Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

5 de mayo de 2012

Fantasía por Vichoff


La casa de mis padres no tenía buhardilla, tenía desván. Al menos así llamábamos mi hermano y yo a aquel espacio inmenso lleno de sombras al que se accedía desde una estrecha escalera que arrancaba del primer piso y al que nos escapábamos a jugar en cuanto teníamos ocasión. Había baúles con ropajes antiguos, un montón de trastos viejos, estanterías con libros enmohecidos por la humedad, muebles desvencijados y un enorme armario de sacristía en el que colgaban varias casullas. Nuestros favoritos eran, sin duda, los baúles, en los que encontrábamos ropas suficientes para disfrazarnos casi de cualquier cosa. El preferido de Jorge era un sombrero de ala ancha con el que se convertía, ayudado por su espada de madera, en un mosquetero dispuesto a rescatar a la princesa del barco donde los piratas la mantenían prisionera. Cuando le ganaba aquel afán aventurero, que era casi siempre, me obligaba a ponerme un viejo vestido de aya, me escondía en un rincón, detrás de un antiguo espejo de pie, y me ordenaba permanecer quieta y en silencio hasta que él, después de recorrer el desván varias veces, de acá para allá, blandiendo su espada contra fieros piratas imaginarios, esquivando ataques y votando a bríos constantemente, llegaba a salvarme.

Yo protestaba porque aquel papel pasivo me aburría sobremanera. Yo quería ponerme un sombrero, ceñirme una espada y pelear contra los piratas, pero Jorge no transigía.

—Si tú también eres mosquetero, entonces… ¿a quién rescatamos?

Entonces le propuse invertir los papeles: él se quedaría detrás del espejo, esperándome, mientras yo me deshacía de mis adversarios.

—Eso no puede ser —dijo con absoluta convicción.

—¿Por qué?

—Porque tú eres chica y yo soy chico.


Aquel argumento no me convenció, no llegaba a ver la relación entre mi condición de chica y la posibilidad de disfrazarme de lo que me viniera en gana. ¿Si yo quería ser mosquetero por qué no podía serlo? Pero desistí de plantearle a Jorge semejante discusión. Algo me decía que mi hermano no iba a aceptar mis razones. Pero no me di por vencida.

—Podríamos esconder a Nora detrás del espejo y rescatarla los dos.

—¿A Nora? Pero si es una muñeca…

—¿Y eso qué más da? Nos imaginamos que es la princesa, lo mismo que te imaginas tú que la princesa soy yo.

Y la misma fantasía que convirtió a  Nora era una princesa cautiva nos convirtió a nosotros, a lo largo de varios años, en magos, guerreros, reyes, soldados, dragones, brujos…

—¿Sabes una cosa, Vicky? —me preguntó Jorge una tarde después de que, convenientemente disfrazados de exploradores, hubiéramos rescatado un fastuoso tesoro de una mina abandonada en las montañas congoleñas.

Yo no sabía.

—Cuando sea mayor seré explorador de verdad. Viajaré a países desconocidos, conoceré gente distinta y veré paisajes y animales diferentes a los que tenemos aquí.

Me pareció buena idea y pensé decirle que le acompañaría, como le había acompañado en las aventuras del desván, pero enseguida le vi un inconveniente al proyecto: ser explorador es algo que lleva demasiado tiempo, hay que viajar constantemente, por no hablar de las distancias que hay que recorrer para encontrar un tesoro. No nos quedaría tiempo para ser nada más, ni príncipes ni hadas ni médicos ni capitanes de barco…

 De pronto, se me ocurrió la solución a ese problema.

—Vale, tú puedes ser explorador. Yo me quedaré en casa y seré todo lo demás.

Jorge no me entendió a la primera.

—¿Todo lo demás?

Tuve que explicárselo.

—Sí, todo lo que tú no podrás ser porque estarás explorando y no tendrás tiempo para otras cosas.

Me miró desde la superioridad intelectual y moral que le otorgaba el hecho de haber nacido dos años antes que yo.

