Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

11 de febrero de 2012

Bailando con Gastby por Laura Frost


Si te despiertas por la mañana con el cálido aroma del mejor café de Colombia envolviéndolo todo, comprendes de inmediato que Héctor ya está en la cocina. Aunque tampoco aquello era una novedad para Liam, pues Héctor siempre arrojaba los primeros sonidos en la mansión justo cuando despuntaba el alba.

Llovía como casi todas las mañanas de aquel abril de un año cualquiera, y Liam, desistiendo de controlar la mata rebelde de pelo que le estorbaba la vista, bajó las escaleras listo para hacer una de las cosas que más le satisfacían, conducir. 

Abril, el mes en el que florece el Loto Sagrado. Se acercó cauteloso y se permitió — solo por un instante—, aspirar el aroma de una de aquellas exquisiteces asiáticas que prendía en un jarrón de cristal, justo antes de entrar en la cocina. Muchos otros alegraban los sentidos a lo largo de la mansión, fruto de la entrega apasionada de Louise.

— Buenos días, Héctor — saludó al circunspecto poeta.
— ¡Qué sorpresa, Liam! —Héctor le devolvió una sonrisa sincera —. ¿Café?
— Será un placer.

Hasta ahí llegó todo lo que tenían que decirse, después el tiempo transcurrió en silencio. Una conversación bordada con las palabras francas que emiten las miradas, un pacto entre caballeros. Mientras Héctor se dejaba llevar por el crepitar de las gotas de agua sobre el cristal de la ventana, Liam posó la mirada en el calendario que colgaba en la pared.

— ¿Por qué está señalado el día de hoy en el calendario? — preguntó arrugando las cejas.


— Es curioso, ¿verdad? Yo también me hice esa misma pregunta, pero Marion me sacó de dudas —Héctor se sirvió una segunda taza de café amargo —. Al parecer es el cumpleaños de Akane.
— Entiendo —se levantó y comenzó a colarse los guantes de piel —. Delicioso el café, Héctor. Nos vemos.
— ¿Te vas?
— Estaré fuera todo el día – contestó sin otorgar la más mínima inflexión a su voz.
— Pues yo pretendía dar un largo paseo, pero a la vista del clima, acabo de quedarme sin plan.
— Haz un pastel.
— ¿Un pastel? – preguntó Héctor extrañado.
— Es el cumpleaños de Akane, ¿no? Pues hazle una tarta, es lo propio en estos casos —y sin esperar ningún tipo de réplica abandonó la cocina despidiéndose de Héctor con la elegancia de un Lord.


Algo más tarde, la cabellera de Victoria, convertida en una maraña de rizos dislocados, salió de detrás del sofá justo cuando Héctor entraba en el salón con las manos en los bolsillos y el pensamiento entre harinas y recetas. Se esforzaba por que hiciera eco en su memoria aquella receta ancestral que su bisabuela se llevó al nuevo mundo desde su Italia natal. Era evidente que no lo conseguía.

— ¿Qué haces, mujer? —a sus ojos, Victoria siempre contaba con la presencia de un ángel, incluso en una circunstancia tan ridícula como aquella.
— Busco al gato, se ha llevado uno de mis pañuelos preferidos.
— Eso te pasa por tener un gato, son así de irreverentes —bromeó el peruano.
— No me lo recuerdes —se quejó ella entre bufidos.
— ¿Tú sabías que hoy es el cumpleaños de Akane? —le preguntó mientras retiraba el sillón orejero confiando en que, entre él y la chimenea, se encontrara el dichoso animal.
— ¡¿No me digas?!
— Está señalado en el calendario de la cocina —no encontraba al gato, por supuesto.
—¡Hagamos una fiesta! —chilló ella entusiasta. Victoria era imprevisible, y además una gran amante de todo tipo de festejos.
—Yo estaba pensando en hacer una tarta.
—Perfecto, y además haremos una fiesta — y comenzó a acariciarse la barbilla en un aire pensativo dejando caer el peso del cuerpo sobre la cadera —. ¡Una fiesta Gastby!
— ¿Una fiesta Gastby? —Héctor estaba tremendamente desconcertado.
— Sí, sí, la ambientaremos con la música y los vestidos de los años veinte. Mhanseon se trasladará a esa época.
— ¿Y qué te hace pensar que a ella le gustará eso? — le preguntó escéptico aunque ya bastante interesado en la propuesta de la pelirroja.
— Porque soy una mujer muy intuitiva — sentenció Victoria.
— ¿Y quién se lo va a decir a Louise? —Héctor destrozó la atmósfera de júbilo en la que estaban envueltos con aquella pregunta. 

