Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

14 de abril de 2012

La génesis de Aysel Daima por Aspid


Yo, Jean-Louis de Champlain et Lapointe, custodio de la abadía de Sant François Pénitent, en la Bienaventurada Ciudad de Toulouse.  Consultor del sagrado Oficio, vi, examiné y dictaminé sentencia en el Auto celebrado por los señores inquisidores en dicha ciudad en el día 9 del mes de noviembre del Año santo de 1651. 
Cualquier bruja que voluntariamente confiese y muestre señales de arrepentimiento será reconciliada sin tormento,  evitando así la muerte en la hoguera, o la prisión perpetúa, no se confiscarán sus bienes, recibiendo entonces penas salutarias para su alma. Es necesario que venga a noticia de todos los fieles para desengaño de los engaños de Satanás.
Dadle muerte a la hechicera que no redime en palabra de arrepentimiento todas aquellas acusaciones por las cuales se la juzga.

Maiia Varsken, venida hasta Francia desde las altas tierras del este de Sakartvel:

Se la acusa de provocar tormentas, destruir cosechas y arrasar los campos,  de heladas e intemperies. 
De ser causante de muertes mágicas. 
De herejía y maleficio.
De practicar vuelos nocturnos y aquelarres. 
De mantener relaciones carnales con el diablo.
De tener en su poder ungüentos, amuletos, libros de conjuros. 
De practicar hechizos.

Por todos estos motivos y probados los hechos por fehacientes testigos que juran ante Dios, se la condena en el día de hoy sin derecho a acogerse al decreto de gracia.

Dadle muerte a la hechicera.
Que las llamas de la hoguera sanen su alma.

Maiia despertó sobresaltada nuevamente, mientras la sentencia se repetía una vez tras otra, escondida entre sus pesadillas y dispuesta a ejecutarse todos los amaneceres. Aquella mañana un delicioso olor a manzanas asadas recorría el pasillo, ella podía olerlo, aún cuando la puerta de su dormitorio permanecía cerrada. Se incorporó de la cama y levantó su mirada azul de la saya que le cubría las piernas, fijándola en el candil que estaba encendido y, en aquel momento, alguien golpeó su puerta con un suave toque de llamada.

- Buenos días Maiia ¿Estás despierta? ¿Bajas a desayunar?- Preguntó desde el otro lado una dulce voz femenina.

- Buenos días Victoria. –Respondió perezosa-  Enseguida voy. –terminó,  y se encaminó hacia la puerta atusándose el cabello. Le gustaba que su rubia melena cayera sobre su espalda, que se revolviera su pelo y le cubriera así parte del rostro. Prefería que sus bellos ojos quedaran ocultos con ese gesto. Intentaba sutilmente, esconderse de un mundo que la rechazaba. 
Bajó contando los peldaños con una sonrisa en los labios. Descalza. Gozaba al sentir el frío de las losas en las plantas de sus pies. Algunos los bajaba de puntillas. Y lo hacía agarrada a la baranda de mármol, tan fría como el suelo. Odiaba, irremisiblemente, el calor.
Se detuvo, como cada mañana, frente a la puerta de la biblioteca y comprobó que la chimenea estaba encendida. Quedó paralizada un instante, siempre el mismo instante maldito, levantó sus faldones lo necesario para ver sus pies, blancos, descalzos, y se pisó con uno, el otro. Sonrió débilmente, y soltando la tela de su falda dejó que la desnudez quedara oculta de nuevo, encaminando entonces sus pasos hacia el comedor.
Entró allí mirando a los presentes. Sentado en una de las esquinas de la  mesa, Jacques, solitario, almorzaba un trozo de tarta. Maiia le guiñó un ojo, y el francés le devolvió el gesto mientras devoraba la ración que él mismo se había servido al llegar. Después miró de reojo a Liam que refunfuñaba molesto mientras abandonaba inquieto la estancia. Finalmente se acercó a Victoria, que al pie de la mesa auxiliar se preparaba el desayuno y la abrazó fuertemente.
Ana entró en ese momento, protestando por haber tropezado con Liam y frotándose el brazo donde éste le había golpeado.
–Me paso la vida chocando con este hombre- afirmó yendo en dirección a la mesa, saludó también a Jacques que ya terminaba su almuerzo, se colocó a su lado de pie y mirando a las chicas, que aún permanecían al lado de la camarera e inmediatamente de nuevo a Jacques, se encogió de hombros.

Maiia, semioculta tras su pelo, enfocó su mirada hacia el ventanal, por cuyos  cristales podía controlar el reflejo de  Ana que se acercaba alegremente hacia ellas. Victoria, mucho más afable que su estimada amiga, no tardó en mostrar una sonrisa y acercarse para estrecharla entre sus brazos, sin necesidad de que Ana, mediara palabra. Con el encanto que solía mostrar continuamente, le acercó un café, removiendo la cucharilla en sentido contrario a las agujas del reloj.
– Querida- Le dijo –Te vimos ayer corretear por los jardines. ¿Qué tal tu estancia? ¿Es de tu agrado la casa?- un mohín de placidez se dibujaba en su blanquecino rostro. Victoria, gozaba de tener una piel extremadamente bella y delicada, propia de los pelirrojos.
Maiia se acercó entonces, el contraste con Victoria era francamente notorio. Su piel curtida y sembrada de arrugas envejecía el rostro de una mujer que siquiera había cumplido los cincuenta. Su cuerpo menudo y su rancia vestimenta no eran ni por asomo, nada parecido al cuerpo esbelto de su amiga, ni tampoco a la impecable y pulcra imagen que Victoria gustaba de mostrar.

Sin embargo, y aunque todo parecía evidenciar un placentero encuentro, un observador ocasional hubiera notado cierta tensión en el aire; no solía ser habitual encontrarlos reunidos en el comedor a la hora del desayuno, éstos, ocurrían de un modo apacible y espaciado, a lo largo de la mañana, sin coincidir entre ellos. No obstante, aquel día, todos habían acudido a la misma hora.

Fue en ese momento cuando llegó Akane, silente. Saludó inclinando su cuerpo mientras daba los buenos días, y se aisló en una de las puntas de la mesa tras coger la taza de la mesita auxiliar; centró la mirada en el oscuro té y abstrajo todos sus pensamientos llevándolos a su propio espacio mental, prescindiendo de las diversas  conversaciones que  pudieran producirse entre sus compañeros.
Su entrada no pasó desapercibida para el hombre que paseaba su mirada por las estanterías de la biblioteca.
El viejo zorro maléfico, apodo con el cual le conocían el resto de invitados, tenía un nombre mucho más adecuado y desde luego, mucho más solemne.
Qöyawayma. Zorro Gris Caminando al Amanecer, era el nombre con el que el Chaman había sido bautizado en su tribu Hopi.
Aquel longevo indio, recogía en su interior toda la sabiduría de sus ancestros. Recordaba a diario las profecías que durante siglos habían ido sucediéndose de generación en generación, y, expresamente, había sido reclutado en el momento álgido de la historia de su pueblo, aquel en el que todavía los dioses a los que Zorro Gris se dirigía, dejaban oír su voz, y obligaban a los mortales a defenderse con las mismas armas místicas. 
Su piel curtida y envejecida bajo el sol de Arizona, su nariz aguileña y prominente, junto con su pelo largo y cano, le conferían un aspecto extraño pero no exento de un cierto y misterioso encanto. Encanto que reflejaba a través de una mirada oscura, contemplando el alrededor, por norma, de una manera lejana.
Aquella mañana, pese a todo, Zorro Gris paseaba expectante por el comedor, demorándose en los detalles. Los flecos de su traje de ante, se mecían acompasando su caminar en el viaje de  espejismo y fantasía que rodeaba Mhanseon. La verdad que los demás eran incapaces de sospechar, había sido desvelada por los Dioses a Qöyawayma esa  misma noche. 
“Os halláis más allá de ningún lugar, antes y después de cualquier momento”.
Estaban solos, y Zorro Gris lo sabía.

