Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

18 de junio de 2012

Atrapados en cristal por Laura Frost


Botellas de cristal fotografía de Jonny Miller

    Cuando Héctor Latorre abandonó el Perú desde el puerto de Matarani en Arequipa portaba un equipaje impropio para alguien que había formado parte de la alta sociedad peruana desde su cuna: una maleta con algo de ropa, una bolsa de viaje con un par de libros y el sombrero panameño que había sido de su padre. Regresar a Perú había sido un acontecimiento extraño y desconcertante, después de tantos años viviendo en Nueva York, pero como nada quedaba allí para él, pensó que en sus raíces encontraría algo de sosiego. Se equivocaba, desde luego. Tampoco había nada allí para él, por eso también se marchó. Quiso dejar a tras sus recuerdos, por aquello de soportar una existencia algo más placentera, pero tampoco le fue posible, así que asumió que debía viajar con ellos.

Una de las ventajas de viajar en barco es que se dispone de mucho tiempo para observar a los demás, y Héctor Latorre siempre había sido una persona muy observadora. Todas las mañanas, a eso de las doce, una señora casi anciana se sentaba en una de las hamacas de la cubierta superior de proa. No hablaba con nadie, ni leía, solo cerraba los ojos y se dejaba bañar por los rayos de sol mientras saboreaba un gin-tonic que ella misma se preparaba haciendo uso de una pequeña botella de cristal. Luego dejaba la botella junto a la hamaca y se marchaba, para repetir el mismo ritual al día siguiente.

Posiblemente, a su alrededor y en aquel viaje, estaban sucediendo muchas cosas, pero a Héctor nada le resultaba más curioso que el comportamiento de aquella extraña mujer. Y así, como quien espera detrás de la puerta en silencio, Héctor comenzó a recopilar una tras una aquellas pequeñas botellas, que comenzaron a tintinear en una maltrecha caja de cartón en su camarote, sin saber muy bien qué hacer con ellas.


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15 de junio de 2012

El peso de la memoria por NClarín


   Hoy hace un día de perros en Mansheon, se ha levantado un viento desapacible en extremo, hace un  frío que cala los huesos y no ha parado de llover desde ayer.  Casi todos nos hemos refugiado en la sala de música y ahora mismo estamos  escuchando   el  Concierto para violín en re mayor, Op. 35, de Tchaikovski.  Su música es un compendio de los secretos que encierra Mansheon, pues en ella están presentes el amor, la muerte, el destino, la belleza, la desesperación…
   Tchaikovski era homosexual, esto no constituye ningún secreto para nadie, mucho menos para los amantes de su música, lo cual marcó su vida y está en la base de sus fracasos afectivos y emocionales.  A pesar de serlo se casó con Antonina Miliukova, una discípula suya,  para acallar las malas lenguas y salir de dudas, algo fácil de entender  si tenemos en cuenta que en aquella época era un grave pecado. Pero su matrimonio fue un rotundo fracaso que lo sumió en una profunda depresión que lo apartó de Antonina y lo llevó a un intento de suicidio.  Fue precisamente en esta tesitura vital en la que compuso el concierto que ahora escuchamos.  

  Mientras su música nos envuelve,  al influjo de la condición del autor y su atormentada vida,  recuerdo el caso de un amigo que, de forma inexplicable, se quitó la vida colgándose de un madero en su propia casa. Cincuenta y tres años tenía, los mismos que  el compositor ruso cuando murió. 
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13 de junio de 2012

Recuerdos por Mara Nefill



Mhanseon-sala de música- 22/12/1880

Victoria despertó a la casa con una canción que Wagner había compuesto para su mujer como regalo de aniversario. Ella la tocaba el día de su cumpleaños, celebraba así su nacimiento y el recuerdo de quien le había enseñado a tocarla.
Hacía tiempo que nadie tocaba el piano de media cola que mi abuela había mandado traer de Viena. Sus dedos se movían ágiles por las teclas, despertando en ellas la añoranza de otros dedos, más jóvenes y más torpes, que reposaban ahora sobre un vestido de tafetán negro en el cuadro que presidía la sala de música.
Yo bajé corriendo de mi guarida en la buhardilla al oírla tocar. Llegué para ver las caras de asombro y felicidad con que se miraban  Mr. Tydesson y  Mrs. Albrich, agradeciendo la música que inundaba la casa.
Aplaudimos cuando terminó la pieza. Mrs. Albrich lloraba.
—Oh, señora, ¡cuánto tiempo hacía que no se tocaba el piano de Lady Torn ¡¡Cuánto tiempo! —le dijo.
—¿Le molesta que lo haya hecho?—  Victoria  miraba alternativamente a Arthur y a Marion, buscando en ellos algún gesto de reprobación.
     —Si me permite señora Robles, es delicioso el que lo haya hecho—contestó Arthur — Mrs Albrich y yo le damos las gracias por su música.
     —Bien entonces—dijo Victoria levantándose resuelta del taburete—. Abramos la ventana y dejemos que el bosque entre en esta sala ¿les parece?
Marion se adelantó a ella y, descorriendo las pesadas cortinas de terciopelo rojo, abrió la ventana a la luz de un día que intentaba vencer a la tormenta del norte. Un viento frío entró en la habitación, levantando la bata de algodón de seda blanca que cubría el camisón de Victoria. Aún no se había vestido.
Arthur se la quedó mirando, admirando el pelo rojizo que le llegaba a la cintura y que se movía al compás de su bata con la melodía de las nubes rotas por el aguacero matutino.
No oyó mi “feliz cumpleaños”, salió corriendo hacía el jardín a bañarse bajo la lluvia.

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11 de junio de 2012

Encuentros por Luisa Grajalva


Ilustración de Paul Delvaux

     El mundo suele pensar que la noche ha sido hecha para dormir, pero en Mhanseon las cosas son distintas. En sus jardines puede verse un caballo que galopa desbocado o a una estatua bajar de su pedestal y sentarse a conversar en algún rincón con Marion. También, un reflejo de luna fugitivo que trata de ocultarse detrás de cada árbol. Y una rosa de extraordinaria belleza que desaparece bajo tierra si nos acercamos mucho a ella. Incluso, en noches claras, una hermosa joven, vestida de rojo, invita a acompañarla con la hipnótica cadencia de su voz y una extraña frase repetida: Ven conmigo hacia ti, ven conmigo hacia donde vas a encontrarte...

Aunque Victoria suele vestirse de novia sólo para caminar bajo la lluvia, en esta noche cálida se ha puesto el preferido de los cuatro vestidos nupciales que guarda en su armario, y se ha mirado largamente ante el espejo antes de dirigirse, despacio, como si desfilara ante las miradas de sus invitados, al rincón más alejado del jardín. Con el paso de quien presiente que, exactamente en esa noche y a esa hora, su cita es con un destino largamente postergado. 

