ellos, no habría vida aquí en Mhanseon. Toda casa es del tamaño del mundo interior que se quiera revelar, y la casa es casa si alguien la habita; como un cuartel, es cuartel si hay soldados o una escuela, es escuela si hay niños; incluso sigue siendo casa para los difuntos que mueren en ella guardando secretos, o, ¿no? -me confrontó-

--Si, así es, y vale igual afirmar, que la casa es nuestro mundo?- pregunté tontamente para asegurarle que había comprendido su teoría mientras contenía dentro de mí, ciertas burbujas de pánico.

--Así es- respondió segura.

Después, me invitó a pasar a la bodega de herramientas, prendió la lámpara de kerosene, yo me ofrecí a servir el café mientras ella se liberaba del impermeable.
Pausó y continuó: --Cuentan que cuando Pandora, abrió su caja imaginaria, encontró al lado de la esperanza, la imaginación. Eso no me ocurrió precisamente. --Fíjate, lo que ha pasado con mi esperanza e imaginación-, dijo replegando un silencio que venía-. --Mi padre fue un bolchevique intenso y mi madre una polaca tolerante. Los dos caminaron los percances hostiles que cimientan los desastres de una guerra pobre, hija de otra. Mi madre aprendió el oficio de enfermera y Varsovia la llamó a curar heridos. Allí nací, entre los cadáveres de hombres y edificios confundidos en una sola masa y el traqueteo de fusiles y cañones. Para entonces mi padre ya había muerto y mi madre tenía que ocultarme y evitar que llorara, mis pañales fueron los retazos de camisas que dejaban los soldados al morir y en estas penurias aprendí a caminar y a tomar de la mano al riesgo. Cuando terminé la escuela, estaba huérfana y violada por soldados ebrios y apestosos. Me repudié por ello y maldije a cambio de orar. Luego, aprendí de mi madre a curar heridos, siguiendo como ella en la rutina de ver morir más que vivir. Así que en mi caja de Pandora  no había esperanzas para mí; solo la imaginación para vivir salvando a otros cuando podía y odiando al victimario. No cumplía los 23, cuando vino a la campaña de enfermería un oficial ruso, con el cuerpo casi destruido a cargo de un artefacto. Me dediqué a cuidarlo día y noche y él me recompensó con su amor a pesar de mi hosca desconfianza. Con suficiente paciencia, logró atravesar con sus ojos mi resurrección. Viví con él en mi cambucho y nació la pequeña Yuri. Mi marido fue dado de alta del ejército por la incapacidad total  de sus piernas, entonces se dedicó a cuidad la niña, le enseñó estrategias belicosas y la llamó mi pequeño soldado, Un día, mientras yo compraba la comida en el mercado, el cambucho fue objetivo militar del ejército enemigo. Murieron así mi marido y la pequeña Yuri. De nuevo se arrasó el asomo de la esperanza. Copé todos los sentimientos de odio. No lloré, porque al llanto nunca tuve acceso. Aún no se llorar-. Pausó, parecía haber terminado su historia. Me conmoví tanto que mis ojos se nublaron y disimulé, marcando círculos con mi dedo en el suelo. Después reacomodé mis codos sobre las piernas, le observé, buscando también sus ojos y me atrevía a preguntar:
--¿Porqué estás aquí Louise? ¿Cómo has llegado a Mhanseon?-
Arrancó desde su fondo un suspiro y expulsó bocanadas del vaho que el frío provoca en los pulmones, tan grandes, que por un momento me remontó a los dragones. Serenó el ánimo y prosiguió.
--No podía quedarme en ese lugar Polonia, sufrida y miserable. Caminé, caminé días y noches, recorrí kilómetros y en Hamburgo supe que pisaba tierras alemanas, con terror me aventuré a continuar, si moría que importancia tenía, quizás era mejor morir, y, tal vez el instinto de conservación me obligó a esconderme ante movimientos sospechosos, a veces me alimentaba de basuras y otras de plantas silvestres, siempre las hay por fortuna y aun cuando las guerra las reduzca ella bregan y le ganan a los escombros. Finalmente me aventuré  para atravesar  el canal como un intrépido polizón ,y lo logré. Volví a caminar kilómetros, era verano. Vi camas de tulipanes tendidos y me dediqué a acariciarlos. ¿Sabes cuánto hacia que no veía una flor en su esplendor? Mucho tiempo-. –se respondió con amargura así misma, como si ella se encontrara en soliloquio-. Continuó --Escuché de la boca de dos desconocidos en la puerta de una taberna a quienes pedía una moneda, la oferta de trabajo de un jardinero para Mhanseon. Estuve atenta y los seguí, cuando se disponían a ir por el trabajo. Esperé que ellos se retiraran y toqué a la puerta. Me recibió Arthur, yo le pedí trabajo a cambio de un techo y comida y el aceptó sin reparos después de contarle mis derrotas, le mostré que era fuerte para el campo. Así abandonó la idea de darle el trabajo al hombre de la taberna, quizás construyó una contundente disculpa al día siguiente.  Aquí me ubiqué y comencé a desarrugar y ordenar en las noches, los papeles que daban cuenta de mi historia. Mi deseo de escribir fue más grande que el deseo de deshacerme de esos apuntes por momentos y, se fortaleció en el momento mismo en que evidencié la fuerza natural por vivir que tenía la hierba silvestre que había en mi camino, de la que me alimenté muchas veces en mi viaje hasta aquí.

--Así, que esto no es fácil platicarlo -.- me dijo penetrando el azul de sus ojos nuevamente en los míos, ahora, habían abandonando esa atmósfera de dulzura del primer encuentro y los transmutó a una mirada de hielo.

– Confiarlos ahora a un mortal me darán la paz que necesito - Concluyó LOUISE, canturreando y con una sonrisa siniestra y debelando mi presencia, se hizo nube, se elevó cruzando la techumbre del depósito. Salí del lugar pensando si ella se habría liberado. Miré las dos tazas de café, sin probar y frías.
De vuelta al salón, como un resorte soportando mi cabeza, mi obligó a girar para buscar el muro en que pendían las fotografías de esos escritores atrapados en el tiempo de Mhanseon. Observé que el cuadro donde debería permanecer Louise, se encontraba vacío.

¡No podía creerme que había estado hablando con un difunto! o al menos así justifiqué los dos eventos: una nube que la  seguía  al momento del encuentro y otra que se esfumaba por la techumbre del depósito. 


Luna11

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