Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

8 de abril de 2012

Recuerdos y futuro por Laura Frost


Le vi nada más atravesar las puertas de la librería. Estaba al fondo, de espaldas y parecía entretenerse con la lectura de la contraportada de un vinilo. Soy incapaz de descifrar como fue posible que, entre todas las personas y niños que aquella tarde se encontraban en Mushroom Pillow, mi foco de atención se dirigiera hacia él de un modo tan instintivo. Quizá fuera por el elegante abrigo negro de solapas anchas que portaba, tan parecido al que le acompañaba en aquellos años de instituto, o por el dorado de los mechones de pelo, pero lo cierto es que comprendí que la brújula averiada en la que se había convertido mi corazón había descifrado un norte magnético, poderoso y primario, en cuanto detectó la atracción de Rodrigo de la Vega Raatgerink. No le había vuelto a ver desde entonces, cuando su universo perfecto de niño mimado y rico se desvaneció como un hechizo barato al descubrirse la trama de corrupción en la que estaba envuelta su familia. Lo único que supe con los años es que su madre —una holandesa que dejó su trabajo como interprete en la ONU para casarse con un diplomático español—, había fallecido de un cáncer. Rodrigo desapareció de la faz de la tierra y pasados los meses, que parecen años cuando sólo tienes dieciocho años, todos parecieron olvidarse de él. A mi me costó un poco más, y siempre tuve la sensación que nunca me abandonó por completo. Los años de insultos y vejaciones a las que me sometió habían dejado sobre mi piel una marca de agua fangosa que, de vez en cuando, rezumaba un hedor insoportable.


A pesar de los años, comprobé que algunas cosas no habían cambiado en Rodrigo, sobre todo cuando —aún estupefacta en la entrada incapaz de quitarme la bufanda y los guantes—, ví como una mujer madura de frondosa cabellera pelirroja no le quitaba la mirada de encima mientras hablaba con Rafa. Siempre fue así, el vástago de Los de la Vega hacia girar las cabezas de cualquier mujer que se encontrara a su paso. La mujer pelirroja realizó un encargo muy particular a mi amigo el librero, una edición japonesa de la última trilogía de Haruki Murakami, y ese hecho captó poderosamente la atención, pero no lo suficiente como para hacer que cerrara las mandíbulas y dejara de observar cada uno de los movimientos de Rodrigo. Ya que Rafa se encontraba medio hipnotizado por el encargo y porque la mujer pelirroja había mencionado las palabras mágicas que hacía que mi amigo sustituyera toda su capacidad neuronal por la de una ameba —“Akane Fuchida”—, decidí afrontar la situación y caminar hacia él mientras me hacía cientos de preguntas.

¿Qué hacía allí? ¿Por qué le encontraba después de tantos años? ¿De verdad que las casualidades pueden llegar a estos extremos? Y lo más importante, ¿por qué no estaba enfadada? Debería estar muy enfadada, alterada, o como mínimo cabreada. No en vano, Rodrigo de la Vega nunca cejó en su intento de humillarme por ser la única alumna becada de todo aquel carísimo y reputadísimo colegio privado. ¿Acaso sentía lástima de él? Quizás con los años llegué a comprender que él también podría haber sido una víctima de su fortuna y su apellido. Pero víctima o no, Rodrigo se ganó a pulso un rincón entre los condenados aquella funesta noche en la que permitió que uno de sus amigos me encerrara en la habitación y casi me violara. De no haber sido porque alguien hizo saltar las alarmas antiincendios mi destino habría sido mucho más cruel, y digo mucho más, porque la pestilencia a borracho y el recuerdo de aquellas manos desgarrando mi ropa aún permanecen encerradas bajo llave en algún lugar de mis huecos profundos.

Intuí que la mujer pelirroja había abandonado la tienda porque sentí la campanilla y una nueva oleada de aire helado del exterior, pero no me giré, por el contrario concentré todas mis energías en no perder la compostura mientras me acercaba a Rodrigo y, cuidadosamente, toqué sobre su hombro un par de veces con los dedos.

—Vaya, García, eres tú —murmuró mientras recorría todo mi cuerpo de arriba abajo en un sondeo del que casi podría haber extraído petróleo.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunté extrañada.

—Compro música —dirigió la mirada hacia los discos que portaba mientras los alzaba ligeramente para que yo pudiera verlos, y así dejar claro que no podría estar haciendo otra cosa en ese lugar.

— Pues menuda casualidad — contesté mientras cruzaba los brazos sobre el pecho y mis ojos entrecerrados le devolvían una mirada de absoluta desconfianza —. Desapareciste hace años, nunca te gustaron los vinilos a los cuales tildabas de “objetos absurdos del pasado” y ahora apareces aquí. Justo en este pueblo escondido, donde las agujas de los relojes avanzan con otro sentido del tiempo… No te parece muy extraño.

Antes de concluir con mi pequeño alegato yo ya sabía que no estaba siendo muy inteligente embistiendo contra él de ese modo, al menos si lo que esperaba era sostener una mínima conversación civilizada. Pero lo cierto es que yo no me sabía relacionar con Rodrigo de otro modo, siempre a la defensiva, siempre protegiéndome.

—Sea extraño o no, lo cual es algo que no voy a discutir contigo, esta tienda está cerca de mi casa —respondió al ataque con la frialdad que le caracterizaba y me dejó atrás mientras se encaminaba hacia el mostrador. Rafa, a pesar de que disimulaba ordenando pedidos en el ordenador, no había perdido puntada de esa conversación.