En el banco de una pequeña pérgola, casi oculta por fragantes enredaderas de dama de noche, un hombre la está esperando. Al verla llegar, se pone en pie. Victoria se acerca a él sin apresurarse, manteniendo su paso de novia y visiblemente emocionada. Cuando llega a su altura, el hombre acaricia su rostro, humedecido por las lágrimas, y, tomando sus manos, la invita a sentarse junto a él.

- Ya estoy aquí, Victoria

- No he hecho otra cosa que buscarte, otra cosa que necesitarte durante toda mi vida.

- ¿Eso es lo que crees?

- Creo que mi destino está unido al tuyo, que únicamente tú podrás comprenderme. Siempre te he admirado y he deseado saber cómo llevabas a cabo lo que yo jamás puedo culminar.

- Vengo a decirte que estás equivocada.

- No puedo estarlo. Tú has escrito los cuentos más bellos del mundo y yo siento que debo escribirlos, pero los empiezo y no puedo terminarlos. Entonces es cuando pienso en ti una y otra vez. Te he necesitado siempre para que me ayudes a saber cómo hacerlo.

- ¿Quieres saber cómo terminarlos o quieres saber por qué no puedes concluirlos?

- Quiero ser igual que tú, quiero ser tú. Y quiero que compartas para siempre mi vida.

- Dos deseos que, aunque lo ignores, ya has logrado.

- No, yo nunca puedo terminar las cosas. Me puse cuatro veces un vestido como el que llevo hoy y no pude casarme ninguna de las cuatro, eso ya lo sabes. En las cuatro ocasiones, pudo más el miedo que yo misma.
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9 de junio de 2012

Un envío postal lleno de sueños por Port


Ha llegado un paquete postal a Mhanseon. Viene a nombre de Victoria Robles. Y está enviado desde Copenhague. Cuando llegó, Victoria no estaba en la casa. Con la llegada del buen tiempo andaba enredada en el jardín, con sus flores, que no son suyas, pero lo son porque cree que crecen más cuando las mira, y sus historias... que éstas si son suyas, porque las lleva consigo antes de escribirlas. El paquete lo recogió Marion y ahora se lo acaba de entregar.

- Victoria, es para usted. Viene de Dinamarca. Igual son los sueños de Hamlet.
- No, Marion...son sueños, seguro, pero no de Hamlet...
- ¿Un paquete de sueños? ¿De verdad?...Trataba de jugar con las palabras, Victoria.
- Las palabras son para jugar...si están vivas. Estas fueron escritas hace tiempo. Vienen del pasado. Pero sí, están vivas.
- Quizás soy indiscreta pero...¿quién te las envía... perdona, Victoria, ya sabes que, en la confianza del tiempo, te considero amiga y te tuteo.
- En la confianza del tiempo, Marion, qué bonito...
- Suena a confluencia, también,...la eufonía de las palabras...
- Me las envía un tímido y asustado amigo.
- ¿?
- Un escritor que quizás conozcas...Andersen.
- ¿Hans Christian Andersen? Qué cosas, Victoria, es del pasado, de los pasados siglos...
- Ah, Marion, que poca fe tienes en la fuerza de los sueños. Ni siquiera crees que puedan saltar sobre espacio y tiempo.
- Bueno...y...¿qué sueños trae la caja? Porque, aunque ligera, pesa...
- Mira, vamos a mirarlos juntas.

Victoria separó cuidadosamente las tapas de la caja y vio una carpeta con lazos. Y, sobre ella, escrito a plumilla, un título: "Recuerdos de un soldadito de plomo: la caja de música de la bailarina".

Port
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7 de junio de 2012

Sueños recordados, recuerdos soñados por Vichoff


¿Se pueden tener recuerdos de lo que no se conoce? ¿Se pueden recordar las calles, los edificios, los parques de una ciudad en la que nunca se ha estado? ¿Se puede tener en la memoria el color de un cielo que nunca se ha visto, el olor de un aire que nunca se ha respirado, el sonido de los carruajes sobre un pavimento que nunca se ha pisado? ¿Es tan tenue la frontera entre la realidad y la ficción, entre el sueño y la vigilia?

Porque yo me recuerdo en una mañana lluviosa, mirando un hermoso palacio blanco desde la extensión verde de un parque, un parque que se cierra a mi espalda con la cortina de un antiguo bosque de árboles apretados. 

Respiro profundamente y el aire templado me llena los pulmones, cierro los ojos un instante y en mi memoria se materializa un aire parecido en algún lugar de la costa de New Jersey, un mar gris de amanecer, unos brazos que me rodean desde atrás y una voz escondida en mi cuello que me pide que vuelva a la cama. Pero no quiero volver. Solo quiero quedarme allí hasta que salga el sol y luego correr hacia el primer barco que zarpe hacia Europa. Y pienso: “Konrad, no me casaré contigo”, pero no sé si llegado el momento seré capaz de rechazarle, no sé si tendré las fuerzas necesarias para explicarle mi abandono. Por eso quiero ese barco, por eso miro al mar y no quiero volver a la cama.

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5 de junio de 2012

A la sala de música llegó el asombro por Luna


Aún el rostro de Louise continuaba iluminado con la presencia de Héctor, hasta que el paso diáfano de los aviones gemelos dibujando figuras geométricas en dos líneas paralelas sobre el despejado azul celeste, se hicieron concurrentes. No pudo ocultar la agitación de su cuerpo, y, como una abeja, clava el aguijón en su alimento, aferró ella las uñas a la tierra. Un extraño frió emanó de su traslúcida piel, luego, como pudo, posó las manos, para proteger protegió el rostro de la imparable escarcha que a él llegaba, en plena primavera; al tiempo intentaba evadir las lenguas blancas que dejaban las turbinas en el cielo.

Corrió hacia la rotonda que circula la garita del constado izquierdo a la entrada principal de la mansión en busca de refugio. Caía, caía y volvía a caer. Llamó angustiosamente a una tal Helen, y pidió auxilio a un hombre, quizás su marido, quizás su ayudante de enfermería. Pedía la dotación para primeros auxilios.

Todos quedamos atónitos ante la tragedia que se hacía palpable a los recuerdos de Louise.

Cuando sobrevolaban de regreso las aeronaves, venía ella a nosotros. Allí, quizás en su imaginario, yacían los heridos, tropezaba bruscamente dejando a medio camino el maletín salvavidas, que no era otro, que una cesta de petunias, y buscó refugio bajo la silla de Benjamín, estrujando sus piernas, y chasqueando la hierba joven que asomaba en la vereda.

Todos vimos conmovidos la escena. Akane emitió en su rostro la sugerencia de socorro para Louise, Tal vez, una voz de aliento cercana o una caricia a sus manos, le devolvería la paz. Héctor continuaba con las manos en los bolsillos y atinaba a aspirar profundamente como si algo le entrecortara la vida. Después liberó uno de sus brazos, se frotó los ojos y pausó la respiración detenida  en un profundo y sonoro suspiro. ¡Cuánto desearía un café cargado o una bebida fuerte!
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2 de junio de 2012

Cumpleaños por Nanny


En cuanto acaba un frugal desayuno, Louise se marcha al jardín, a hundir sus manos en la cálida tierra, a sentir el aroma de sus flores, a sentir la brisa en el rostro. Hoy tiene menos ganas aún de relacionarse con nadie de lo que es habitual en ella. Se ha levantado antes que los demás, se ha preparado unos sandwiches para almorzar y no piensa abandonar el trabajo con las plantas mientras el sol brille en el cielo.

