Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

18 de junio de 2012

Atrapados en cristal por Laura Frost


Botellas de cristal fotografía de Jonny Miller

    Cuando Héctor Latorre abandonó el Perú desde el puerto de Matarani en Arequipa portaba un equipaje impropio para alguien que había formado parte de la alta sociedad peruana desde su cuna: una maleta con algo de ropa, una bolsa de viaje con un par de libros y el sombrero panameño que había sido de su padre. Regresar a Perú había sido un acontecimiento extraño y desconcertante, después de tantos años viviendo en Nueva York, pero como nada quedaba allí para él, pensó que en sus raíces encontraría algo de sosiego. Se equivocaba, desde luego. Tampoco había nada allí para él, por eso también se marchó. Quiso dejar a tras sus recuerdos, por aquello de soportar una existencia algo más placentera, pero tampoco le fue posible, así que asumió que debía viajar con ellos.

Una de las ventajas de viajar en barco es que se dispone de mucho tiempo para observar a los demás, y Héctor Latorre siempre había sido una persona muy observadora. Todas las mañanas, a eso de las doce, una señora casi anciana se sentaba en una de las hamacas de la cubierta superior de proa. No hablaba con nadie, ni leía, solo cerraba los ojos y se dejaba bañar por los rayos de sol mientras saboreaba un gin-tonic que ella misma se preparaba haciendo uso de una pequeña botella de cristal. Luego dejaba la botella junto a la hamaca y se marchaba, para repetir el mismo ritual al día siguiente.

Posiblemente, a su alrededor y en aquel viaje, estaban sucediendo muchas cosas, pero a Héctor nada le resultaba más curioso que el comportamiento de aquella extraña mujer. Y así, como quien espera detrás de la puerta en silencio, Héctor comenzó a recopilar una tras una aquellas pequeñas botellas, que comenzaron a tintinear en una maltrecha caja de cartón en su camarote, sin saber muy bien qué hacer con ellas.


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15 de junio de 2012

El peso de la memoria por NClarín


   Hoy hace un día de perros en Mansheon, se ha levantado un viento desapacible en extremo, hace un  frío que cala los huesos y no ha parado de llover desde ayer.  Casi todos nos hemos refugiado en la sala de música y ahora mismo estamos  escuchando   el  Concierto para violín en re mayor, Op. 35, de Tchaikovski.  Su música es un compendio de los secretos que encierra Mansheon, pues en ella están presentes el amor, la muerte, el destino, la belleza, la desesperación…
   Tchaikovski era homosexual, esto no constituye ningún secreto para nadie, mucho menos para los amantes de su música, lo cual marcó su vida y está en la base de sus fracasos afectivos y emocionales.  A pesar de serlo se casó con Antonina Miliukova, una discípula suya,  para acallar las malas lenguas y salir de dudas, algo fácil de entender  si tenemos en cuenta que en aquella época era un grave pecado. Pero su matrimonio fue un rotundo fracaso que lo sumió en una profunda depresión que lo apartó de Antonina y lo llevó a un intento de suicidio.  Fue precisamente en esta tesitura vital en la que compuso el concierto que ahora escuchamos.  

  Mientras su música nos envuelve,  al influjo de la condición del autor y su atormentada vida,  recuerdo el caso de un amigo que, de forma inexplicable, se quitó la vida colgándose de un madero en su propia casa. Cincuenta y tres años tenía, los mismos que  el compositor ruso cuando murió. 
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13 de junio de 2012