Rudy entró un par de veces con la nariz pegada al suelo, deambulaba por debajo de la mesa, husmeaba, alzaba el cuello mirando a los invitados y volvía a salir sin formar demasiado escándalo.

Minutos más tarde Liam volvió al comedor acompañado de Tembo Mandaka. 
El altísimo negro, vestía una túnica blanca, sobre la cual llevaba la piel del león que le convirtió en adulto tres años antes. Su rostro desfigurado por una gran cicatriz, recuerdo de su valor al cazar al gigantesco macho, reflejaba a partes iguales aprensión y extrañeza. 
Aprensión por hallarse rodeado de aquella extraña gente blanca con la que sin embargo se entendía a la perfección. 
Extrañeza por el desarraigo que sentía. 
Sus poderes místicos, aún embrionarios, eran capaces de sentir la lejanía de su tierra natal.

Tembo se detuvo al entrar y encontrarse, congregados, al resto de compañeros, haciendo que la conversación que mantenía con Liam, quedara interrumpida.
Liam se adelantó unos pasos y se sentó en medio de la mesa, dejando al resto en las esquinas. Mientras, Tembo, el amenazante Massai, se acomodó al lado de Jacques, que lo saludó cordialmente y continuó hablando sin apenas mirarlo   
 –Oh mon vieux ¿No podías sentarte más lejos?- Preguntó el francés mientras se levantaba de la silla para acercarle a su amigo un Glenfiddich. 
–No- replicó Liam – gracias- añadió recibiendo el vaso- la pregunta es: ¿Qué hacemos todos aquí sentados a estas horas? Mira, ha venido hasta el indio- bromeó.  
- Benjamin quiere hablarnos.- Ana, apenas levantó la cabeza de su café para contestar a la pregunta formulada en el aire y prosiguió - Benjamin tiene planes para todos nosotros y desea contarnos cuales son.- Alzó la mirada y la clavó en Jacques que la observaba fascinado, ella, sonrió – Hoy sabremos porqué estamos aquí- después miró a Liam, que pasaba la yema de su dedo sobre el filo del vaso de whisky persiguiendo el círculo dibujado en el contorno. – Liam- exclamó Ana llamando su atención. –Tú conocerás hoy el misterioso motivo por el cual tus manos… – este detuvo su dedo, levantó la vista sin levantar la cabeza. Un gesto adusto se dibujaba en su rostro, “eso estaría bien” pensó, y sin abrir la boca Ana contestó: “eso sería estupendo”. Continuaban mirándose fijamente en silencio. “¿Me has oído?”  Preguntó el escocés con un tono amenazante, “cállate. No me dejas hablar”  pensó Ana mientras volvía la vista al café. Se calló, y ella, prosiguió: -…. Conocerás hoy el motivo por el cual tus manos expulsan fuego.- giró la vista hacia su derecha dejándola caer sobre los azules ojos de Maiia que la estudiaba de manera prudente. 

-Yo sí sé por qué estoy aquí- le advirtió – lo he visto en el orbe, lo leí cuando el libro me engulló en la pira y me sacó de las llamas que me abrasaban la piel. Vinieron a buscarme a casa. Yo pensaba que habían descubierto mi preciada posesión y la escondí en el enfaldo de mi saya. Pero no era así, estaba errada. No venían a despojarme de mi preciado tesoro, venían a juzgarme y a condenarme, y el libro me engulló atravesando las llamas, y me trajo aquí a través de ellas. Las de la chimenea. Ahí fue donde me soltó, como si fuese un escupitajo.

- ¿Es por eso que veo sombras en la chimenea? Preguntó un confuso
Liam. 
– No sé. –Contestó Maiia- pero sí sé porque no me gustas: Eres uno de los hijos de Surtur. – Liam se sintió indignado ¡un hijo de Surtur!

Victoria la cogió de la mano y la apretó firmemente en un templado gesto de empatía y solidaridad con ella, regañó al escocés con la mirada, y después la dirigió hacia  Ana, esperando que esta le dijera porque Benjamin deseaba verla y Ana, que aún analizaba lo que Maiia había dicho, centrándose de nuevo en el tema, continuó.

- Victoria – se dirigió a ella con afecto- tú también sabrás hoy cual es el fin de tu estancia en la casa y porqué fuiste elegida. – Victoria se iluminó con el porte de una dama. Con la exquisita educación que había recibido, se comportó como debía. Fue cauta y elegante. No hizo preguntas ni dejó que su rostro demostrara el más mínimo signo de preocupación. 

Tembo Mandaka se puso en pie, era con diferencia el más alto del grupo. Delgado como una retama y negro como la noche, gesticulaba continuamente cada vez que comenzaba a hablar, su voz, ronca y enaltecida, se volvía un susurro cuando entonaba cánticos tribales, cosa que solía hacer por costumbre. Supersticioso y parlanchín, enmudeció al entrar al comedor y no había conseguido articular palabra esperando que Ana le diera pie a ello.

-¿Dónde vas Tembo?- preguntó esta al ver que se removía de su asiento con intención de ocultarse- Esta mañana, todos, también tú, conoceremos el motivo de nuestra elección. No quieras huir hoy, posiblemente sea el peor día para ello- El muchacho guerrero, que estaba más cerca de los veinte que de los treinta, se detuvo a observarla, callado, agobiado mientras sentía que las miradas de todos los presentes permanecían fijas en él. 

- Yo quizá no quiera saberlo- afirmó.
- Eso no es cierto- dijo Ana tolerante.
- Eso es mentira- aseguró Liam arbitrario.
- Eso no puede ser- añadió Jacques, asombrado.
-Zorro ¿tú tampoco quieres saber por qué estás aquí?- Preguntó Liam molesto e incómodo.
- Yo no necesito saberlo. Yo puedo sentirlo- contestó levantando la cabeza y clavando sus negros ojos en las pupilas del escocés, haciendo que éste, apartara avergonzado su mirada.

Akane, que había permanecido en su mundo, aislada por completo de los comentarios de sus compañeros, tomó aire y lentamente abrió los ojos. Del mismo modo, mansamente, fue levantando las manos que hasta ahora habían permanecido una sobre otra sobre sus rodillas y, alzándolas para dejarlas descansar de nuevo en su posición original, pero esta vez, con las palmas hacia arriba. Tomó aire una segunda vez, levantando ahora la cabeza para que su pelo negro y fino se recolocara sobre sus hombros. Finalmente se puso en pie, y se dirigió con donosura, moviendo acompasadamente su menudo cuerpo, hacia el lugar donde estaba Ana.

-Akane, todos sabremos hoy porqué estamos aquí- dijo Ana sonriente. Akane, una instruida mujer, parca en palabras, no solía hablar demasiado sobre banalidades, no participaba en las conversaciones tertulianas que a menudo se daban en los momentos ociosos de Mhanseon. Así, cuando Akane hablaba, todos los invitados esperaban escuchar las sabias y certeras palabras nacidas de sus labios.

-No me preocupa tanto la razón por la que estamos aquí, como el motivo por el cual, alguno de nosotros no abandonará jamás este lugar.- En ese instante, todos intercambiaron miradas para volver a fijarlas segundos más tarde sobre Akane, que continuó- hoy, uno de nosotros, va a morir-.

Rudy eligió aquel momento para entrar. Contribuyendo así a que las sombrías palabras de Akane, que aun colgaban en el aire, fueran seguidas de un impenetrable silencio. 