Hoy más que nunca Louise desea, necesita, precisa de la soledad porque hoy, justamente hoy, es el cumpleaños de su pequeña y los recuerdos pesan y duelen tanto que no le quedan fuerzas para lidiar con banalidades sociales.

Hoy a Louise le duelen las entrañas, casi como si se hubiera puesto otra vez de parto, pero hoy no parirá una preciosa niñita sino un dolor caliente y profundo que le desgarra el corazón. 

Mientras hunde sus manos en la tierra, Louise siente que las primeras lágrimas comienzan a brotar al tiempo que los recuerdos inician su triste desfile: Louise luciendo, orgullosa y feliz, su enorme tripa de embarazada rumbo al hospital; Louise tumbada en la cama, soportando los primeros dolores, mientras su marido le sujeta las manos; Louise en el paritorio, exhausta, empujando con toda las fuerzas de que es capaz mientras aprieta los dientes para no soltar ni un sólo grito... y, por fin, su niña, su preciosa niña, con su carita arrugada, sus ojos cerrados, su diminuta manita cerrada en torno a su dedo. Su pequeña comiendo por vez primera, su niña en brazos de su orgulloso padre, su hijita dormida a su lado. Y los primeros pasos, y su primer mamá y...

Los recuerdos ahogan a Louise mientras sigue cavando, plantando, quitando malas hierbas, regando... Intenta contener el llanto que se le agolpa en el pecho y, entonces, desde la sala de música surge una música triste, una melancólica balada de trompeta. Benjamín está tocando y, como si supiera lo que Louise necesita, ha escogido una melodía llena de nostalgia, aflicción y dolor que sacude a la mujer como una ola y permite que el llanto, por fin, se desborde y rompa contra sus ojos.

Louise llora hasta caer rendida y, entre sus amadas flores, se queda dormida y sueña con la mano de su pequeña agarrada a la suya mientras pasean bajo el cálido sol de primavera...


Nanny
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30 de mayo de 2012

El día que abrió la boca y pestañeó sin irritarse por Luna


“El mundo es para los que nacieron para conquistarlo
No para los que sueñan que pueden conquistarlo, aunque tengan razón.
He soñado más que todas las hazañas de Napoleón.
He abrazado en mi pecho hipotético más humanidades que Cristo,
He pensado en secreto más filosofías que las escritas por ningún Kant.
Soy y seré siempre el de la buhardilla,
Aunque no viva en ella.
Seré siempre el que no nació para eso”.
(Fragmento de Tabaquería de Fernando Pessoa)




No era el rojo cobrizo del sol naciente acostumbrado en Mhanseon por esta época y a esa hora, el que se echaba de menos, eran las manos que acostumbraban a pasar dirigiendo una carreta con equipos de jardinería y nuevas plantas crecidas en el invernadero. A cambio, un opaco plomizo que dejaba hilos del rastro de una luna hundida en el firmamento y una leve mancha blanca grisácea la protegía, como si algo quisiera ocultar o algo presagiara.

Había visto desde lejos a Héctor, de quien sabía era latinoamericano, pero no me había interesado acercarme a él. Quizás porque siempre le había visto acompañado de la espigada pelirroja, Victoria Robles quien se desplaza con la finura de los flamingos. Figuré el sonido de los pasos de Akane a los de un potrillo caminando un pedregal, tras de mí, y con la conciencia en la mano, irrumpimos el papiro que el hombre había dejado caer de sus piernas y la pluma desgonzada entre sus dedos, parecía querer levantar el vuelo, mientras él dormía profundamente.

Abril 4 de 1980

Adios Ica. Adiós para siempre Huacachina

La niebla de la mañana se colaba por el umbral de la puerta y la nueva luz inundaba los cristales. Muchas geografías y una generosidad de picos, para el Alto Perú, ¡cuántos picos! Cuantas cimas blancas. Cuesta tanto abandonarte mí adorada Huacachina y tu hermoso oasis rodeado de palmeras y huarangos. No volveré a perderme entre ustedes, amigos verdes. No volveré a correr ni a beber de tu agua. Que costo tiene ser un Latorre. – ¡que costo por Dios!— y, tu, padre, porque tenías que haber sido descendiente del Marquéz de Torre Hermosa, porqué tuviste que emparentar, con esa menuda morena, sobrina del endemoniado presidente Ramón Castilla? Aun que ella mi madre haya sido. De que te sirvió padre la opulencia, si la felicidad siempre fue una aventura. Una fantasía desgracida. Cuánta sangre acomodaste en tus manos mientras enroscabas el dinero producto del explotado caucho. Seguramente este papiro llevará mi último reclamo. Soy tan rico padre, como tan, solo, que no valen ya los reclamos, aun cuando seas solo un fantasma.”. (Héctor la Torre).
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23 de mayo de 2012

Imaginarium


—Zoro querido, te tengo muy dicho que nada de uñas de los pies.

—Es que no hay otra cosa.

—Guilles, deja de discutir con el roedor— refunfuñó el Fantasma sacando la llave que había sustraído del comedor.

—Ha empezado él.

—No seas crío, amor— el caballero del alto sombrero de copa sonrió de oreja a oreja.

—Vamos, no tenemos toda la noche— pasaron al interior de la buhardilla donde la oscuridad era casi absoluta. Bajo su sombrero de ala ancha, la mirada del Fantasma se desliza hacia un bolsillo interior del que saca un pequeño libro de tapas de cuero. Al abrirlo, cientas de curiosas luciérnagas azules y mariposas irisadas iluminan la habitación revelando sus miles de libros de donde asoman hadas y otros seres extraños para ver al peculiar trío.

—Estaba pensando, ¿no deberíamos hacer algo con esa chica del pelo largo? Ya nos ha visto varias veces.
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16 de mayo de 2012

Kira por Atxia




Louise y la  pequeña Kira, sentadas en el sofá que hay en el porche de la casa, miran el cielo. Kira no deja de moverse, nerviosa,  esperando el momento en el que comience la lluvia de estrellas anunciada para esa noche. 

-Tranquilízate, Kira, todavía hay mucha claridad para que se puedan ver las estrellas. ¿ Qué quieres que hagamos mientras? 

-Mami, ¿por qué no me cuentas una de tus historias? –dice la niña mientras se estira en el sofá y apoya la cabeza en el regazo de su madre. 

Louise sonríe mientras le retira un rizo que le cae sobre la frente. “Cada día se parece más a Liliana. Sus rasgos tan finos, el pelo  negro ensortijado, los ojos verdes...” 

-¿Te acuerdas  del libro que leímos la semana pasada? 