Todos en aquella mansión temían las reacciones ácidas y desproporcionadas de la enfermera, pero de algún modo, ella formaba parte de aquella familia elegida, porque así lo había decidido el destino y porque las verdades como puños que ella escupía, les permitían no desvanecerse entre sus propios anhelos. 

— Tú, claro — intentó escabullirse Victoria.
— Yo no puedo, tengo que hacer una tarta.
— Yo tampoco, tengo que encontrar a un gato — y ambos se rieron de su propia cobardía, y por qué no, de su ingenio.

Las agujas del reloj alcanzaban las doce cuando Benjamin Cooper limpiaba con esmero la trompeta que, sin encontrar una explicación razonable hasta el momento, Liam le había regalado. Se trataba nada más y nada menos que de una B&S de la serie Challenger, cuyo precio podría rozar lo estratosférico, una preciosidad. En el tocadiscos, las melodías de Duke Ellington se escapaban entre las estrías del vinilo para dar la bienvenida a Victoria que traspasaba las puertas de la sala de música como si de una Hayworth se tratara.

— Qué bien que estés limpiando la trompeta — se sentó frente a él cruzando las piernas —, porque esta noche vas a tocar.
— ¿Esta noche? ¿Por qué? —preguntó sin mirarla mientras limpiaba el instrumento.
— Es el cumpleaños de Akane.
— Lo sé, no se me olvidaría esta fecha por nada del mundo, Victoria — enfrentó la mirada con suspicacia—, pero… ¿por qué he de tocar?
— Porque vamos a hacer una fiesta y porque ella te adora, ¿qué más motivos quieres?
— Esos me bastan —Benjamin la taladró con sus ojos cansados —, aunque sospecho que tú vienes a por algo más.

Victoria no era una mujer transparente, quizás todo lo contrario. Sus indecisiones y su incapacidad para aportar un final a cualquier dimensión de su existencia la convertían en un ser casi etéreo, difícil de atrapar y mucho más complicado de intuir. Sin embargo, Benjamin poseía esa capacidad innata para leer entre las líneas de un parpadeo, y ver más allá de unas ojeras que, sin maquillaje, delataban la sombra de un insomnio interminable.

— ¿Se lo dirás tú a Louise? 
—Ya sabía yo que el día estaba siendo demasiado perfecto — se quejó el cansado viajero errante.
—Muchas gracias, Ben — y se dispuso a marcharse.

Justo cuando iba a cerrar la puerta Benjamin se giró sobre la silla de ruedas, y cruzando los brazos sobre el pecho le preguntó:

— Dime una cosa, Victoria. ¿Tú te peinas? Porque eso que luces por cabellera parece un arbusto mal podado.
— Muy gracioso, Benjamin Cooper —Victoria salió disparada hacia las escaleras, había visto a Kant.

La oscuridad se había cernido sobre el bosque que rodeaba la mansión y Louise maldecía para sí misma porque a ella no le gustaban las fiestas, es más no le gustaba estar rodeada de gente. Las manifestaciones de alegría de los otros le resultaban molestas, injustas ante el sufrimiento de su pérdida. ¿Qué le importaba a ella si la niñita mimada de la mansión cumplía años? Como si eso fuera una novedad. Todo el mundo cumple años y el mundo no se detiene por eso. Porque a Louisse Stevensson no le gustaba celebrar que la vida transcurría, no, claro que no. Lo que ella soportaba a diario no podía llamársele vida. ¿Y qué hacía con ese ridículo vestido de charlestón? ¿Y esa pluma? Si Ben la hubiera dejado tranquila no se vería ahora en esa situación. No soportaba a ese hombre, y sin embargo, todos los días se reprochaba la debilidad que él encontraba en ese submundo que ella había creado entre sus flores, para convencerla y hacerla creer que aún le quedaba una posibilidad de ser feliz. Rehusó mirarse una vez más en el espejo y salió de la habitación. Al menos, en el salón la esperaban un puñado de invitados a los que poder insultar si se terciaba la ocasión. 

Cuando de madrugada, Liam flanqueó las puertas de Mhanseon, tan solo quedaba el residuo oloroso a tabaco y alcohol que había dejado la fiesta. Marion y Arthur, responsables hasta la saciedad, se habían esmerado de tal modo que Liam no pudo ver el celofán de los regalos, ni los restos de canapé, ni las manchas de pastel que el gato de Victoria había dejado sobre el tapizado del sillón. Tampoco disfrutó de la exquisita puesta en escena de aquella fiesta Gastby, ni de la soberbia actuación de Benjamin, menos aún participó de los bailes y las risas. Se perdió los ojos llorosos de Akane cuando abrió el paquete que descansaba sobre su cama con un precioso vestido negro en su interior y a una Louise que no hirió a nadie con sus afilados comentarios. Liam Walls se había comportado como se esperaba de él, y no había estado presente.