-Buenos días Ana- dijo el perro dirigiéndose a ésta- ¿ya le contaste a tus compañeros aquello que escuchaste furtivamente esta mañana tras la puerta?- Ana asintió con la cabeza, mientras continuaba pensando en las palabras que Akane acababa de pronunciar, sin prestar demasiada atención a lo que Rudy acababa de decirle y evidentemente, sin ruborizarse por ello. 
Reinaba todavía un dramático silencio, cuando Benjamin entró por la puerta del comedor, silencioso también, tan sobrecogido por las palabras de Akane, como el que más. Benjamin, sabía lo que Akane sólo vislumbraba: la magia siempre demanda un pago.

Deteniendo la silla los observó uno a uno. No tenía nada más. Aquellas personas eran la última oportunidad. Su minúsculo ejército de poder. Nacidos en lugares distintos, en épocas distintas, eran las pequeñas piezas de un puzzle que Benjamin intentaba recomponer. Un solo instante sirvió para apesadumbrarse, y otro más, tan imperceptible como el primero, para no rendirse. 
No saludó ni dio los buenos días. Desde el quicio de la puerta giró la silla bruscamente y se dirigió a la biblioteca. Su abrupto comportamiento les dijo claramente, que algo había cambiado. Rudy siguió a su amigo, y los demás, aún en silencio desfilaron tras ellos.
El Señor de Mhanseon se colocó frente a la chimenea, de espaldas a todo el mundo. El Guardián quedó bajo el dintel de la entrada, detrás de todos ellos, como si estuviera vigilándolos. El sol entraba por los ventanales y rozaba los rostros de los que permanecían cerca de los cristales, las sombras de estos, oscurecían a los compañeros que se habían colocado a la derecha, formaron sin darse cuenta, dos pequeños grupos de cuatro. 
Benjamin rompió el silencio: 

-En el mundo, en el vuestro, existen personas, y todas ellas están capacitadas para algo. Unos pocos privilegiados son conscientes de su rareza, mientras que otros, sin embargo, pasan por la vida sin saberlo jamás. No es vuestro caso. Sois ocho los elegidos aunque  deberíais ser alguno más, han sido voluntariamente excluidos aquellos que no advirtieron el libro mágico que a todos os trajo hasta aquí, y aquellos que sí lo percibieron, pero temieron o no aceptaron su poder y se negaron a cruzar. 
Estáis en Mhanseon, eso ya lo sabéis, pero qué es y dónde está Mhanseon, es lo que os preguntáis todos. Mhanseon sois vosotros, Mhanseon, queridos, es un estado mental.
Yo creé este refugio para albergaros y prepararos para la lucha.
De los veintitrés que fuisteis convocados, solo vosotros ocho respondisteis a la llamada.

Ana, que estaba agachada atándose el cordón de una de sus zapatillas, levantó la cabeza de golpe para mirar a Benjamin. 
- ¿Ha dicho lucha? – le preguntó a Akane que se había colocado a su lado. La muchacha japonesa, sin pronunciar una sola palabra la miró, cerró los ojos con un gesto de afirmación, y le extendió también en silencio, la mano, con la intención de que la asiera y se levantara de tan ridícula postura. 

-Estáis a tiempo todavía de volver a vuestras vidas antes de que comience la batalla, - Benjamin continuaba hablando. – y si os marcháis ahora, lo haréis sin saber, jamás, que esta guerra ha existido. El momento de elegir es éste, a partir de aquí no habrá vuelta atrás, y dejadme que os diga que la muerte en la batalla, es un riesgo probable que deberéis aceptar ahora.

Benjamin calló unos instantes respetando la decisión que cualquiera de ellos pudiera tomar, tras una prudente espera y ante el mutismo de los presentes, dando por hecho la aprobación de todos ellos a sus condiciones, prosiguió.

- El contacto entre la magia y el ser humano, ha existido desde el principio de los tiempos. Sin embargo, ésta se ha ido consumiendo y desgastando, hasta quedar en apenas unas minúsculas gotas de luz esparcidas por la historia. A la llamada de nuestro pequeño libro, buscando en el espacio-tiempo los rescoldos, habéis acudido vosotros pues nacisteis sensibles a la llamada. Vuestra afinidad, vuestras habilidades, incluida vuestra ilusión, todo ello ha conseguido que no os cerrarais al espíritu mágico que os protege de la mediocridad. Solamente uno ha llegado aquí condicionado, sin creer, temeroso. ¿No es cierto Liam? Cuando la batalla termine todos vosotros  seréis devueltos al mundo al que pertenecéis y al mismo momento en el cual fuisteis sustraídos. Todos a excepción de Maiia que fue rescatada de una injusta quema, y que tendrá, por ello, derecho a elegir su futuro, sea cual sea su elección – se detuvo un instante para contemplar el efecto de sus palabras-Todos- reafirmó- Todos los que sobreviváis y permanezcáis intactos.

- Gracias. –musitó Maiia, mientras una lágrima corría por su mejilla.
-A mí me arrastrasteis de un penal, y mi condena era muy desagradable- intervino Liam buscando un acercamiento. 
- Fuiste condenado por ladrón, y eso jamás ha sido culpa nuestra. –Sentenció Benjamin desentendiéndose del posible futuro de Liam- Sin embargo no pudimos dejarte allí. – Recapacitó- tal vez puedas llegar a ser tan poderoso por ti mismo como el resto de todos tus compañeros juntos. La magia está muy presente en ti, casi a flor de piel. Pero no te creas grande y poderoso por ello, tu magia es ridícula si no aprendes a encauzarla y si no aceptas quien eres, y de que materia estás formado. Te convertiste en un alcohólico porque no comprendías lo que te estaba sucediendo. No te vamos a juzgar por una ignorancia que te abocó a una sutil locura, pero, si no aprendes a controlar la magia, ésta te matará sin remordimiento alguno.

Benjamin se sirvió un coñac. Los invitados permanecían inmóviles, expectantes tras él. 
–Mhanseon es un estado mental- reiteró. Tras esto, dejó la copa en la mesa  y ante la atónita mirada de la mayoría de sus interlocutores, se levantó de la silla, para continuar diciendo – Y esta es una de las pruebas.

Estaban colocados aún tal y como lo habían hecho al entrar, a la derecha quedaban los cuatro que habían tenido contactos anteriores con la magia, y a la izquierda, los demás.Cruzaban de vez en cuando miradas entre ellos a excepción de Zorro Gris, que no manifestaba ningún signo de sorpresa ante las palabras de Benjamin. Sereno y taciturno se iba empapando de consciencia. 

-La magia se agrupa, tal y como podéis ver- sonrió Benjamin- todos vosotros, sois magos… pero vosotros cuatro –dijo mirando a Victoria, Liam, Akane y Ana- vosotros que aún no lo sabéis, lo descubriréis hoy. Todo mago que se precie posee un objeto que amplifica su poder. Un objeto que es su arma en la batalla. Un objeto que ha sido creado o concebido para él. Los objetos de poder no son cosas, son entes que eligen con quien comparten la magia. Ha de existir una afinidad entre objeto y mago, tanto es así que entre ambos se creará un vínculo que permanecerá imperturbable a través del tiempo, y, a su vez, en el espacio. Si alguno de los dos perece o es subyugado, el otro, habrá de encontrar de nuevo un compañero de viaje. Todos los objetos que hoy vamos a ver, han pertenecido con anterioridad a otros magos. Los lazos creados con ellos ya no existen y ahora os han buscado a vosotros. Por eso estáis aquí.

Benjamin caminó por primera vez ante sus invitados ante el estupor de estos, se dirigió al centro de la sala y señaló una de las esquinas de la estancia. Preguntó: 

- ¿Qué veis ahí? bajo la estantería.  
- Libros- aseguró Ana precipitadamente.
- No, eso es lo que ven tus ojos, querida. Observa con la luz que te fue otorgada.

Todos ellos miraban bajo la estantería intentando ver algo frente a los libros que ésta alojaba.