-¿El Principito? 

-Sí. ¿Y recuerdas que al final del libro Antoine pedía que si alguien se encontraba a Principito le escribiera una carta para decirle que había vuelto? 

-Sí. 

-Pues yo le escribí esa carta. Hace unos años, antes de que tú nacieras, tu padre y yo estábamos trabajando en África. Los días que teníamos descanso, aprovechábamos para escaparnos al desierto. Nos gustaba el silencio que había en él, el tacto de la  arena, el misterio que esconde, su constante movimiento...Un día, mientras tu padre preparaba el fuego junto al que cenábamos cada noche, me alejé del campamento para dar un paseo. Y cual fue mi sorpresa cuando, tras una duna, divisé la figura de un niño que se acercaba hacia mí. Cerré los ojos. ¡No podía ser! Pero al abrirlos de nuevo, continuaba allí, avanzando, cada vez más cerca. 

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15 de mayo de 2012

Fantasías animadas de ayer y hoy por Ritman


“Se necesita una botella que tenga llena sus tres cuartas partes con agua, tres dientes de ajo, pequeño mechón de pelo (de la persona que realiza el encantamiento) y siete agujas de coser. Con la botella cerrada y agarrada con la mano derecha se repite tres veces la siguiente oración: “Todo el mal que llega hacia mí, volverá para atrás. Seré libre de amar a quien yo quiera.”

Luego se coloca la botella de vidrio en la hornalla de la cocina y se enciende el fuego, se cierra bien la puerta de la cocina y se sale para afuera de ella un tiempo hasta que la botella explota. Sucedido esto se entra nuevamente a la cocina y se apaga el fuego y se juntan todos los elementos dispersos, se colocan en una bolsa de basura y se sacan rápidamente fuera de la casa.
Supuestamente este hechizo elimina toda influencia de otras personas que quieren dominar sus emociones y sentimientos, y garantiza que esa persona no podrá molestar nuevamente.”

-Encontré  la receta  de este contra hechizo con botella, dentro de una botella, precisamente. Cómo un mensaje.

-Message in a bottle- añadí  con la  innecesariedad que me caracteriza.
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13 de mayo de 2012

En la sala secreta por NClarín



 Hoy he subido a las buhardillas de la mansión. Lo he hecho temprano, antes de que mis colegas y el personal de la finca se despertara, quería ver amanecer en Mhanseon y quería estar solo,  sentir la magnificencia del amanecer  en soledad, ver y percibir cómo las sombras huyen de la luz y la naturaleza muestra su colorido en todo su esplendor  a medida que el amante de la aurora se levanta en el horizonte. 
  
 Desde mi atalaya contemplo en un primer plano, tamizado por la tenue luz del amanecer, un bosque de pinos en el que los abetos enseñorean su esbeltez. Hay también olmos y fresnos y otras especies que le dan al paisaje una rica variedad de tonalidades que van desde el verde intenso, casi negro, hasta el más tenue, casi amarillo. En un claro del bosque, un riachuelo  discurre mansamente  y, a su izquierda, un camino se pierde en la frondosidad del paisaje.  
  
Me embeleso contemplando la serenidad y la belleza que se desprende del espectáculo que contemplo y dejo volar mi imaginación y mi fantasía. 
   
Tengo bajo mis pies un retazo de naturaleza viva que se muestra ante mí indiferente a las sensaciones que despierta. Seguramente es capaz de sentir emociones por sí misma, pero discretamente las oculta, solo se muestra tal cual es y, desde su mudez, te habla, te sugiere, te embriaga, te transmite sentimientos y nunca te engaña, se muestra tal cual es y se deja querer.  Tiene una pasión, la exuberancia,  y una virtud, la multiplicidad de su colorido. Esta soy yo, parece decirte. Meterse en su cama será otra cosa. 

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10 de mayo de 2012

El príncipe por Nanny


Cielo gris. Grises montañas. Bosque gris. Grises campos. El castillo es gris, la ciudad es gris, el reino es gris. El mundo es gris. No hay atisbos de ningún otro color, sólo gris, en toda su variedad de tonos, desde el casi blanco hasta el casi negro, pero siempre gris, gris, gris. Omnipresente  triste gris.
El hombre, sentado en lo alto de la colina, observa, suspira y recuerda como era el mundo antes de que el gris lo llenara todo. Antes de que se llevaran al príncipe, el rey falleciera sin heredero y el mundo quedara abandonado a su suerte.

Antes -recuerda- el aire era tan diáfano que se podía ver a más de un kilómetro y, en un buen día, hasta era posible oír el zumbido de una abeja a tres kilómetros... o al menos eso decía siempre su padre. Los colores eran tan vibrantes que casi dolían, la comida era tan sabrosa que aún salivaba al recordarla. Las ciudades estallaban de ruido y color. Los campos eran fértiles. El mundo era un lugar rebosante de vida, de vida colorida y ruidosa, de vigorosa y maravillosa vida... Ahora, sin embargo, el aire era pesado y difícil de respirar, no había más color que el gris, la comida no sabía a nada, las ciudades parecían habitadas por grisáceos zombis, en los campos sólo crecían unas raquíticas plantas, la vida se arrastraba aplastada bajo la monotonía del gris.
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7 de mayo de 2012

Crónicas de Rhen-Aniam por Laura Frost




El crepúsculo en la estación de tránsito siempre era frío y silencioso en aquellas tierras inhóspitas del norte. Aunque Rhen-Aniam estaba gobernada por dos largas estaciones extremas —Rhen, cuando los días son largos y calurosos a excepción de Frozen Lands, y Aniam, cuando el azote de los vientos helados del norte devastaban todas las regiones imponiendo en el paisaje cientos de tonalidades de blanco—, con ellas convivían armoniosamente los tránsitos, unos cortos periodos de tiempo donde las temperaturas se suavizaban y en los que las distintas regiones de Rhen-Aniam se enarbolaban de vida. Los habitantes de aquellas tierras veían trascurrir sus vidas entre la impenitente circunferencia que imponían esas dos grandes estaciones extremas y sus pequeños tránsitos.

Kirlam había nacido en Rhen- Yatsu, el tránsito hacia el fuego y eso le convirtió desde su nacimiento en un ser especial, una raya en el agua que se produce una vez cada miles de años.