Recuerdos por Mara Nefill



Mhanseon-sala de música- 22/12/1880

Victoria despertó a la casa con una canción que Wagner había compuesto para su mujer como regalo de aniversario. Ella la tocaba el día de su cumpleaños, celebraba así su nacimiento y el recuerdo de quien le había enseñado a tocarla.
Hacía tiempo que nadie tocaba el piano de media cola que mi abuela había mandado traer de Viena. Sus dedos se movían ágiles por las teclas, despertando en ellas la añoranza de otros dedos, más jóvenes y más torpes, que reposaban ahora sobre un vestido de tafetán negro en el cuadro que presidía la sala de música.
Yo bajé corriendo de mi guarida en la buhardilla al oírla tocar. Llegué para ver las caras de asombro y felicidad con que se miraban  Mr. Tydesson y  Mrs. Albrich, agradeciendo la música que inundaba la casa.
Aplaudimos cuando terminó la pieza. Mrs. Albrich lloraba.
—Oh, señora, ¡cuánto tiempo hacía que no se tocaba el piano de Lady Torn ¡¡Cuánto tiempo! —le dijo.
—¿Le molesta que lo haya hecho?—  Victoria  miraba alternativamente a Arthur y a Marion, buscando en ellos algún gesto de reprobación.
     —Si me permite señora Robles, es delicioso el que lo haya hecho—contestó Arthur — Mrs Albrich y yo le damos las gracias por su música.
     —Bien entonces—dijo Victoria levantándose resuelta del taburete—. Abramos la ventana y dejemos que el bosque entre en esta sala ¿les parece?
Marion se adelantó a ella y, descorriendo las pesadas cortinas de terciopelo rojo, abrió la ventana a la luz de un día que intentaba vencer a la tormenta del norte. Un viento frío entró en la habitación, levantando la bata de algodón de seda blanca que cubría el camisón de Victoria. Aún no se había vestido.
Arthur se la quedó mirando, admirando el pelo rojizo que le llegaba a la cintura y que se movía al compás de su bata con la melodía de las nubes rotas por el aguacero matutino.
No oyó mi “feliz cumpleaños”, salió corriendo hacía el jardín a bañarse bajo la lluvia.

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11 de junio de 2012

Encuentros por Luisa Grajalva


Ilustración de Paul Delvaux

     El mundo suele pensar que la noche ha sido hecha para dormir, pero en Mhanseon las cosas son distintas. En sus jardines puede verse un caballo que galopa desbocado o a una estatua bajar de su pedestal y sentarse a conversar en algún rincón con Marion. También, un reflejo de luna fugitivo que trata de ocultarse detrás de cada árbol. Y una rosa de extraordinaria belleza que desaparece bajo tierra si nos acercamos mucho a ella. Incluso, en noches claras, una hermosa joven, vestida de rojo, invita a acompañarla con la hipnótica cadencia de su voz y una extraña frase repetida: Ven conmigo hacia ti, ven conmigo hacia donde vas a encontrarte...

Aunque Victoria suele vestirse de novia sólo para caminar bajo la lluvia, en esta noche cálida se ha puesto el preferido de los cuatro vestidos nupciales que guarda en su armario, y se ha mirado largamente ante el espejo antes de dirigirse, despacio, como si desfilara ante las miradas de sus invitados, al rincón más alejado del jardín. Con el paso de quien presiente que, exactamente en esa noche y a esa hora, su cita es con un destino largamente postergado. 

En el banco de una pequeña pérgola, casi oculta por fragantes enredaderas de dama de noche, un hombre la está esperando. Al verla llegar, se pone en pie. Victoria se acerca a él sin apresurarse, manteniendo su paso de novia y visiblemente emocionada. Cuando llega a su altura, el hombre acaricia su rostro, humedecido por las lágrimas, y, tomando sus manos, la invita a sentarse junto a él.

- Ya estoy aquí, Victoria

- No he hecho otra cosa que buscarte, otra cosa que necesitarte durante toda mi vida.

- ¿Eso es lo que crees?

- Creo que mi destino está unido al tuyo, que únicamente tú podrás comprenderme. Siempre te he admirado y he deseado saber cómo llevabas a cabo lo que yo jamás puedo culminar.

- Vengo a decirte que estás equivocada.

- No puedo estarlo. Tú has escrito los cuentos más bellos del mundo y yo siento que debo escribirlos, pero los empiezo y no puedo terminarlos. Entonces es cuando pienso en ti una y otra vez. Te he necesitado siempre para que me ayudes a saber cómo hacerlo.

- ¿Quieres saber cómo terminarlos o quieres saber por qué no puedes concluirlos?

- Quiero ser igual que tú, quiero ser tú. Y quiero que compartas para siempre mi vida.

