Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

24 de febrero de 2012

Mushroom Pillow por Laura Frost



Mushroom Pillow es una exquisita tienda de música y literatura que he descubierto en este lugar donde me refugio a la espera de que algo ocurra. No se trata de un viaje interior, ni de una huida. Mi decisión es tan sencilla como el hecho de hacer unas maletas y comprar un billete. Sin dobleces, ni mensajes ocultos. Simplemente, he cambiado de aires y me gusta este lugar. De momento, y hasta que algo maravilloso se presente ante mí — me refiero a uno de esos instantes que, como una epifanía, todos anhelamos porque nos convierten en seres únicos e inigualables—, me conformo con mis paseos diarios en este pueblo donde todo me es ajeno. Y por algún motivo, todos los días mis pasos me conducen hasta Mushroom Pillow.
Con una mirada curiosa y despierta, tras esas gafas de pasta negra, el propietario de la librería posee un don especial. Con solo observarte es capaz de identificar lo que desea cada cliente y te sorprende sacando, de entre las estanterías, las cajas de vinilos, o los compactos, alguna rareza que consigue alegrarte el corazón.
Es invierno y nieva. Mi memoria no conserva recuerdos infantiles donde niños con guantes y bufandas hacen un enorme muñeco de nieve, ni tampoco hice un ángel sobre la nieve con mis brazos de niña. Quizás por eso ahora disfruto enormemente de este clima, tan distinto al lugar de donde provengo, tan lejano. Me gusta sentir el frío, y aunque mis manos y labios se quejan a diario surcados por pequeñas grietas y algún que otro sabañón, es agradable estar aquí.
Al flanquear la puerta de la tienda, una ola de calor me ha acariciado el rostro con gentileza, y lo he agradecido enormemente. Rafa, desde detrás del mostrador, me ha regalado una enorme sonrisa. Yo, casi a duras penas, he podido articular un: “Buenos días”.
— Me ha mentido usted, señorita — y ha hecho uso de una mueca socarrona no desprovista de cierto reproche.
— ¿Yo?
— ¿Por qué no me habías dicho que eras escritora? — ha sacado un libro de detrás del mostrador y, abriendo delicadamente la tapa, ha dejado a la vista una reseña biográfica y una fotografía donde sonrío junto a una ventana que daba al mar.
Casi no me reconocí en aquella fotografía. Aún tenía el cabello largo y era más joven. Un pequeño arrebato de decepción y vergüenza se ha apoderado de mí, no en vano, cuando cerré aquellas páginas por última vez también di carpetazo a un episodio que no me apetecía rememorar. No es que no me sienta orgullosa de lo que en su momento creé, pues durante mucho tiempo me ha dado de comer y me proporcionó una identidad con la que conviví feliz. Pero esa mujer ya no era yo. Y aquella vida no me pertenecía. Me quité los guantes y la bufanda y tomé el libro entre mis manos con seriedad. Rafa aún esperaba una respuesta. Yo no sabía por dónde empezar.
— Vaya, y yo que creía que no te iba la literatura romántica.
— Y no me va — replicó—, pero sabía que tu nombre me sonaba. Solo era cuestión de tiempo.
— Ya.
— Me lo vas a contar, ¿o no?
— Bueno, pues no hay mucho que contar. Un día empecé a escribir y no paré. El resultado fue este, una saga de libros románticos que nadie lee.
— ¿Qué nadie lee? —protestó y giró la pantalla del ordenador donde pude ver otra foto mía de nuevo, en un dominical junto a un titular que decía: “Cyliam Frost, un nuevo revulsivo para el corazón.” — ¡Eres famosa!
A pesar de mis esfuerzos vanos, recordaba perfectamente esa entrevista. David, mi marido y editor, estaba muy emocionado por el éxito de ventas que el libro estaba adquiriendo. Y junto con aquel aluvión de presentaciones, reportajes y contratos, yo le entregué las llaves de mi vida.            Con el tiempo me fui perdiendo en aquel sueño de princesas y papel couché, tanto que no fui capaz de ver como se desvanecía ante mis ojos cuando aquella joven pintora apareció. Toda una vida se escurrió entre mis pequeños dedos y yo pasé a ser poco más que un retrato en la solapa de un libro. Una reina destronada. Después de aquello, nunca más fui capaz de escribir sobre el amor, en realidad, ya no era capaz de escribir sobre nada.
— Bueno, tienes razón, algunas personas leen estas chorradas.
— ¿Por qué eres tan dura contigo misma? — Rafa me inspeccionó con una mirada severa—. He leído en los foros, ¿sabes? Durante mucho tiempo tus libros se vendían como churros.  Por cierto ¿quieres un café?
— Sí... Tienes razón — reí, supongo que para quitarle seriedad al asunto—. Y además me dejó un buen colchón económico que me permite estar aquí ahora.
— ¿Ya no escribes? —preguntó mientras nos sentábamos en una de las mesas permanentemente vestidas para acoger al lector, y en las que nunca faltaba una jarra de café, un juego de tazas, leche, cucharillas y diversos tipos de azúcar.
— No.
— ¿Por qué?
— Es complicado.
Su mirada se enturbió de tal modo, que creí que su alma le había abandonado para adentrarse en otro lugar. Se quedó fija en el rincón de libros infantiles, como si allí estuviera ocurriendo algo, como si observara una escena real donde algún niño hablaba con los libros. Cuando regresó, sobre su rostro parecía que hubiera caído todo el peso del universo, y por algún motivo, yo sentí que mis pequeñas inquietudes no eran más que eso, diminutas insignificancias. Lo que ocurre cuando Rafa se ausenta así lo desconozco, y, ciertamente, escapa a mi entendimiento, pero yo nunca hago preguntas. Me limito a estar. Serví café y cada uno se lo aderezó como quiso. El silencio nos reconfortó.