Hasta aquel momento nunca habían nacido niños humanos en los tránsitos, solo las hadas gozaban de ese privilegio y ellas habitan en la región de Los Lagos, muy lejos de las Montañas Circulares y jamás se mezclan con los humanos. Pero Kirlam no era solo humano y Sardack —la Reina Sapo—, lo sabía. Veintiocho ciclos atrás, la reina había lanzado sus huestes personales, la guardia más cruenta que se pueda imaginar liderada por el impasible Zolden, y tras arrasar con todo el clan había secuestrado al bebé de pecho que aún era Kirlam para educarlo bajo su tutela y su mando en las artes de la magia negra, inculcándole cada día, con laboriosa tenacidad, los principios que sostenían su imperio de terror. Ahora su nombre era Kirlam Temed.
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5 de mayo de 2012

Fantasía por Vichoff


La casa de mis padres no tenía buhardilla, tenía desván. Al menos así llamábamos mi hermano y yo a aquel espacio inmenso lleno de sombras al que se accedía desde una estrecha escalera que arrancaba del primer piso y al que nos escapábamos a jugar en cuanto teníamos ocasión. Había baúles con ropajes antiguos, un montón de trastos viejos, estanterías con libros enmohecidos por la humedad, muebles desvencijados y un enorme armario de sacristía en el que colgaban varias casullas. Nuestros favoritos eran, sin duda, los baúles, en los que encontrábamos ropas suficientes para disfrazarnos casi de cualquier cosa. El preferido de Jorge era un sombrero de ala ancha con el que se convertía, ayudado por su espada de madera, en un mosquetero dispuesto a rescatar a la princesa del barco donde los piratas la mantenían prisionera. Cuando le ganaba aquel afán aventurero, que era casi siempre, me obligaba a ponerme un viejo vestido de aya, me escondía en un rincón, detrás de un antiguo espejo de pie, y me ordenaba permanecer quieta y en silencio hasta que él, después de recorrer el desván varias veces, de acá para allá, blandiendo su espada contra fieros piratas imaginarios, esquivando ataques y votando a bríos constantemente, llegaba a salvarme.

Yo protestaba porque aquel papel pasivo me aburría sobremanera. Yo quería ponerme un sombrero, ceñirme una espada y pelear contra los piratas, pero Jorge no transigía.

—Si tú también eres mosquetero, entonces… ¿a quién rescatamos?

Entonces le propuse invertir los papeles: él se quedaría detrás del espejo, esperándome, mientras yo me deshacía de mis adversarios.

—Eso no puede ser —dijo con absoluta convicción.

—¿Por qué?

—Porque tú eres chica y yo soy chico.

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3 de mayo de 2012

Alkimia por Carmen CGOP



Akane se quedó sin habla al entrar en el comedor donde se habían reunido todos los invitados del Conde. Liam y Victoria ya le eran conocidos pero ahora se unían a la escena otros actores que no tenían desperdicio en absoluto.

Héctor, venido de una familia criolla, que andaba paseándose entre las viandas del cuarto mientras Louise, mujer de mirada cargada de tristeza, charlaba con Benjamín Cooper, hombre de color atado a una silla de ruedas, que frente a la chimenea parecía su perfecto opuesto. Todos ellos escritores y desde luego, jamás se ha visto reparto más curioso.


— ¿Le interesan mis invitados, señorita?— se acercó el Conde con una sonrisa de gato.

—Mucho. No sabía que le gustase tanto la literatura, milord, como para juntar a tantos artistas en un solo lugar.

—Es algo de familia, Srta. Fuchida.

—… —nada contestó cuando sus ojos recayeron en un peculiar retrato—. ¿Quién es el misterioso enmascarado?

—Siento no poder contestarla, pero creo que ya se han cruzado por estos pasillos y seguro que ahora mismo nos vigila gran atención— y sin esperar replica, siguió atendiendo a sus invitados, dejando a Akane con la duda de si el hombre de la máscara nassone era el mismo de la capa.


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1 de mayo de 2012

Amiga de los sueños por Emilio Porta


Ilustración de Jhon William Godwar
No, no tenía amigos. Al menos amigos reales, de carne y hueso. Amigos que pudieran tocarla o dejar sobre su piel una simple caricia. Algo tangible, como es la amistad o el amor para la mayoría de los mortales. Ella lo derivaba todo a sus silencios. Los convertía en nube o en modo de ser. Levantaba la mirada más allá de su sonrisa, oculta, escondida, pero diáfana en los días de lluvia, cuando todo era techo para sus sueños.

Victoria no bajaba casi nunca al comedor. En realidad le daba igual comer o no. Delgada, cada día estaba más delgada, decían,  pero ella sabía que su cuerpo era bello, hermoso, más allá de las líneas que los demás trazaban, más allá de todas las líneas. Victoria, sabía, además, que su cuerpo era también su alma y que encerraba todos sus sueños, los sueños que amaba porque de ellos nacían todos sus relatos. Conservaba la carta que ellos, una noche, escribieron. Las palabras de Hans Christian Andersen, el joven danés que nunca pudo vivir más allá de su fantasía y la disfrazó de realidad.
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29 de abril de 2012

Plan de recate por Luna



El graznido de los polluelos, anidados entre la hierba que empezaba a desentumecerse con la primavera. Un sol retando las corrientes aún frías de los últimos pasos del invierno, fueron, éste sábado el más bello despertar para continuar con la tarea de la semana. Más no, podía faltar a la cita con Benjamín Cooper y Akane. Procedí entonces a cercenar esa mañana mi encuentro con Antón Chéjov. Llevé el pequeño al  bolsillero y me dispuse a caminar, tal vez dos kilómetros hacia la colina. Avancé, en ligero trotecillo, hasta encontrar ese apacible refugio entre todo lo apacible de la mansión. El sitio  que me había señalado Akane, era el predilecto de Benjamín, según ella. Hasta allí rueda a diario, bien con un libro, una libreta en donde escribe su diario y cuenta sus propias historias y las de otros. El saxofón o la trompeta nunca faltan.  —Es el espacio, para encontrarse a sí mismo, contemplando los primeros asomos de patos y de cisnes en una marcha tranquila y perfectamente anular, mientras  recrea sus imágenes, que luego repica sobre las hojas blancas de la libreta—. Asevera ella.

Unos minutos antes estuve allí, previos a la hora diez, aproveché seguramente la silla preferida de Benjamín.  Es una banca de apariencia improvisada, situada en el margen izquierdo sobre la vereda sencilla que surge de las huellas de los caminantes. Por ella solo se conducen los solitarios en busca del imperturbable  lago que exhibe desde lejos la hierba joven y tupida que lo incluye y en su estanque, el asomo  infantil de los primeros nenúfares blancos y violetas. 
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27 de abril de 2012

El alma de la música por Luisa Grajalva




A Rafael Bonaval, que habla y escribe desde el alma de la música.

Benjamín pensaba en el contraste entre la suavidad del azul de las hortensias y el azul acero de los ojos de Louise, pero tuvo que interrumpir sus pensamientos cuando advirtió que estos últimos estaban clavados en los suyos.

-¿Piensas estar mirándome toda la tarde?

-Si te molesta, me voy inmediatamente. Pero me gusta ver la vida que das a esas hortensias. Y preguntarme si ellas son capaces de devolverte algo de esa vida.

-Es todo lo contrario. En el lugar donde nací se decía que quien cuida hortensias muere.

Recién pronunciada la frase, Louise pensó que había hablado de más. Ni siquiera sabía por qué había recordado de pronto esa estúpida superstición. Se apresuró a tratar de quitarle importancia.

-Pero ya imaginarás que es una estupidez en la que no creo.