-Una mesa, creo ver una mesa- dijo Jacques- una mesa llena de…  ¿Llena de qué? ¿No lo veis? está ahí, frente a la estantería.- gesticuló impaciente.

Todos sus compañeros miraban hacia donde señalaba Jacques, Zorro Gris, silencioso, sonreía. Poco a poco la imagen, difusa e indefinida de una mesa, se fue dibujando y apareciendo a los ojos del resto de los incrédulos y asombrados observadores.

-Siempre estuvo ahí- dijo Rudy desde el fondo- es simplemente que no mirabais del modo adecuado- añadió mientras se acercaba a ellos y se colocaba entre la mesa y éstos -acercaos- dijo- si ya habéis abierto los ojos a la luz interior, todos podréis ver ahora la mesa y los objetos ¿todos lo veis? Bien - prosiguió, ya que ninguno de ellos dijo lo contrario- si me permites Ben... sois ocho y en la mesa se hallan dieciocho objetos. Diez de ellos no os pertenecen. Son los diez objetos de los compañeros que jamás llegaron a hasta aquí. Los objetos alcanzaron Mhanseon atraídos por la posibilidad mágica que la casa desprende, y algunos se acomodaron en la mesa a la espera de su lazo. Otros no están ahí, se aposentaron en otros lugares de Mhanseon, siendo un total de veintitrés.
Entre ellos y vosotros existe una conexión, os pertenecéis unos a otros. No compartís con ellos igualdad de fuerza, algunos de esos objetos no son nada sin vosotros, otros, simplemente os utilizaran de catalizador, en todo caso, os necesitáis. Los objetos sobrantes, como ya os he dicho, son de los que no se atrevieron a venir, por tanto, continúan esperando la llegada de su compañero. Os advierto que si tocáis un objeto que no os pertenece, este,  se defenderá, y aún así, hoy, cada uno de vosotros deberéis coger el vuestro. Ni Benjamin ni yo sabemos cual es el de cada uno. Eso es algo que solamente sabréis vosotros cuando lo tengáis cerca. Debéis sentirlo.

- Y ¿todo esto para qué?- preguntó Liam adelantándose un paso de sus colegas- habláis de batallas, de objetos mágicos, de caídos… y aún no nos habéis dicho ni contra quien hay que luchar, ni por qué motivo. 
- Sabréis las cosas a su debido tiempo.- contestó Rudy – Como hasta ahora. – Sentenció.

Zorro Gris se acercó a la mesa, con esos andares oscilantes que confiere la edad. Al llegar frente a ella comenzó a entonar un cántico apenas perceptible, un ritual pacífico aprendido en la tribu a la cual pertenecía, una llamada a la equidad y el equilibrio de su espíritu hacia los objetos. Sus pies se movían rítmicamente y sus ojos permanecían cerrados mientras oraba.
Finalmente se detuvo y dijo: 

-Cada uno de ellos fue creado en un tiempo separado, por medio de cánticos mágicos, humo de tabaco y oraciones. Extraídos de la tierra, robados del fuego, arrancados del poder de los vientos y creados de la saliva. Fueron cubiertos por un capuz blanco para preservarlos, y ahora, han vuelto para encontrase con nosotros.

Dieciocho objetos esperaban en la mesa a ser reconocidos.

La preocupación se reflejaba en el aspecto de todos los presentes, pequeñas arrugas en la expresión y rostros tensos eran la prueba del malestar general que los recorría. Como contrapunto la excepción era Jacques, que parecía algo más que entusiasmado con los nuevos acontecimientos y el ajetreo que provocaban.

-Huele a jazmín- Dijo Ana rompiendo la elipsis - ¿oléis el jazmín? Liam asintió, el resto no parecía tener demasiado interés por las palabras de Ana. Alguno de los invitados  se acercaba con cierto temor a la mesa, otros, paseaban por la biblioteca, indecisos. Tembo, no demostraba pasión por nada de lo acontecido en la sala aquella mañana y permanecía, apático, observando a través de la ventana como las hojas bailaban en los árboles. Maiia miraba a una distancia prudencial  dos orbes que se presentaban en la mesa, suspiró. Victoria intentaba controlar su nerviosismo leyendo un viejo volumen de Chaucer que había elegido para el momento, sin apenas haber empleado tiempo en su elección. Akane miró a Ana. -yo también huelo el jazmín- dijo al pasar por su lado cuando, acercándose a la mesa, dio una ojeada sobre las cosas que reposaban en ella.

Rudy alzó las orejas, afinó el olfato y miró fijamente a Benjamin. Encontró que los ojos de este, ya se habían fijado sobre los de él y permanecieron así, inmóviles, mirándose firmemente durante unos segundos.
Un pequeño destelló afloró en la mirada de ambos, Rudy ladró de un modo inusual en él, Benjamin soltó una enorme risotada. El perro, salió corriendo hacia la puerta de la biblioteca, salió por ella, volvió a entrar, daba enormes saltos y movía la cola de un lado a otro. Repitió este acto varias veces y por fin, entró de nuevo en la biblioteca, cansado e insatisfecho.
Benjamin tragó saliva, había perdido el destello en la mirada, abatido, se dio media vuelta y se dirigió a la chimenea donde había dejado la silla un rato antes, se sentó en ella y susurró: -Ebediyet.

-Un truco maravilloso, espectacular. La aparición de la mesa de la nada. Ha sido increíble- Jacques se movía por la sala, se acercaba a la mesa y pasaba las manos por encima y por debajo de ella, intentando encontrar los hilos y a su vez, deseando no hacerlo. -¡Increíble! ¡Increíble!- repetía extasiado. 

- ¡Mandrake! - alzó la voz Liam, que intentaba llamar su atención sin demasiado éxito. 
-¡Oh! Disculpa, estaba en otras cosas. Cosas importantes ¿te fijaste que en la mesa hay dos Grimorios? Pero no está el volador ¿Por qué? ¡Ah! et c’est très important… no encuentro los hilos. - continuaba emocionado y sin apenas atender a Liam, que comenzaba a desesperarse.
- ¡Lebeau! Olvida el Grimorio. - dijo malhumorado y perforándolo de repente con una rápida mirada. -Está pasando algo raro ¿No lo notas? ¿No sientes el olor a jazmín? ¿El suave movimiento de las cosas? ¿Ese rumor en el aire?

Jacques Lebeau lo miró perplejo, una mesa acababa de aparecer de la nada, dos Grimorios desconocidos reposaban sobre ella junto a algún cachivache que era incapaz de reconocer, y, su estimado compañero se preocupaba de un olor a jazmín, que él, ni siquiera podía percibir.
-Oh mon dieu ¡- exclamó indignado.

- No existe ni viva ni muerta- Dijo Akane a la espalda de Liam, dirigiéndose a él.
- El olor a jazmín es el lugar donde se esconde- añadió Maiia que se sumaba a la conversación en ese momento, sin saber, al igual que Akane, porqué motivo conocía ese detalle.
-Yo sé su nombre- dijo Ana que se había acercado a ellos, y se disponía a pronunciarlo cuando Rudy comenzó a ladrar impertinentemente a los pies de Ana.
- No debes contar todo lo que oyes, Ana- le regañó. - porque muchas veces oyes cosas que no deberías saber. – Ana se azoró- Esa es una de tus dispensas, y ahora has de aprender a controlarlas antes de que ellas te controlen a ti. ¡No aprenderéis jamás! – Se exasperó-  Hoy es un día muy importante para todos nosotros, sin embargo creo que la reacción que esperaba Benjamin era otra muy distinta a la que habéis demostrado. Creo que en cierto modo, sufre una pequeña decepción.