— Pues deberías hacerlo —retomó la conversación donde la habíamos dejado, como si nada hubiera ocurrido.
— Quizás, no sé.
— ¿Por qué te pusiste ese nombre? — preguntó mientras hojeaba el libro.
— Porque vendía más, puro marketing. Aunque Frost es auténtico, es lo único que conservo de mi marido.
— ¿Inglés?
— Americano — y un cretino arrogante y manipulador, me hubiera gustado añadir, pero preferí callar.
— Entonces, ¿no piensas volver a escribir?
— En realidad tengo un plan — repliqué imponiendo cierto tono de misterio en mi voz.
— A ver ese plan. Desembucha, mentirosa.
No pude evitar que una sonora carcajada se abriera paso desde el centro de mis tripas. Esa era una de las cualidades que dibujaban a Rafa como un ser excepcional: allanar cualquier detalle trascendente. Ambos éramos fachada, dos seres que escondían, bajo un ritual de jovialidad y cuadros cotidianos, un secreto insondable. Y cuando encaramos al universo de ese modo, lo más sensato es aceptar que nunca se conocerá lo que ocurre bajo el agua porque allí cada gota taladra el alma como un cuchillo afilado que impide respirar. Y entonces inventamos otros mundos, lugares como Mushroom Pillow.
— Es un plan sencillo, se trata de esperar — me expliqué.
— ¿Esperar?
— Sí, esperar que algo ocurra. Algo maravilloso, único, inenarrable… como cuando crees rozar las alas de un ángel.
— Y cuando eso ocurra... que ocurrirá… ¿qué harás?
— Escribir.
— Me gusta tu plan — y los dos reímos.
Las mañanas en la tienda transcurren con una cadencia deliciosa. Cuando entra algún cliente, Rafa los atiende con devoción, los mima. Y cada persona sale de allí con la certeza de haber encontrado justo aquello que iba a buscar. Mushroom Pillow funciona como una brújula para el corazón.
A mí me gusta sentarme en una mecedora antigua que Rafa ha rescatado del desván de la tienda y a la que ha puesto un nombre extraño, Morrigan. No quiere decirme de dónde la ha sacado, pero sentarse en esa mecedora y leer, hace que las historias que se esconden en los libros sean, misteriosamente, más vívidas, más reales.
La campanilla de la puerta ha sonado justo cuando Rafa estaba en la trastienda y un joven rubio, bastante apuesto, ha entrado y se ha quedado de pie en silencio. Ni siquiera sé si me ha llegado a ver pues su mirada desprendía ese halo impaciente de aquellos que persiguen, más allá de sí mismos, un objetivo.
— Liam, ¡qué gusto me da verte! — Rafa salió sujetando unas cajas de vinilos que dejó en el suelo justo antes de estrechar las manos del circunspecto joven.
— Necesito un ejemplar de “El Gran Gatsby”. El más antiguo que tengas.
— Una buena elección.
— No es para mí, es un regalo — añadió con seriedad.
Ha sido la compra más veloz que he presenciado en toda mi vida. Como si de un césar se tratara, llegó, compró y se marchó. Sin embargo, un resorte de interés repentino se ha disparado dentro de mí, un lucero de curiosidad decorado por la fragancia dulce que aquel hombre había dejado en el local.
— ¿Quién es?
— Solo sé que se llama Liam y como habrás comprobado no habla mucho — Rafa había atisbado esa lucecita en el centro de mis emociones—. Viene por aquí de vez en cuando.
— ¿Es del pueblo?
— Él es de La Mansión.
—¿La Mansión? — la curiosidad que sentía se incrementaba por segundos.
— Está a las afueras, flanqueada por pinos — pero un brillo melancólico se dibujó en su mirada —. Es un lugar extraño.
— ¿La conoces?
— No, no es un lugar accesible — su voz se volvió turbia, esquiva —. Solo se puede entrar en La Mansión si se tiene un motivo.
— Pues quisiera conocerla.
— Entonces, tendrás que encontrar un motivo — y con una gravedad que desconocía en mi reciente amigo continuó colocando los vinilos en los estantes.
Volví a sentarme en Morrigan pero no continué con mi lectura. Rafa me observaba con el rabillo del ojo, sin embargo, yo ya no estaba allí. Me había sentado como una niña ofuscada sobre uno de los copos de nieve y toda mi energía se concentraba en una sola cosa: necesitaba entrar en esa mansión y necesitaba un plan.

¡Plis,plas!
Laura Frost

3 comentarios:

  1. Bueno,está bien.
    Lo leí tres veces pero necesito leerlo más.
    No sé. Pienso que el nudo del relato no beneficia el final. Le ha quitado intriga e intensidad. Se centra bastante en el librero y la escritora. Historia ésta que en si misma podía ser otro maravilloso relato trabajado un poco más.

    Bueno es mi opinión. Está muy bien Laura, pero con la sensación de que te podía haber quedado mejor.

    Si, ya sé que soy exigente. Pero qué quieres amiga, pusiste el listón muy alto.

    Besos.

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  2. Has introducido una nueva historia que, seguro, se entrelazará con la mía.. Me gusta, Laura.. vamos allá¡¡

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  3. Cyliam Frost, ¿de qué me sonará ese nombre? En fin, no sé por qué pero me gusta, es como si la conociera de otro sitio...Será este ambiente que se respira en Mhanseon tan sugestivo.

    Qué ganas tengo de Cyliam encuentre ese plan que le permita traspasar las puertas de Mhanseon.

    Besos y un fuerte abrazo.

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