Pasó por la cocina, casi a ciegas calentó una buena taza de chocolate y subió. Sobre el lecho, Akane dormía profundamente, desnuda, como todos los días. Le retiró un mechón de pelo y la besó en la frente, para después recostarse a su lado. En ese momento, y mientras saboreaba un cigarrillo, repasó con satisfacción los pasos de su reciente éxito.

Fue sencillo hacer creer a Victoria que el libro de “El Gran Gatsby”, uno de los más preciados de Akane, había sido destrozado por su gato. Y así, como quien deja caer una anécdota sin importancia, aprovechó la ocasión para hacerle saber que los años veinte fascinaban a la chica. Comprar una trompeta exquisita para Benjamin fue uno de los momentos que más satisfacción le produjo, aunque no tanto como aquel instante fugaz en que se la regaló, así sin más. Y Marion, ¡qué buenaza era esa mujer!, se mostró dispuesta a ser su cómplice silenciosa al marcar en rojo la fecha en el calendario, y por supuesto, comprometiéndose a sembrar la curiosidad en Héctor. (Anotó en su memoria: “Comprar un regalo a Marion”). Manipular al generoso Héctor fue sencillo, y más conociendo la debilidad que sentía por agradar a Victoria, seguiría cualquier iniciativa que partiera de ella. Aunque era consciente de que la parte más débil de su elaborado diseño dependía, precisamente, de que Victoria, involucrara a los demás en la organización de la fiesta,  pero confió, y, visto el resultado, había funcionado. Arthur, como sólo de un buen mayordomo puede esperarse, había cumplido, dejando el regalo a escondidas en la habitación de Akane. (Otra nota mental: “Prestar el coche a Arthur”).

Sí, su plan se había desarrollado a la perfección y en la oscuridad de la noche Liam sonrió. Y no, no sintió pena ni tristeza por no haberlo degustado, ni remordimientos por no haber encontrado el modo de escapar a su coraza. No, ningún sentimiento oscuro perturbaba su espíritu. Porque aquel dieciocho de abril de un año cualquiera, él, Liam Walls, había conseguido una vez más, que Akane no se acercara a los acantilados en el día de su cumpleaños.

Saboreó su éxito dejándose acariciar por la nívea piel de la mujer que amaba y a la que no estaba dispuesto a renunciar. Una vez más, los acantilados tendrían que esperar.

¡Chimpum!

Laura Frost




5 comentarios:

  1. Vaya casualidad, ayer y hoy estuve hablando de la frase de inicio del libro “El Gran Gatsby”.

    Después regreso y te leo con tiempo.
    Éste relato es bastante largo.

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  2. Has metido a todos los personajes y , desde mi punto de vista, perfectamente descritos. Ya te comentaré más en la cena de febrero, gracias,Laura.

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  3. ¡¡Me ha gustado mucho!!Otra página añadida a favoritos. Un beso.

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  4. Yo no conozco a todos los personajes.
    Al principio me pierdo un poco entre ellos.
    Y pensé: será cuestión de releer el texto varias veces(en los relatos largos, ya voy predispuesta a perderme y dispersarme)
    Al llegar al trompetista me doy cuenta de que hay personajes que aún recuerdo por haberlos leido en otros nano. Y me gusta, me encanta encontrármelos. Pienso que la gracia está en el entrelazado de todos ellos. Por eso me ha quedado con la sensación de que me he perdido algo importante. Necesito saber quienes son todos los personajes. Hay algunos que me son del todo desconocidos.
    Por lo original del texto y del misterio y curiosidad que me suscitan los relatos que me he perdido, me ha encantado Bailando con Gastby y lo considero muy bueno.

    ¿Se me nota que soy tu fan?

    Abrazotes!

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  5. Jajajaja! Si, Old, eres una superfan, jajaja! Y eres la mejor fan del mundo, porque sabes criticar positivamente pero también resaltar todas aquellas cosas que se pueden y deben mejorar. Mira, te recomiendo, que para comprender mejor Mhanseon, te leas la parte de Historia y Personajes, arriba en las pestañas de páginas las encontrarás. Si quieres, lo podemos hablar por mail para explicarte un poco de qué va esto, jajaja.
    Un beso enorme y todo mi cariño, preciosa. Creo que vamos a nombrarte seguidora de honor!!

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Al escrit@r que escribió este cuento le encantaría conocer tu opinión y aprovecha para darte las gracias por visitar Mhanseon.

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