—¿Qué?¿Tienes una casa aquí?

—Sí —fue lo único que hallé por respuesta.

—Vaya, Rodrigo, eres una caja de sorpresas.

—Bueno, García, hay muchas cosas de mí que no sabes —concluyó—. Si me disculpas voy a pagar, ya me iba.

—Un momento, De la Vega. ¿De verdad esperas que me crea que vives aquí? ¿Así sin más? — yo no estaba dispuesta a permitir que me dejara allí sin respuestas. Todo ese encuentro me resultaba de lo más extraño, aunque a estas alturas yo ya debía haber comprendido que todo ocurre en este lugar por una razón.

—Puedes creer lo que quieras —murmuró mientras entregaba a Rafa el dinero y recogía la bolsa con los vinilos. No me miró.

—Tan cínico como siempre, eso sí que es muy propio de ti, lo de la casa… es que me cuesta creérmelo —le aguijoneé presa de la desesperación, Rodrigo se me estaba escurriendo como el agua entre las manos y no era eso lo que yo esperaba ahora de ese fortuito encuentro.

Rafa observaba la conversación entre nosotros como si de un partido de tenis se tratara. Pero la expresión del rostro de Rodrigo, hasta el momento distante y ceñuda, mutó para dar paso al hombre seductor y seguro de si mismo en que se había convertido y que hizo temblar los pocos pilares de seguridad que me sostenían en pie. A través de sus ojos se extendió un brillo de sensualidad y concupiscencia que inconscientemente me excitó.

—Muy bien,  y por qué no vienes y lo compruebas con tus propios ojos, ya que te extraña tanto — y de un solo paso acortó la distancia que nos separaba.


Retrocedí algo abrumada por la situación y Rafa, en un intento de interponer algo de cordura entre nosotros carraspeo ligeramente. Sin embargo, Rodrigo no se inmutó y parecía no temblarse el pulso, aunque yo sentía que los latidos de mi corazón acelerado podrían tirar abajo la mitad de las estanterías de libros y romper unas cuantas tazas. Comprendí que su vaso de la paciencia no solo se había colmado, sino que había rebosado y a mí no me quedaba más remedio que asumir las consecuencias, de lo contrario hubiera sido mejor dejarle marchar.

—¡¿Qué?! —exclamé para ganar algo de tiempo.

— Estamos lentas, ¿eh, García?

— Frost, ahora me llamó Frost — repliqué con una energía renovada que no sabía muy bien de donde había salido —. Me casé con un yankee y si me estás pidiendo que vaya a tu casa contigo es que tú alucinas, De la Vega.

Por primera vez desde que le había encontrado en aquella librería sentí que el pánico se apoderaba de todo mi ser. Estar a solas con Rodrigo después de tantos años y con tantos malos recuerdos decorando las paredes de nuestra maltrecha relación no me resultaba una situación cómoda. El espectro de sentimientos que me invadían en aquel momento era de lo más ecléctico y caótico, si cabe. Sentía temor, curiosidad, deseo, angustia, sorpresa, alegría, pero, sobre todos ellos, el que se imponía era una enorme indecisión. ¿Qué hacer? Después de mucho tiempo volví a sentir que la tierra se abría bajo mis pies.

—Tú misma, pequeña Frost — y por la sonrisa ladeada que se le instaló en el rostro supe que él sabía más de mí de lo que a mi me resultaba deseable.


Se giró, haciendo un leve movimiento de cabeza para despedirse de Rafa el cual se mordía el labio inferior en un esfuerzo descomunal por descifrar el galimatías de reproches y miradas en el que se había convertido aquel encuentro, y se dirigió hacia la puerta.

—Mocca —musité antes de que la cabellera rubia de Rodrigo se alejara a través de la puerta de cristal.

—¿Qué?

Desde la calle penetró una oleada de aire frío que contribuyó a calmar ligeramente el ambiente de tensión creado entre los dos. Rafa permanecía expectante con el codo apoyado sobre el mostrador y su mano descasando sobre la oreja derecha. En el fondo, su intento por transmitir indiferencia no estaba resultando y yo, que había llegado a conectar con el alma de mi amigo como lo hacen los gemelos, sabía que estaba preso de una profunda preocupación. Sin embargo, en cuestión de segundos, yo había tomado una decisión. Una decisión que me conducía directamente al terreno de la mayor de las incertidumbres y la duda. Pero esa fue mi visión. Comprendí que la mejor estrategia a adoptar cuando no hay salida es entrar hasta el fondo. Y así lo hice.

—Digo que primero pasaremos por la cafetería de la esquina a coger un café Mocca, doble con mucha nata y canela, es mi preferido. Después podrás enseñarme tu casa.

—Está bien, también me gusta el Mocca —aceptó con un tono de neutralidad artificial y fingido mientras sostenía la puerta para que yo saliera.

Fuera hacía frío, unos niños casi nos atropellan con sus bicicletas y la única certeza que yo tenía era que Rodrigo de la Vega, el hombre que caminaba a mi lado, no era mi amigo.

(continuará)

Laura Frost

2 comentarios:

  1. Muy interesante lo que has introducido.. me atrae la continuación.

    ¡¡Me gusta¡¡ Besos

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  2. La leche, Laura, ¿es que quieres contar una historia paralela a Mansheon o vas a integrar a Rodrigo en su historia? Lo digo porque lo traes del pasado al presente como integrante de tu vida. De cualquier forma, un giro de lo más interesante. Como dice Carmen estoy deseando leer la continuación. Espero que nos sorprendas gratamente. Un beso.

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