La siguiente pregunta de Benjamin la tomó por sorpresa.

-¿Quieres morir, Louise?

Podría haber respondido con cajas destempladas, decirle que se metiera en sus asuntos y la dejara en paz, pero parecía que sus pensamientos esa tarde querían tomarse la libertad de expresarse en voz alta, incluso a pesar suyo. 

-No-dijo.   

-Entonces, ¿quieres vivir?

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17 de abril de 2012

Fantasía por Mara Nefill



Mhanseon 30/11 /1880

Hoy recibo a mi primer invitado. Una mujer. Se llama Victoria Robles. Mi padre me puso un cable desde España, a donde había ido a cerrar unos negocios, avisándome de que había encontrado a quien sería mi primera invitada.
“Mi querida reina Morrigan, mi amada hija. Los negocios van bien. Pronto volveré a casa, solo espero resolver unos asuntos con mi agente español para coger el barco y regresar a tu lado. Pero antes que yo llegue tendrás una visita, tu primera invitada va de camino. Te encantará, estoy seguro. La conocí en un hotel aquí, en Sevilla. No te cuento más. ¿Recuerdas nuestro juego? Ella tiene el don. Y el secreto. Tu padre que te adora.”
El segundo nombre
tiene su secreto
se escribe en tinta negra
sobre el blanco tierno.


Mhanseon  30/11/1955

El ruido de la máquina de escribir de Walls se superponía a la trompeta con la que Cooper, en el jardín, atraía a los cuervos y espantaba los gorriones. Hacía cuatro días que la música había vuelto a su vientre, gestando canciones nuevas que le recorrían todo el cuerpo.
Héctor le sorprendió con los ojos cerrados y los dedos veloces sobre los pistones.
—Nunca tocaste esta canción ¿de quién es?—le pregunto. Parecía recién salido de la cama, con el pelo revuelto y aún sin afeitar. Tenía los dedos manchados de tinta negra.
A Cooper le sorprendió verlo así a las doce de la mañana. Otro día ya habría preparado algo para almorzar. —¡Vaya! —le dijo—y tú ¿de dónde sales? Parece que te hayas acostado vestido.
—¿Acostado? Oh, no. He tenido una noche llena de sueños… inspiradores, creo. Tuve que levantarme y ponerme a escribir. Pero tú… ¿esa melodía? Me encanta, es…  tristemente… ¿sensual?
—Sí —le contesto sonriendo. Su rostro se iluminaba cuando reía—. Hace tiempo que no componía. Aún no la terminé, claro. Tengo la melodía pero sólo los primeros versos: Mujer de rostro vacío/ impenetrable muro de hierro/ forjado de engaño y ginebra — recitó con una voz grave.
—Vaya, Benjamin, es buena, muy buena diría yo. No me habías dicho que eras tan buen compositor.
—Bueno, es una triste historia, amigo. Ya le cantaré a usted cuando termine—le contestó en castellano. Cooper aprendía rápido los idiomas y a Héctor le encantaba enseñarle.
—Muy bien. Aprendes rápido amigo—Héctor le palmeó la espalda—. Voy a asearme antes del almuerzo. Por cierto, que hoy dejé a la pobre señora Albrich sola con toda la cocina.

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16 de abril de 2012

El comedor por Mara Nefill


Mhanseon- 25/07/1878

Para celebrar el verano mi padre organizó una fiesta. Invitó a todos sus amigos a un gran baile. Adorné la casa con guirnaldas de flores y puse alfombras verdes sobre el suelo de cerezo, parecía que el jardín había entrado en la casa a resguardarse de la lluvia de verano.
Yo esperaba a los invitados en la puerta, del brazo de mi padre, procurando que no se manchara el vestido blanco que me había regalado –nunca había tenido uno igual-, parecía la nieve misma hecha seda. El vestido fue lo primero que vio cuando llegó; su padre nos presento.
—Henry Walls, encantado—me dijo antes de besarme la mano—.Permítame, señorita Morrigan, presentarle a mi hijo Henry Liam III.
Mi padre me contó su amistad de años, inquebrantable. Esperaban que esa unión continuara en sus hijos.
Liam me miró fijamente  y dijo: —Esa libreta roja, la de baile, supongo, parece sangre sobre su vestido. ¿Puedo anotar mi nombre?
  Bailé con él una pieza que un viejo conocido de mi padre, Antonin Dvorak, había compuesto para mí: romance para piano y violín. Aunque esa pieza jamás fue compuesta para ser bailada.
El suyo fue el primer nombre escrito en mi libreta roja. Él se llevó el mío escondido en las rayas de su mano.

Mhanseon 25/11/1955

Me gusta verlos llegar. Se aproximan con cautela a la puerta, pensando si llamar o darse la vuelta. Todos arrugan en su mano la carta que los invita. Todos han aceptado, su esperanza los trae a mí.
Liam Walls VI  llegó con su Ferrari berlinetta plata —a juego con el día—, levantando huracanes. Casi se lleva por delante el magnolio mimado de Louise. 
Tuve que esperar a que su nombre volviera a casa, pero esperar es parte del juego, del plan.
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14 de abril de 2012

La génesis de Aysel Daima por Aspid


Yo, Jean-Louis de Champlain et Lapointe, custodio de la abadía de Sant François Pénitent, en la Bienaventurada Ciudad de Toulouse.  Consultor del sagrado Oficio, vi, examiné y dictaminé sentencia en el Auto celebrado por los señores inquisidores en dicha ciudad en el día 9 del mes de noviembre del Año santo de 1651. 
Cualquier bruja que voluntariamente confiese y muestre señales de arrepentimiento será reconciliada sin tormento,  evitando así la muerte en la hoguera, o la prisión perpetúa, no se confiscarán sus bienes, recibiendo entonces penas salutarias para su alma. Es necesario que venga a noticia de todos los fieles para desengaño de los engaños de Satanás.
Dadle muerte a la hechicera que no redime en palabra de arrepentimiento todas aquellas acusaciones por las cuales se la juzga.

Maiia Varsken, venida hasta Francia desde las altas tierras del este de Sakartvel:

Se la acusa de provocar tormentas, destruir cosechas y arrasar los campos,  de heladas e intemperies. 
De ser causante de muertes mágicas. 
De herejía y maleficio.
De practicar vuelos nocturnos y aquelarres. 
De mantener relaciones carnales con el diablo.
De tener en su poder ungüentos, amuletos, libros de conjuros. 
De practicar hechizos.

Por todos estos motivos y probados los hechos por fehacientes testigos que juran ante Dios, se la condena en el día de hoy sin derecho a acogerse al decreto de gracia.