—¿Qué tontería es esa? Nadie puede ser “todo lo demás”, solo se puede ser una cosa, dos a lo sumo.

—Yo puedo.

Sonrió, incrédulo y burlón.

—Ah, ¿sí? Y… ¿me puedes decir cómo piensas hacerlo?

Yo también sonreí pero en mi sonrisa estaba la certeza del que ha encontrado un argumento definitivo, irrebatible.

—Escribiendo.  


Héctor ha tomado su café a pequeños sorbos, parsimoniosamente, con la mirada perdida en un punto situado más allá de la espalda de Benjamin. Por un momento tengo la impresión de que le va a vencer una somnolencia irresistible y me levanto para ofrecerle otro. Lo acepta con una sonrisa aunque sospecho que mi oferta le ha sacado un tanto bruscamente del pozo de sus pensamientos. Junto a la chimenea, Louise escucha con atención algo que Akane le cuenta, alcanzo a oír algunas palabras como “tallos” o “moribana” y  sospecho que nuestra linda japonesa está iniciando a Louise en los secretos de la composición floral. Liam se ha acomodado en un rincón del sofá y ojea una revista de automóviles aunque de vez en cuando levanta la vista para mirar, alternativamente, a Akane y a Héctor. Me habría gustado hablar con él un rato, charlar de cualquier tema, pero me temo que, en estos momentos, soy invisible a sus ojos. Kant llega hasta mí y se frota contra mis piernas, mimoso, pero súbitamente levanta las orejas, mira hacia la entrada como si hubiera visto un fantasma y sale corriendo. Voy tras él, le sigo escaleras arriba hasta el primer piso y me sorprendo al verle detenido frente a una de las puertas, la que tiene la inscripción “I HAVE MY BOOKS AND MY POETRY TO PROTECT ME”, mirando al picaporte y maullando lastimero.

Me apresuro a cogerlo pero la puerta se abre antes de que me aleje.

—Hola, Kant —dice Port. De entrada, me gusta alguien que tiene su refugio en los libros y en su poesía—. Hola, Victoria.

Sin darme tiempo a que pueda presentarle una disculpa, se hace a un lado y abre la puerta de par en par.

—¿Queréis pasar?

 Tenía que haber aceptado la invitación de Port. Tenía que haber entrado en ese cuarto que es como un trasunto de la campiña inglesa, de mi costa norteña; tenía que haber aceptado la taza de té que seguramente Port me habría ofrecido también. ¿Por qué no lo hice? Lo pienso y me parece absurdo mi rechazo, mi prisa por volver a la planta baja. Tanto más absurdo cuando en el salón no había nadie esperándome mientras que en aquella habitación estaba, quizás, la única persona de Mhanseon que puede ayudarme a salvar a Hans. ¿Por qué a veces huimos de lo que queremos, de lo que realmente nos apetece?  

Eso pienso mientras miro a la oscuridad del jardín, recién estrenada la noche, y me propongo estar preparada para la próxima ocasión. Veo a lo lejos una pequeña luz en el invernadero y me pregunto quién andará por allí a estas horas. Tal vez Louise, haciendo un abono de urgencia, o Clarín, buscando la tumba de Morrigan. Pero no, Clarín está en mi puerta, le veo reflejado en el cristal de la ventana después de que golpeara tímidamente y yo dijera “Adelante, la puerta está abierta” sin saber que era él quien llamaba. Se acerca y se queda a mi lado.

—No me importaría ser el quinto —me dice sin mirarme.

Por un instante me gana el desconcierto. No esperaba algo así, tan directo, tan franco, tan… arriesgado. Me vuelvo hacia él. Tiene un rostro inteligente y bondadoso y me gusta su valor.

—Aún no es tiempo, Clarín —le digo—, ya hablaremos cuando regrese.

—Cuando regreses… ¿de dónde?

—De una ciudad a orillas del Báltico.

 Vichoff

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