Benjamin había sido el anfitrión perfecto, incluso Liam se sintió avergonzado por las palabras de Rudy, de algún modo intuía que Benjamin necesitaba angustiosamente la ayuda de todos ellos, y que él no estaba preparado para complacerlo, tal y como Rudy había profetizado en tantas y tantas discusiones que habían mantenido a lo largo de aquellas tres semanas. 
Ana le acercó otro whisky a Liam, le guiñó un ojo y le dijo -Más hielo que alcohol. Hasta yo necesitaría hoy algo así.- le sonrió afianzando la complicidad que ya mantenían, y continuó, dirigiéndose al perro: -¿tenemos que coger algo de esa mesa?

-Benjamin debe continuar su explicación. Dejemos que se reponga.

Sobre la mesa se advertían objetos de lo más dispares, algunos de los presentes eran capaces de reconocer varios de ellos. Nadie era capaz de reconocerlos todos. 
Se veían claramente dos orbes, uno pequeño, sobre un pie de mármol blanco  colocado en la parte derecha de la mesa, y otro, que se presentaba dispuesto inmediatamente a la izquierda de este, y que era con diferencia, más grande que su afín, yaciendo asentado sobre una base broncínea.
Los dos grimorios evidentes en la sala eran el Galdrabók, cuyas citas escritas en rúnico, que se dejaban oír al observarlo y el compendio de símbolos mágicos que acompañaban su presencia, no dejaban lugar a dudas sobre su identidad, fue por este motivo por el cual rápidamente, un sagaz Jacques, lo reconoció. Junto a él, la llave menor de Salomón. También conocido popularmente por el nombre de el Lemegeton, expresamente por su contenido y las detalladas descripciones de los espíritus, así como los conjuros necesarios para invocarlos, hacían que este Grimorio reflejara un espeluznante mensaje, y posiblemente por ello, permanecía solitario en una de las esquinas de la mesa.
También parecía estar claro que aquella espada clavada en una roca era por su apariencia, la que le fue entregada al Rey Arturo por la Dama del Lago a petición de Merlín, y sin embargo, la pequeña y herrumbrada espada que reposaba a su lado, lejos de semblar un objeto mágico, recordaba más a un trasto recogido de cualquier zoco. Del mismo modo, sobre un cojín de seda roja y terciopelo dorado, dormía, reservada, una varita mágica, y apoyada humildemente sobre un vulgar pedrusco algo más atrás, como un extraño contrapunto, un palo, un sarmentoso palo que a Ana le resultó bastante familiar.  
El indio, mientras, miraba embelesado aquella caja blanca llena de letras en sus botones, de la cual,  colgaba un cable y le llamó la atención un símbolo que una etiqueta azul dibujaba: BEEP.  Tembo Mandaka observó el tintero y la pluma de faisán que estaba pegada a él irguiéndose hermosa desde el receptáculo, "quisiera poder descifrar los símbolos y saber que hay escrito en esa piedra” pensó, refiriéndose a la placa que adornaba el pie de la escribanía.   

- Edgar Allan Poe- le apuntó Ana. - es un escritor estadounidense nacido en  Boston en 1809…  ¡coño! ni siquiera es de tu tiempo. ¡Es de tu futuro! qué raro suena joder- y se distrajo mirando a Victoria que parecía, por primera vez, preocupada.

En el lateral de la mesa, una vara se apoyaba sobre un gancho agarrado al aire por oscuras telarañas y  por su  lado opuesto, permanecía flotando.
Aunque los objetos parecían estar colocados sin orden ni concierto, presidiendo el centro de la mesa, aquello que parecía tan sólo una copa engalanada con asas de oro era el Santo Grial, el hedor que desprendía de la sangre derramada, el dolor que producía mirarlo, no dejaba lugar a dudas. A su izquierda, oculto, en una diminuta cajita labrada dormía el anillo de David, aún parecía estar custodiado por el Arcángel Miguel y se podían escuchar las palabras de Salomón, Incluso sus risas. Tras éste, y aunque ninguno pudiera imaginarlo en aquel momento, el sudario de Lázaro que esperaba aún ser encontrado por los primeros ojos que volverían a mirarlo. 
Al fondo de la mesa, una vieja máquina de escribir, la máquina que fue cómplice de H.P. Lovecraft en la descripción de dioses y mundos, que estaban más allá del suyo y que habían dejado profundas huellas en la humanidad, se hallaba colocada, sobre un escalón de madera, siendo, para la mayoría de los presentes, otro objeto extraño.
La máscara de Horus era sin embargo fácilmente reconocible para los que nacieron tras su aparición….. una capa doblada con extrema exquisitez se acomodaba, como si fuera un regalo dentro de una hermosa caja de madera y, junto a ella, una horrible cacerola de cobre con su base ennegrecida de haber sido colocada sobre fuego en incontables ocasiones.

Jacques se acercó a mirar los objetos, miraba los grimorios y se estremecía, una cierta desilusión le estranguló las entrañas, no dejaba de preguntarse porqué el Grimorio de Fulcanelli no estaba entre ellos.
- Si no está el grimorio ¿qué debo coger?-se preguntaba desilusionado.

Benjamin fue describiendo los objetos que se hallaban expuestos. Alguno de ellos muy someramente, con otros se extendió algo más. Tras la breve disertación, se levanto de la silla de ruedas y caminando hacia la mesa, se colocó de espaldas a ella para dirigirse a sus aprendices:

-Queridos amigos, no podemos demorar más este momento. Sé que para todos vosotros va a ser difícil. La visión de la vida y del mundo que hasta ahora conocíais, hoy termina. Se acaba aquí, las puertas de un cosmos oculto para vosotros hasta ahora, se abren. No puedo prometeros nada, ni que salgáis vivos. Sólo espero que los supervivientes de la batalla podáis mirar atrás con orgullo, sabiendo que hicisteis lo correcto. Suerte. Elegid.

Benjamin se hizo a un lado de la mesa, volvió a mirar a su pequeño ejército de mortales no instruidos, y pensó que las últimas gotas de luz mágica estaban allí, frente a él, sus objetos mágicos los estaban buscando y en ese universo no existía nada más. La última estela mágica del planeta tierra, Aysel Daima el nombre por el cual era conocida, recuperada a través del espacio-tiempo y recogida en Mhanseon.

Liam miró a sus compañeros, clavó los ojos en Akane recordando sus palabras, después miró a Jacques, que le devolvió la mirada infundiéndole la poca seguridad que el mismo sentía, Liam asintió esbozando una obligada media sonrisa y se adelantó un paso.

-Damas y caballeros, si a bien os viene, comienzo yo eligiendo. 

Benjamin, quizá más serio de lo que jamás se le había podido ver, se apartó a un lado de la mesa tras comprobar que el resto apoyaba la iniciativa de Liam, y después, se alejó de ella.

“Por una vez en tu vida” se repetía mentalmente mientras se acercaba a los objetos. “por una vez en tu vida, hazlo bien”. De espaldas al resto y ya frente a la mesa, Liam fue estudiando una a una las piezas colocadas sobre ésta “¿Qué debo saber? ¿Qué debo sentir? ¿Cómo sabré cual es?” su respiración se aceleraba, ninguna de aquellas cosas le decía absolutamente nada. “…si os equivocáis, el objeto se defenderá…” retumbaban en su mente las palabras de Rudy. Pasó a una distancia prudencial la palma de su mano sobre alguno de los objetos. Claramente alguno de ellos lo repelió, cosa que él pudo sentir de forma nítida por el escalofrío que lo recorrió al hacerlo, no obstante, otros no reaccionaban a su presencia de ningún modo, y se desesperó. Dio la vuelta buscando a sus compañeros y encontró los ojos de Ana, que, acercándose decidida a él, dijo: 
-Ya sabes cuales te temen ¿a cual no temes tú?- volvió a mirar los objetos, esta vez fijando su vista sobre la hermosa espada y alargando la mano hacia ella, la colocó ya por fin en posición para blandirla cuando se detuvo el tiempo, dando paso a la memoria. “Apta para un Rey digno, leal y honrado, para un corazón noble y libre. Creada para un Rey inglés… ¿un rey inglés? ¿Qué coño estoy haciendo? ¡Antes muerto que inglés!” y en un instintivo movimiento empuñó la herrumbrada espada que estaba a su lado y la alzó levantándola de la mesa, un poderoso golpe lo sacudió, Necesitó de las dos manos para controlarla. La espada iba limpiando su hoja, expulsando el óxido y los orines que la cubrían desatándose en fuego y convirtiéndose en un gran mandoble.
Liam permaneció en pie, asiendo por el puño una llama que señalaba el cielo, mientras iba uniéndose a ella, todos miraban asombrados, excepto Benjamin y Rudy que lo hacían complacidos.
La espada de Gabriel había vuelto y acababa de encontrar su portador.  