Dadle muerte a la hechicera.
Que las llamas de la hoguera sanen su alma.
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8 de abril de 2012

Recuerdos y futuro por Laura Frost


Le vi nada más atravesar las puertas de la librería. Estaba al fondo, de espaldas y parecía entretenerse con la lectura de la contraportada de un vinilo. Soy incapaz de descifrar como fue posible que, entre todas las personas y niños que aquella tarde se encontraban en Mushroom Pillow, mi foco de atención se dirigiera hacia él de un modo tan instintivo. Quizá fuera por el elegante abrigo negro de solapas anchas que portaba, tan parecido al que le acompañaba en aquellos años de instituto, o por el dorado de los mechones de pelo, pero lo cierto es que comprendí que la brújula averiada en la que se había convertido mi corazón había descifrado un norte magnético, poderoso y primario, en cuanto detectó la atracción de Rodrigo de la Vega Raatgerink. No le había vuelto a ver desde entonces, cuando su universo perfecto de niño mimado y rico se desvaneció como un hechizo barato al descubrirse la trama de corrupción en la que estaba envuelta su familia. Lo único que supe con los años es que su madre —una holandesa que dejó su trabajo como interprete en la ONU para casarse con un diplomático español—, había fallecido de un cáncer. Rodrigo desapareció de la faz de la tierra y pasados los meses, que parecen años cuando sólo tienes dieciocho años, todos parecieron olvidarse de él. A mi me costó un poco más, y siempre tuve la sensación que nunca me abandonó por completo. Los años de insultos y vejaciones a las que me sometió habían dejado sobre mi piel una marca de agua fangosa que, de vez en cuando, rezumaba un hedor insoportable.

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7 de abril de 2012

Hilos en la niebla III por Carmen Fabre



-¡¡Será si yo lo permito!!

Después de decir esas palabras Louise se marchó del salón sin  permitir, si quiera, una contestación por parte de Benjamin o mía. Su modo de actuar se iba convirtiendo en  una costumbre que no lograba asimilar ni entender.

-Ya hablaré yo con ella-dijo Benjamin-  déjelo de mi cuenta, Carmen.

-¿Pero qué le he hecho yo ¿ ¿Por qué me odia de esa manera? A otros de mis compañeros, sé que les trata de modo diferente, les he oído contar sus encuentros con ella… no lo acabo de comprender. Más que preguntas a Benjamin eran reflexiones que yo me hacía, sin esperar contestación.

-Ya le he dicho que no se preocupe, es todo más complejo de lo que parece, Carmen.

Benjamin, movió su silla de ruedas hacia una escribanía que había al fondo del salón. Tenía en su mano una llave  dorada, pequeña y con unas filigranas extrañas, diferentes y muy peculiares. Abrió uno de los cajoncitos y extrajo un sobre amarillento, pero no viejo. Si los objetos inanimados pudiera tener edad vital, yo diría que era joven a pesar de no  parecerlo .En la solapa tenía un sello de lacre rojo, era un círculo con una M en el centro.
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5 de abril de 2012

La Carta por Rafael Bonaval



“Querido amigo:
Nucky ha regresado contando maravillas de aquel sitio en el que has escapado de nosotros. Y mira que no le gusta nada tocar los valses de Brahms, pero se apresuró a explicarnos que allí fue todo distinto ¡hasta Brahms suena bien en tu librería! Tenías que haber visto sus ojos cuando trataba de atinar con las palabras justas para que no perdiéramos detalle. Brillaban de puro contento.  
Y Rosa, ¡ay Rosa! Nos tronchábamos cuando contó cómo se puso de rodillas delante tuyo pidiendo por piedad que la dejases trabajar allí o te atendrías a las consecuencias, y viendo que seguías diciendo que no, hizo un pino puente correctísimo que casi le parte el espinazo, y sirvió para que acabara en el hospital. Menos mal que todo fue una fuerte contractura. 
Sí, llegan noticias tuyas muy divertidas aunque traigan lisiados en el camino. También hemos seguido las revistas literarias ¿Cómo te dio por poner ese nombre? ¿Cómo es? ¿Mushroom pillow? 
Algún día tendrás que decirme por qué se te ocurrió.
Es divertido, sí, agradable, pero estás tan lejos. 
Sabes que ninguno de tus amigos trató de convencerte para que te quedases después de todo lo que ocurrió. Comprendimos que era necesario un cambio de aires. Y tratamos de cuidarte desde lejos, como hiciste tú con todos nosotros alguna vez. Ahora, después de casi un año, te llamamos lo justo, tratamos de ser poco impertinentes, y nos preocupa sobre todo que jamás pierdas de vista nuestra confianza en ti. Cada vez que te pones en contacto con alguno de nosotros hay charla a la hora de las cañas (no hemos perdido esa sana costumbre), fantaseamos con que organizamos una salida hasta allí y nos presentamos por sorpresa pidiendo a voces las obras completas de Marcial Lafuente Estefanía, o en su defecto, todos los tomos disponibles de Mortadelo y Filemón. Nos reímos imaginando tu cara. Pero tranquilo no lo haremos. Fantasear es un refugio saludable, sólo eso. ¿Te das cuenta que todo lo ficticio es saludable?
Llevo hablando en plural toda la carta. Supongo que lo hago para ocultarme entre quienes te quieren tanto como yo. Pero es hora de que salga sola a escena.
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4 de abril de 2012

El cuaderno de Victoria por Nucky



Desde la noche del 13 de febrero nada había sido como antes. El comportamiento de Vichoff se había alterado, en ocasiones parecía esforzarse para aparentar esa normalidad a la que me tenía acostumbrada. Le pregunté algunas veces por aquella noche y siempre repetía lo mismo “No hay nada más, niña, te lo he contado todo” y buscaba enseguida otro tema sobre el cual dialogar. Pero no podía engañarme, habíamos pasado el suficiente tiempo juntas para saber que algo me ocultaba. “Qué es lo que viste, Vi”, ¿por qué no me lo cuentas?”. “¿De qué tienes miedo?”. Todos esos pensamientos me rondaban por la cabeza.

Lejos de seguir presionándola, decidí investigar por mi cuenta sabiendo que aquello me costaría unas cuantas explicaciones y yo no era demasiado buena dándolas.

- Niña, ¿quedamos luego para dar un paseo?
- No voy a poder, quiero terminar un relato que tengo empezado.

Creo que ella se daba cuenta de mis mentiras porque no es algo que se me de bien y  mis respuestas podían llegar a rozar el absurdo.

-  Entonces te veo luego, ¿no?
-  Ummm, bueno, no sé, no me encuentro bien.
- ¡Pero si esta mañana te he visto corriendo por el jardín!  En fin, estaré en mi cuarto, si te apetece pasa a buscarme.

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3 de abril de 2012

Una habitación en el Aleph por Atxia



Siempre he pensado que los roces del cariño son tan fuertes como los impuestos por la sangre, y que se puede encontrar un vinculo similar al que se produce en una familia junto a unos desconocidos. 
A pesar del poco tempo que llevo en Mhanseon, no hace ni tres meses de mi llegada, siento que la incipiente amistad que está surgiendo entre los residentes de la casa tiene visos de convertirse en un sentimiento largo y duradero. Son tantos los puntos en común, es tanta la empatía y la confluencia de pensamiento... Incluso he comenzado a pensar que el destino, con sus aparentes casualidades,  se ha aliado para conseguirlo. Sirva como ejemplo lo ocurrido hoy tras la cena. 