- Dos deseos que, aunque lo ignores, ya has logrado.

- No, yo nunca puedo terminar las cosas. Me puse cuatro veces un vestido como el que llevo hoy y no pude casarme ninguna de las cuatro, eso ya lo sabes. En las cuatro ocasiones, pudo más el miedo que yo misma.
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9 de junio de 2012

Un envío postal lleno de sueños por Port


Ha llegado un paquete postal a Mhanseon. Viene a nombre de Victoria Robles. Y está enviado desde Copenhague. Cuando llegó, Victoria no estaba en la casa. Con la llegada del buen tiempo andaba enredada en el jardín, con sus flores, que no son suyas, pero lo son porque cree que crecen más cuando las mira, y sus historias... que éstas si son suyas, porque las lleva consigo antes de escribirlas. El paquete lo recogió Marion y ahora se lo acaba de entregar.

- Victoria, es para usted. Viene de Dinamarca. Igual son los sueños de Hamlet.
- No, Marion...son sueños, seguro, pero no de Hamlet...
- ¿Un paquete de sueños? ¿De verdad?...Trataba de jugar con las palabras, Victoria.
- Las palabras son para jugar...si están vivas. Estas fueron escritas hace tiempo. Vienen del pasado. Pero sí, están vivas.
- Quizás soy indiscreta pero...¿quién te las envía... perdona, Victoria, ya sabes que, en la confianza del tiempo, te considero amiga y te tuteo.
- En la confianza del tiempo, Marion, qué bonito...
- Suena a confluencia, también,...la eufonía de las palabras...
- Me las envía un tímido y asustado amigo.
- ¿?
- Un escritor que quizás conozcas...Andersen.
- ¿Hans Christian Andersen? Qué cosas, Victoria, es del pasado, de los pasados siglos...
- Ah, Marion, que poca fe tienes en la fuerza de los sueños. Ni siquiera crees que puedan saltar sobre espacio y tiempo.
- Bueno...y...¿qué sueños trae la caja? Porque, aunque ligera, pesa...
- Mira, vamos a mirarlos juntas.

Victoria separó cuidadosamente las tapas de la caja y vio una carpeta con lazos. Y, sobre ella, escrito a plumilla, un título: "Recuerdos de un soldadito de plomo: la caja de música de la bailarina".

Port
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7 de junio de 2012

Sueños recordados, recuerdos soñados por Vichoff


¿Se pueden tener recuerdos de lo que no se conoce? ¿Se pueden recordar las calles, los edificios, los parques de una ciudad en la que nunca se ha estado? ¿Se puede tener en la memoria el color de un cielo que nunca se ha visto, el olor de un aire que nunca se ha respirado, el sonido de los carruajes sobre un pavimento que nunca se ha pisado? ¿Es tan tenue la frontera entre la realidad y la ficción, entre el sueño y la vigilia?

Porque yo me recuerdo en una mañana lluviosa, mirando un hermoso palacio blanco desde la extensión verde de un parque, un parque que se cierra a mi espalda con la cortina de un antiguo bosque de árboles apretados. 

Respiro profundamente y el aire templado me llena los pulmones, cierro los ojos un instante y en mi memoria se materializa un aire parecido en algún lugar de la costa de New Jersey, un mar gris de amanecer, unos brazos que me rodean desde atrás y una voz escondida en mi cuello que me pide que vuelva a la cama. Pero no quiero volver. Solo quiero quedarme allí hasta que salga el sol y luego correr hacia el primer barco que zarpe hacia Europa. Y pienso: “Konrad, no me casaré contigo”, pero no sé si llegado el momento seré capaz de rechazarle, no sé si tendré las fuerzas necesarias para explicarle mi abandono. Por eso quiero ese barco, por eso miro al mar y no quiero volver a la cama.

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5 de junio de 2012

A la sala de música llegó el asombro por Luna


Aún el rostro de Louise continuaba iluminado con la presencia de Héctor, hasta que el paso diáfano de los aviones gemelos dibujando figuras geométricas en dos líneas paralelas sobre el despejado azul celeste, se hicieron concurrentes. No pudo ocultar la agitación de su cuerpo, y, como una abeja, clava el aguijón en su alimento, aferró ella las uñas a la tierra. Un extraño frió emanó de su traslúcida piel, luego, como pudo, posó las manos, para proteger protegió el rostro de la imparable escarcha que a él llegaba, en plena primavera; al tiempo intentaba evadir las lenguas blancas que dejaban las turbinas en el cielo.