La muerte no puede existir sin la vida, igualmente la vida no puede existir sin la muerte. Bajo este mantra, Akane se acercaba a la mesa, desprovista al completo de pensamientos ajenos al momento. Caminaba despacio, absorta en la música que el Tantra provocaba en su percepción natural de las cosas. Colocada frente a la mesa, Akane la pequeña de tres hermanos, vio de nuevo pasar frente a sus ojos la muerte de los dos mayores a manos de los fieles seguidores del trimurti. Sintió de nuevo la sangre caliente en sus manos de niña, y el terror que le producían los filos de estilete, el silencio que perdura tras los muertos, y el frío que los embarga. El sonido del pasado se hacía fuerte en su memoria, revolvía las entrañas de Akane y la demonizaba. “No huyas” pensó “no hay donde esconderse”.
El terrible influjo del cual estaba provisto el objeto de Akane, vomitaba rabia, y ella podía sentirla desde que éste había despertado para llamarla. Supo cual era desde el mismo momento en que se presentó en la sala frente a la mesa, y, sin embargo, deseaba por encima de todas las cosas estar equivocada. 
Extendió sus blancas y pequeñas manos hacia aquella caja de madera que le hablaba. “Soy el caos que trae la sabiduría. Respeta la naturaleza incontrolada como la última realidad” y Akane, sin opciones, se vio compelida a obedecer.
Cogió la prenda como el regalo que era, la caja cayó al suelo sin que ella se apercibiera, y asió con fuerza la tela de aquella capa negra que no dejaba de hablarle y entonces, dirigiéndose a los presentes dijo:
-Kali se encuentra aquí porque Brahmá, Visnú y Shivá, existen en las sombras.

Victoria se levantó, tensa, del butacón donde permanecía sentada desde el comienzo de la elección. 
-Quiero ser la siguiente.- Dijo en un acopio de valor. Benjamin le sonrió y señalando la mesa dijo:
–Adelante.
Los primeros pasos de Victoria hacia la mesa fueron vacilantes, sentía que no estaba preparada y, aún así, caminaba hacia ella sin levantar la vista de uno de los objetos que llamó poderosamente su atención desde el primer momento. “Sé cual es mi objeto” se repetía mientras se acercaba. “Sé cual es. Me ha llamado a mí, y voy a recibirlo”.
La exquisita educación recibida por Victoria no la había convertido en una mujer fuerte o desenvuelta, ella era más bien el pequeño arlequín de sus progenitores, una bella muñeca, ilustrada y aparente, pero frágil e indecisa. 
Llegada al pie de la mesa, no dudó un solo instante qué objeto debía recibir entre sus brazos. La copa, el Cáliz de sangre creado a disposición y antojo de leyendas y mitos, se albergaba en aquella taza de ágata, y Victoria deseaba asir entre sus manos la benevolencia y el amor que a su parecer, desprendía tan hermosa belleza.
Acercó su cuerpo hacía el centro de la mesa, rodeando la taza levantó la copa y la alzó al cielo en un acto de supremacía absoluta, se inundó su alma de una enorme paz y, en silencio, se volvió al butacón de donde se había levantado minutos antes.

Jacques se revolvía por la sala, caminaba de arriba abajo, miraba a Ana, a Maiia, metía las manos en los bolsillos, las sacaba, recolocaba su chaqué o golpeaba el suelo con el bastón, que iba de la mano a la axila de manera continua.  Se adelantó un paso en dirección a la mesa en el mismo instante que el viejo Zorro Gris. Éste, sin mirarlo, con un gesto de su mano, le indicó que se detuviera y esperara su turno, Jacques, amilanado ante la orden, se detuvo y se apartó acercándose a la chimenea.

Zorro Gris a diferencia de sus compañeros, se colocó de frente a todos los presentes, en aquel rancio rostro de imperturbables facciones, se volvió a esbozar  una sonrisa que todos ellos pudieron ver. El indio alzó las manos y entonando otro de sus cánticos, agradeció el momento y la oportunidad, después, sin duda alguna y sin temor, agrandando el esbozo de sonrisa, ya convertida en gesto inconfundible, se dio media vuelta y cogió el portátil llevándolo a su pecho.
-¿Eso qué es?- preguntó Jacques en voz baja y sorprendido. Benjamin miró a Rudy. Ana le contestó con el mismo hilo de voz 
–Seguro que lo que parece, no- mientras, el indio comenzaba a absorber todo aquello que el objeto deseaba compartir.
Una silenciosa explosión de luz, creó del vacío un collar que rodeó el cuello del indio, cayó la carcasa que mantenía oculto el talismán y quedó a la vista la reliquia de la sabiduría y el poder de la verdad.
Zorro Gris, cayó hincando las rodillas en el suelo, e instantáneamente fue empapado por la fuerza del peto del Rey Salomón.


Aysel Daima, la última estela mágica del planeta tierra, se estaba convirtiendo en realidad a pasos agigantados. Liam Wall se aferraba a su espada y sentía que el fuego de sus manos se encauzaba a través de ella. Akane Fujida, se iniciaba en el arte de encontrar respuestas nacidas de las palabras que Kali susurraba en su corazón, enfocando su piedad, su temor y su silencio, canalizados a través de la capa que las unía. Victoria, arrebujada en el butacón, plena de paz interior, trasladaba sus recelos hasta convertirlos en transparencias espirituales, y se fundía en la profundidad del recipiente. Al otro lado de la sala, Zorro Gris, añadía en su génesis, dos mil años ilustrados de reminiscencia atávica.
Todos, hasta el momento, parecían haberse mimetizado en los objetos elegidos. 


Ana se adelantó a Jacques, que de nuevo había realizado un intento de aproximación a la mesa. 
– Las damas primero- le sugirió Ana. 
- Por supuesto- aceptó Jacques disgustado.

El rostro de Ana perfilaba un enorme bienestar cuando, frente a la mesa, recordó por qué aquel palo, aquel retorcido palo de aspecto astroso, le resultaba tan familiar. Dio un respingo y volvió la cabeza buscando a Rudy, emocionada. Sin embargo Rudy, que tenía órdenes explícitas de no intervenir, agachó la cabeza ocultando la mirada de aprobación que deseaba reflejarle.
-Ojala yo fuera una maga- dijo en voz alta dirigiéndose a todos. – porque os juro por Harry Potter, que adoro esa varita. Pero intuyo que jamás habrá en la faz de la tierra objeto semejante para mí, así que me conformaré con ese palo. Más rugoso, más feo y más vulgar. Más como yo- y alargó su mano, enganchando la manga de su jersey en una de las cerrajas del Galdrabók  provocando con ello, un temblor en la mesa. –Perdón- se apresuró a decir. El libro mágico dejó de rugir y los objetos se acomodaron de nuevo.
Todos contuvieron la respiración un instante, incluido el perro. 
–Lo siento- dijo Ana mirándolos. –Ya. Me centro- y asió el palo, esta vez con cuidado de no tocar absolutamente nada más.
Se giró con un retorcido bastoncillo en la mano. –Sigue frío- pensó, y lo agarró con ambas manos por sus puntas. Crepitó. Tras algo similar a una convulsión, de un golpe el palo enderezó su forma, los trozos de madera que a modo de envoltorio protegían el interior, se deshicieron cayendo al suelo chisporroteando. El fresno, oculto, asomaba al exterior con la imperiosa necesidad de volver a oler la vida. Ana, exaltada, lanzó un grito de alegría mientras alzaba las manos con su varita entre ellas. Un tiro certero apuntado hacia la araña de cristal, hizo que esta se desplomara en el centro de la sala. Todos hicieron gestos con las manos indicándole a Ana que se estuviera quietecita. –Perdón- volvió a decir Ana.
Merlín, se había levantado juguetón. 