Nos habíamos reunido en la sala de música para escuchar las piezas con las que Nucky acostumbra a deleitarnos. Carmen y yo, en un extremo de la sala,  comenzamos a hablar sobre Literatura. Ella, culta y gran conversadora, me habló de  sus libros favoritos y destacó  “El Aleph y otros cuentos” de Borges. 
“Se repiten continuamente elementos: laberintos, fantasmas, inmortalidad, muerte, miedo a la muerte, vidas circulares, Dios, dioses, magia, venganza, matemáticas, razas, monedas, religiones, el amor, la cosificación de las personas. Es una vorágine de estructuras gramaticales que inquieta y descoloca constantemente, que te hace volver a lo leído y reestructurarlo en tu cerebro”, comentó Carmen. Curiosamente, todos esos elementos que ella había enumerado fueron los que, influida, además, por el misterio que se respira en la casa,  me impulsaron a comprar ese libro, en Mushroom Pillow, la asombrosa librería regentada por  Rafael.
Puede que esté atribuyendo al destino un protagonismo excesivo y que, quizás, todo sea solo sea un juego de mi subconsciente que busca señales para no perder la capacidad de sorpresa ante la vida. No lo sé. Lo que tengo claro es que parafraseando a Port, he estado tan lejos de mis pasos que no he podido acercarme a ningún sitio. Ahora siento, sin embargo, que he encontrado un lugar al que pertenezco. Lo que el destino ha unido, que no lo separe el hombre.
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2 de abril de 2012

Amigos por Ritman



-¿Puede una personar hace su vida normal y, sin embargo, seguir  de algún modo hipnotizada?-pregunto así, de primeras, a Benjamin Cooper, que interrumpe su toque de trompeta.
-perdona…estaba con Gillespie.
-un honor que dejes a Guillespie por mí
-no te emociones, Liam. Cuando uno lleva a alguien tan dentro como yo a Dizzy nunca lo deja…simplemente suspende el contacto. Pero ten por fijo que se lo llevará con él hasta la eternidad. Lo que no ocurrirá contigo…¿decías?
Me mira con una arrogancia impropia de su silla de ruedas. Entendedme, mansheónicos todos, la mirada de un inválido en silla de ruedas viene desde abajo, como las cosas humildes. Pero Benjamin Cooper es mucho Cooper y mucho Benjamín. Tiene genes de príncipe africano.
Reculo un poco y me hago yo el humilde.
-Pues te decía, mi amigo…
-¿Amigo dices?
-Así te creo. ¿no somos amigos?
-Mmm… digamos que estoy en ello. Tendrás que esperar a que te elija. Porque , evidentemente, tú ya me has elegido. ¿Sabes? La amistad es la única relación en donde se elige. La familia es otra cosa…
-por supuesto. La familia se te da. Pero…¿y el amor?
-llevo algunos días sin verlo---se ríe y se encorva aun más, como un escarabajo negro, al que , por cierto tengo mucho cariño. Pero estamos discutiendo y eso es lo primero.
-No te hagas el gracioso.
-¡Soy gracioso, no me lo hago!
-Anda ya…Contesta. ¿El Amor no se elige?
-Nunca. Es el Amor quien te elige. Nunca es premeditado, y lo sabes…¿A quien amas tú, por ejemplo?
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27 de marzo de 2012

Nada habrá después de ti por Alina


«Se perdió, como el agua en el agua.»

«El tiempo no rehace lo que perdemos»

«―¿Lo creerás, Ariadna? ―dijo Teseo―. El minotauro apenas se defendió.»

«Juzgar a una persona no define quien ella es. Define quien eres tú.»

«Temí que no me abandonara jamás la impresión de volver»


Louise era de él, pero él no era de nadie. Decían de ella que era una criatura que no sentía, que estaba loca porque solo se relacionaba con sus plantas. Ella odiaba las etiquetas, le molestaban hasta en la ropa. Estaba envuelta en una melancolía muy densa, nadie quería acercarse pero, en la mansión, todos opinaban, todos parecían conocerla. Yo miré en sus ojos y comprendí por qué ya nunca se deshizo de la tristeza, comprendí que había vivido todo lo que había visto. Hay seres a los que hasta la luz del sol ―cualquier roce con la vida― parece dañarles irreparablemente y se protegen inútilmente con capas y capas de ropa, de cremas, miles de cautelas que no sirven de mucho porque la sensibilidad es un arma doble filo.

No sé si era tan mayor como parecía. Sé ―por pequeñas conversaciones que mantuvimos― que no le gustaban las confidencias; que se sentía más segura entre los hombres que entre las mujeres; que no tenía amigas; que aquel militar ruso se llevó el sabor y el color de sus días. Él murió, entonces vinieron los días absurdos que dieron paso a días vacíos. Un silencio denso y asfixiante, lleno de matices y de aristas cortantes, lo ocupó todo.  Se apoderó de ella un desasosiego impreciso y recurrente, un no saber qué.  A menudo recordaba  a su abuela, en la sillita de mimbre, hilando lana, moviendo sus manos, serena y abstraída, transformando esa masa informe en un fino cordel y se decía «Hila, Louise, hila tu pensamiento, ponle vértices y obtén algo útil de él. Que no te atrape en su caos. Haz un cordón para atarte el pelo o para sujetar un ramo de colores». La anuló ese desasosiego, ese desagüe abierto en alguna parte. Después de perderle Louise se abandonó ―no como se abandonaba cuando él le hacía el amor y se olvidaba hasta de su nombre― se abandonó rindiéndose. Se dejó llevar por la deriva hueca y ordenada de la rutina. Se levantaba y seguía un guión de actos mecánicos. Fue ahí, en la resignación, dónde comenzó su derrota cotidiana. Los paisajes que habitaba se volvieron planos, como telas de decorado. Su vida perdió las dimensiones que la definían. El gris del asfalto fue tiñéndolo todo, alcanzó los bordillos, empezó a subir por los postes de los semáforos, por las lunas de los escaparates, por el calzado de los transeúntes y llegó a las antenas de las azoteas. Al principio Louise no fue consciente de ello. Un día, de pronto, se dio cuenta. Estaba en medio de un paso de peatones, había un puesto de flores en la acera y… ¡todas eran grises!  Cogió un trozo del pan que llevaba en la bolsa, se lo metió en la boca y ¡no sabía a pan! No podía tragarlo. ¡No sabía a nada! Lo escupió. Un tipo gesticulaba desde el interior de una furgoneta de reparto. Louise no entendía lo que quería decirle, de su boca no salían sonidos. Golpeaba el volante pero el claxon no emitía ningún ruido. El disco del semáforo estaba gris. Se acercó más a las flores. Las violetas no olían a nada. Comenzó a andar apresuradamente. Pisaba montones de hojas caídas, se hacían migas bajo las suelas de sus zapatos pero no crujían al romperse.
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