Corrió hacia la rotonda que circula la garita del constado izquierdo a la entrada principal de la mansión en busca de refugio. Caía, caía y volvía a caer. Llamó angustiosamente a una tal Helen, y pidió auxilio a un hombre, quizás su marido, quizás su ayudante de enfermería. Pedía la dotación para primeros auxilios.

Todos quedamos atónitos ante la tragedia que se hacía palpable a los recuerdos de Louise.

Cuando sobrevolaban de regreso las aeronaves, venía ella a nosotros. Allí, quizás en su imaginario, yacían los heridos, tropezaba bruscamente dejando a medio camino el maletín salvavidas, que no era otro, que una cesta de petunias, y buscó refugio bajo la silla de Benjamín, estrujando sus piernas, y chasqueando la hierba joven que asomaba en la vereda.

Todos vimos conmovidos la escena. Akane emitió en su rostro la sugerencia de socorro para Louise, Tal vez, una voz de aliento cercana o una caricia a sus manos, le devolvería la paz. Héctor continuaba con las manos en los bolsillos y atinaba a aspirar profundamente como si algo le entrecortara la vida. Después liberó uno de sus brazos, se frotó los ojos y pausó la respiración detenida  en un profundo y sonoro suspiro. ¡Cuánto desearía un café cargado o una bebida fuerte!
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2 de junio de 2012

Cumpleaños por Nanny


En cuanto acaba un frugal desayuno, Louise se marcha al jardín, a hundir sus manos en la cálida tierra, a sentir el aroma de sus flores, a sentir la brisa en el rostro. Hoy tiene menos ganas aún de relacionarse con nadie de lo que es habitual en ella. Se ha levantado antes que los demás, se ha preparado unos sandwiches para almorzar y no piensa abandonar el trabajo con las plantas mientras el sol brille en el cielo.

Hoy más que nunca Louise desea, necesita, precisa de la soledad porque hoy, justamente hoy, es el cumpleaños de su pequeña y los recuerdos pesan y duelen tanto que no le quedan fuerzas para lidiar con banalidades sociales.

Hoy a Louise le duelen las entrañas, casi como si se hubiera puesto otra vez de parto, pero hoy no parirá una preciosa niñita sino un dolor caliente y profundo que le desgarra el corazón. 

Mientras hunde sus manos en la tierra, Louise siente que las primeras lágrimas comienzan a brotar al tiempo que los recuerdos inician su triste desfile: Louise luciendo, orgullosa y feliz, su enorme tripa de embarazada rumbo al hospital; Louise tumbada en la cama, soportando los primeros dolores, mientras su marido le sujeta las manos; Louise en el paritorio, exhausta, empujando con toda las fuerzas de que es capaz mientras aprieta los dientes para no soltar ni un sólo grito... y, por fin, su niña, su preciosa niña, con su carita arrugada, sus ojos cerrados, su diminuta manita cerrada en torno a su dedo. Su pequeña comiendo por vez primera, su niña en brazos de su orgulloso padre, su hijita dormida a su lado. Y los primeros pasos, y su primer mamá y...

Los recuerdos ahogan a Louise mientras sigue cavando, plantando, quitando malas hierbas, regando... Intenta contener el llanto que se le agolpa en el pecho y, entonces, desde la sala de música surge una música triste, una melancólica balada de trompeta. Benjamín está tocando y, como si supiera lo que Louise necesita, ha escogido una melodía llena de nostalgia, aflicción y dolor que sacude a la mujer como una ola y permite que el llanto, por fin, se desborde y rompa contra sus ojos.

Louise llora hasta caer rendida y, entre sus amadas flores, se queda dormida y sueña con la mano de su pequeña agarrada a la suya mientras pasean bajo el cálido sol de primavera...


Nanny
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