Benjamin observaba a Victoria que, relajada completamente, permanecía aún en el butacón ajena a los sucesos acontecidos en la sala. La varita mágica de Merlín había sido diestra al realizar su disparo. Desde su eje, lugar donde ardía el reflejo aún candente de ésta, y colocada justamente en el centro de un triángulo perfecto, Benjamin, Zorro Gris y Akane quedaron conectados, siendo las visiones de cada uno de ellos un vitral para los demás. La voz de Kali se deslizó desde la mente de Akane a través del hilo que unía el triángulo, la visión ancestral del indio, y removió las entrañas de sus dos compañeros de escena. Benjamin los silenció recordándoles que el resto debía elegir aún, y dando un paso atrás, salió del influjo del eje. Rompiendo así el hechizo

Tembo Mandaka se aproximó a la mesa pasando por el lado de Maiia, que dudaba por momentos de sus habilidades como hechicera y se negaba a acercarse a ella.
Tembo, se dirigió sin dilación a uno de los laterales de la mesa. Entendió que aquello que en el aire se sostenía era una vara para dominar el ganado que alimentaba a los suyos. La familiaridad que le producía el verla, y el bienestar que ello le provocaba, hizo que se convenciera rápidamente de cual debía ser su elección. 
Sin embargo, la vara, algo más astuta que él, se había colocado a una altura considerable, por encima de todos  sus compañeros y frente a sus ojos.
Tembo extendió ambos brazos y colocó las grandes palmas de sus manos bajo el bastón, esperando que él mismo se soltara de las invisibles ataduras que lo sostenían y cayera, preciso, para fundirse con él.
Tembo deseaba volver a su tierra con un influjo protector para su pueblo.
Tembo necesitaba afianzar sus sueños.
Tembo quería…
El bastón se soltó y cayó a las manos del Massai tal y como éste había deseado. 
Se descascarilló rápidamente, dejando a la vista las runas y los símbolos hebreos que reposaban secretos en el alma del báculo.
El cayado de Moisés, la Esperanza de todos los mortales, había regresado de su largo sueño.

Jacques, incapaz de variar su desencantada actitud se acercó a Maiia ofreciéndole el paso, ésta, apurada por sus propios pensamientos y temores aceptó la proposición de su amigo, y se dirigió hacia los objetos.
“Soy  bruja, los hechizos vienen a mí sin yo temerles. El futuro de los seres no es ningún secreto. Todo aquello que se vea reflejado en agua o en un cristal, es de mi incumbencia. Si hay un objeto ahí que pueda hablarle a mis ojos, ha de ser para mí” – pensó- Observó los orbes, eran tan explícitos y llamativos. Sin embargo, no podía ver en ellos más que dos esferas cristalinas. Nada que pudieran contener, desencadenaba emoción alguna en el corazón de Maiia. “Si he de reconocerme en algo, esa cacerola ha sufrido lo mismo que yo” ,y extendiendo su mano la cogió por un asa. La enterneció el sufrimiento que trasmitía el fondo quemado de su base, el olor a humo, las señales que el calor había dejado en ella, y, queriendo protegerla, la cubrió con sus brazos cerrando los ojos mientras de ellos caía una lágrima. Una lágrima diáfana y repleta de savia y de vida, con el calor necesario medido al milímetro. Cayó dentro de la maltrecha cacerola y esta, la recibió, trasformando su pesada y oscura máscara de cobre, en un cristal diamantino y trasparente asentado sobre unas manos de plata que eran copia exacta de las manos de Maiia.
Por fin, sonrió, el orbe de Maya, diosa hindú de los sueños y la fantasía, era ahora, tal vez lo había sido siempre, suyo.

Las miradas de los invitados se dirigieron hacia Jacques que continuaba paseando, confuso, por la sala, todos lo miraron a excepción de Victoria, que cada vez parecía más aislada del momento, sin interesarse por  lo que iba ocurriendo, y dormitaba, ajena a su alrededor. 
- Ça va- exclamó Jacques, y se acercó renegando a la mesa. Despotricaba en su amada lengua materna e intercalaba exclamaciones en latín de manera inconsciente.  Comenzó a hablarle al Galdrabók, que no hizo ninguna réplica hasta que Jacques le comunicó el desagrado que le producía el simple hecho de no ver el Grimorio de Fulcanelli. En ese momento las correas del Grimorio se estiraron hasta sus límites en un vano intento de abrirse. Mientras, el Lemegeton, intentaba dejar libres todas sus almas, y la mesa al completo tembló.
-¡No!- gritó Jacques totalmente malhumorado –no es mi deseo acoger cualquier libro de hechizos, quiero aquel que ya vino a mí, que ya me enseñó que el poder no es la dominación, si no la compenetración, aquel que es más rápido que yo pero, que me necesita para compensar sus temores- y volvió a mirar a la mesa, nada, absolutamente nada de lo que allí había parecía ser suyo. Abatido y cabizbajo, dispuesto a reconocer su fracaso ante el resto, se dio la vuelta hacia ellos. Tragó saliva y alzó la cabeza en un digno intento de sincerarse, cuando por la gran puerta del salón, entró, volando, el Grimorio de Fulcanelli, que detuvo su vuelo justo delante de Jacques y, por primera vez, se colocó por debajo de su cabeza para dejarse coger sin esfuerzo.


De repente, una bruma arremolinada surgió de la copa que Victoria mantenía asida firmemente entre sus manos, Jacques, que era el único que permanecía al fondo de la sala de frente a toda ella, pudo verlo con claridad. Sin rozar el Grimorio con un gesto de su mano lo apartó en el aire, éste, se colocó a su espalda y voló siguiendo los pasos de su compañero. Los demás, que aún mantenían la mirada en él, se percataron de que algo estaba sucediendo. La cara del Gran Mandrake, no dejaba lugar a dudas. Siguiendo su mirada, todos pudieron ver aquella bruma silenciosa y blanca que surgía del cáliz de sangre.
Se acercaron despacio al butacón donde Victoria yacía sentada de espaldas a todos ellos.
La neblina, de forma elíptica, abarcaba el espacio donde Victoria reposaba, y giraba alrededor de ella, centrándose en la taza de ágata que sostenía entre sus manos.
No respondió a ninguna de las preguntas, ni atendió a sus compañeros, permanecía sumida en un profundo sueño. Victoria, en aquel momento, el rostro más hermoso que ninguno de ellos jamás hubiera visto, se iba desvaneciendo entre la niebla. Desapareciendo bajo el influjo del objeto. Simplemente, estaba siendo absorbida por él.
Cuando el cuerpo de Victoria se disipó completamente y quedó la imagen diáfana de su retrato, éste, entró dentro de la espiral y comenzó a girar en ella. El reflejo de sus manos aún agarraba por las asas el Cáliz, y permaneció así hasta que fue atraída por completo, en ese momento el Santo Grial cayó al suelo.
La magia había cobrado su precio.

La taza, recompuso sus grietas, no las producidas por el golpe, sino aquellas que Victoria había hecho en su muerte de paz, recuperó toda la niebla que aún quedaba dispersa en el ambiente, tragando así los últimos vestigios del alma de la chica, y se alzó, henchida, delante de todos, que se apartaron rápidamente de ella.
El Santo Grial, suspenso en el aire, y colocado en el centro del círculo que los nuevos magos formaban, proyectó evocadoras imágenes frente a ellos a la vez que repetía de modo incesante atractivas promesas. 
– No miréis, no escuchéis- Advirtió Liam que notaba como la espada de Gabriel, desde el cinto, ardía en deseo de alzarse. Levantó las manos extendiéndolas hacia los demás, y estos, imitando el gesto de Liam, crearon alrededor del Grial, un campo mágico que el Cáliz fue incapaz de soportar. Dispersó de nuevo la bruma desde su base, y tal y como había hecho con el alma de Victoria, fue disipándose.
Volvió a oírse el golpe de la taza en el suelo, pero esta vez, no había nada allí donde debía estar el objeto.
El Santo Grial, el Cáliz de sangre, había huido de Mhanseon.

Una luz intensa proveniente de la mesa, hizo que todos desviaran la atención hacia ella, la pluma de Edgar Allan Poe se había alzado y cabrioleaba en el aire de manera imprecisa, moviéndose de un lado al otro, arriba y abajo sin cesar, de repente, se detuvo a una altura considerable de la mesa, apartada del influjo que el resto de objetos escupía. Bajo una estela de humo escribió en el aire:

“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”(1)


El humo, coagulado, dejó caer la ceniza lentamente hacia el suelo, pero esta, se dirigió hacia la boca del tintero de Edgar, introduciéndose en su interior y volviéndose nuevamente tinta, la pluma, volvió a su vasija. 
La madera que servía de base al conjunto se petrificó en segundos, el dorado recipiente que albergaba la pluma cambió su estado metálico para convertirse en un nuevo depósito creado en la raíz de un tarugo de madera de olivo, y el cristal que acogía la tinta, cilíndrico y achaparrado, estilizó su garganta y oscureció su vidrio. La pluma sin embargo, mantuvo su apariencia. Todos habían enmudecido.
Desde ese instante el desigual rayo de luz, que el objeto acababa de adoptar en su nueva forma, estaba preparado para doblarse con un nuevo ser.

-Queridos amigos,- Benjamin comenzaba apenado su coloquio- hoy, hemos sufrido la pérdida de una compañera, ha sido el primer golpe que la magia ha dado en Mhanseon, esperemos que sea el último.

Se encontraba cercano el crepúsculo del día y los recién nacidos hechiceros compartían estado de ánimo, siendo la primera vez que todos ellos parecían estar conectados astralmente. La pérdida de Victoria a manos de la magia, no podía dejar sino, una profunda huella en sus corazones. No habían sido capaces de separarse en el trascurso de la jornada. Afligidos, buscaban en la mirada de otro las respuestas de las cuales carecían por ellos mismos.
Tras la cena, Liam se dirigió a la puerta de entrada de Mhanseon y salió a los jardines camino del refugio que solía albergarlo en los momentos duros. Arrastraba la espada, e iba maldiciendo entre murmullos. Lentamente, su figura se fue desdibujando en la distancia hasta que, por fin, desapareció al pie del sendero y sólo se podía imaginar qué marcaba de nuevo el roble.
Maiia también salió de la casa, pero no se adentró en los jardines, se sentó en el último peldaño de la escalera y contemplando las estrellas y la luna  reflejadas en la esfera, comenzó a llorar.
Algo similar hizo Akane al llegar a la puerta, mientras miraba la capa negra de Kali, ahora parte de ella.
Atraída por el aroma a jazmín, Ana, atravesó también la gran puerta del vestíbulo saliendo al jardín. Caminó escaleras abajo pasando al lado de sus amigas sin decir una sola palabra.

El olor se intensificaba en el interior del laberinto de setos. Liam salió de su particular santuario, seducido también por la fragancia que, poco a poco, inundaba los jardines. Los cuatro magos perceptivos a la esencia, se acercaron al pórtico de acceso al laberinto.

Ana, fortaleciendo sus poderes previos, ya era capaz de mantener un enlace mental entre varios de sus compañeros sin apenas dificultad. Todo aquello que ella siempre había reconocido como una innata intuición, si era sumada a la varita mágica de Merlín, con esa encantadora torpeza de la cual la muchacha era poseedora, la convertía en el nexo de los magos de Mhanseon.
Todos oyeron los pensamientos de Ana.

Maiia miró entonces el orbe que sostenía delicadamente entre las palmas de sus manos. El viaje a través de las llamas le permitió desnudar todas las almas, conocer todas las entelequias. Cruzando el cristal de Maya, todos los seres del universo, en pasado, presente y futuro, dejaban la huella de sus actos, sin saber que ella, podría verlos en cualquier momento, desde cualquier lugar. 
– Es tan nítido, que no puedo asegurar que sea corpóreo- Maiia, obviamente, era, desde su mirada azul, los ojos del grupo.
La conexión maldita que Akane mantenía con la muerte unida a su honorable  silencio, hicieron de ella la persona idónea para que Kali, una diosa de orígenes hindúes, la eligiera como portadora de su capa. El potencial de Akane estaba  muy por encima del conocimiento que ella misma poseía sobre él. Podía ver la muerte, olerla, y finalmente sentir cada una de ellas como propia. Ahora debía aprender a luchar contra la parca, siendo el Fénix de Aysel, con un único fin: vencerla.
Asintió con la cabeza cuando los demás la miraron.
Sólo entonces Liam aflojó la presa sobre la empuñadura de su espada. Relajó sus músculos y se sintió aliviado. Aysel Daima había sido buscada y encontrada, y la luz que él irradiaba dentro de ella era, con diferencia, la más intensa. No en vano su elemento lo había elegido para convertir a aquel escocés impertinente, en el guerrero natural de la cruzada.

Se adentraron entre las paredes del laberinto. Maiia guiaba al resto, caminaba en cabeza sin dudar en ningún momento cual era el camino para llegar al centro de éste. Akane, que durante todo el día había paseado la capa de un lado a otro entre las manos, por fin, se decidió a colocarla sobre sus hombros, aceptando su destino. Liam había dejado de creer que estaba maldito a partir del momento en que la espada canalizó el fuego que desprendía, haciendo que su rabia se disipara, quizá por ello, mantenía su mano izquierda sobre la empuñadura, relajadamente. Ana había colocado la varita en uno de los bolsillos de su tejano.
  -¿Tú nunca has tenido un tirachinas?- le dijo a Liam cuando éste, miró su trasero descaradamente y con un claro gesto de extrañeza. 
–Bonito culo- contestó contrariado.

La intensidad del olor del jazmín se acrecentaba conforme se acercaban a su destino, y allí, en el centro del laberinto, sentada en uno de los bancos de piedra que rodeaban la imagen en bronce de Orfeo ,una desconocida y extraña mujer, los esperaba.

-No lo habéis hecho mal, mis queridos y pequeños destellos de Aysel - dijo levantándose, distinguida y señorial. Alzando el rostro y mirando el cielo, incluso más allá de las estrellas, añadió - Soy Ebediyet. Y he sobrevivido- 

- Ebediyet es a quien estaba esperando Benjamin esta mañana- afirmó Ana mientras miraba la luna que aquella noche alumbraba los jardines, cuando de repente, señalándola, preguntó: -¿Qué es eso?- todos miraron hacia ella, incluida la recién llegada a la que Ana había hecho salir bruscamente de su éxtasis, y que al ver la oscura mancha que planeaba sobre sus cabezas, pasmada, exclamó: -¡Li Po!-


(1) Extracto del poema “El cuervo” de Edgard Allan Poe.

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