Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

13 de marzo de 2012

Fulcanelli por Aspid


El libro había quedado sobre la mesa del salón, frente a la chimenea y abierto. Benjamin dormitaba y Rudy corría por el jardín. Ana se calzó las John Smith, se recogió el pelo en una coleta y salió persiguiendo al perro, dejando tras de sí, la puerta de par en par.

“Junto al estanque de los patos, Liam bebía del vaso sin separarse de la botella. Ajeno a los gritos y el ruido que formaban la extraña y el can. Fue necesario que la muchacha cayera sobre su pie derecho para sacarlo de su ensimismamiento..

        -¡Pero qué…! ¿De dónde coño sales? ¿Quién demonios eres?

Exclamó un Liam algo menos borracho que de costumbre, pero lo suficiente como para ser maleducado.”

Ana detuvo un instante el juego con Rudy para observar, curiosa, a aquel hombre con el que acababa de tropezarse en los jardines.

Liam Wall era otro eslabón perdido en la puerta de la locura. Había llegado a Mhanseon tras una serie de incidentes con la justicia. Ladrón, tramposo y trapacero, aún conservaba el instinto de supervivencia intacto.

Era por naturaleza desconfiado, por elección soez, y frío por necesidad.


          -Mira tú por dónde que parece que me acabo de encontrar con la alegría de la huerta- respondió una escéptica Ana. 

Liam levantó una ceja y soltó una tremenda carcajada. Abrió los brazos de modo esperpéntico y gritó eufóricamente - ¡Abrázame!- La muchacha, sobresaltada por lo inesperado del gesto, no pudo evitar dar un respingo hacia atrás y acabó pisando la cola de Rudy, éste, saltó contrariado y se encaminó a los pies del sauce mientras murmuraba en voz baja y despotricaba sobre el estado del estrafalario personaje.

          -Déjalo -le gritó a la chica-, es un borracho. No debería estar aquí. Siempre que existe un problema, él anda de por medio…

          -Jodido perro- Replicó el interesado- Alguien debería haberte cortado la lengua esa que tienes… O mejor el cuello.
Prosiguió Liam sonriendo sardónicamente.

Ana miraba a uno y otro lado, dado que se habían situado en extremos opuestos a donde ella se encontraba, dejándola en medio.

          -¡Anda! Vosotros no os lleváis muy bien que se diga. ¡Je! ¿Y bien? ¿Vais a contarme a qué se debe tanto cariño? ¿Es casual ese amor que os profesáis?
Rudy se sentó sobre sus ancas, alzó el cuello y lo ladeo suavemente, un cierto y señorial aire aristocrático se apoderó de su pelaje blanco y moteado y comenzó a hablar:

  -Míralo bien, y cuando lo hayas mirado no lo pierdas de vista. Benjamin piensa que es especial, que va a ser necesaria su presencia. Benjamin no tiene por costumbre errar en sus conclusiones y aceptamos que el caballero, el escocés endemoniado, le prenda fuego al ala oeste de la casa en un día tonto...
-¡Eso fue un accidente!

Interrumpió el escocés, vociferante y altivo. El gesto brusco de sus brazos, qué acompañaba  con énfasis su explicación, provocó que derramara el vaso de whisky sobre su bien cortado traje de tres piezas. Intentó secarse, pero para ello debía dejar el vaso y la botella, así que se sentó de nuevo en el banco que presidía el estanque, apoyó la botella en una de sus rodillas y la frente, a su vez, en la boca de esta.

Rudy continuó, mirando a Ana y vigilando a Liam de soslayo.

-Un accidente… -suspiró apenas perceptiblemente- Ese accidente casi acaba con la vida de Jacques Lebeau.- dijo a continuación en un tono bastante  más agresivo que el anterior y dirigiéndose a Liam.

-Oh sí, casi acaba con la vida del Mago... – Ironizó - ¿De qué le sirve ser el Gran Mandrake, Rudy? ¿Tú lo sabes, perro parlanchín?– Liam interrumpía continuamente mientras mantenía la cabeza gacha, escondida. Rudy optó por ignorar sus negativas e hirientes intervenciones-

-Te decía, mi querida niña, que Liam es nuestro huésped más antiguo. Por aquel entonces, cuando llegó, ya era así de impertinente y poseía ese regusto de marqués destronado que aun conserva. Sus manos, como puedes observar, son las de un hombre que se lo encontró todo hecho en la vida. Ególatra y malcriado, se ha convertido en lo que ves.

Los caminos que lo designaron a pertenecer y ser parte de Mhanseon, son, para mí, uno de los más grandes misterios de la casa. Soy capaz de ver su luz, pero ignoro donde nace.



Benjamin siente una especial debilidad por este hombre, lo cual también me parece un enorme misterio… -tras una pequeña pausa, causa de una inesperada reflexión, continuó- Ana, entiendo porqué motivo llegaste tú a Mhanseon, y sé cual es la finalidad de tu presencia, es más, estoy convencido de que serás capaz de llevarla con cierta facilidad, sin embargo Liam… No, no le veo capaz.
Liam debería cambiar mucho y yo, perro viejo como soy, no creo que pueda hacerlo a estas alturas de su vida.

-Entonces ¿Eso es lo que tanto te molesta de él? ¿Su rebeldía? 

Interrumpió Ana mientras observaba como Liam, que se había levantado, se alejaba del estanque adentrándose en el bosque por un sendero. Entre las piedras que adornaban el estanque había dejado el vaso y por el camino se deshizo bruscamente de la botella, ya vacía, arrojándola lejos.

Al adentrase en el bosque, los pies de Liam hacían crujir la hojarasca que alfombraba el sendero. Se dirigía con paso firme y decidido a su pequeño santuario. Allí, bajo un añoso roble, aislado emocionalmente del mundo, intentaba recomponer el organigrama básico de su consciencia. Aquello que él consideraba y denominaba su “locura  base”.

No solía conseguir más que desesperarse en sus fútiles intentos de comprender todo aquello que desbordaba sobremanera su mente racional.

Ana lo siguió a una cierta distancia con la precaución que el desconcierto otorga. Mientras caminaba, vio y oyó cosas incognoscibles para sus sentidos. En un claro intento de orientarse, volvió la vista atrás y comprobó que Rudy, sentado a la entrada del sendero, observaba, vigilante, cómo ambos se adentraban en la espesura del bosque. Deseó que entrara con ellos y se detuvo, para ello, levantó su brazo y le hizo una inconfundible señal de llamada. Sin embargo, Rudy, terminó de recostarse sobre sus patas y hundió su cabeza entre las delanteras, agachando las orejas con la intención de no darse por enterado. Cerró los ojos y decidió ignorarlos.

Cuando Ana hubo llegado al lugar dónde Liam se encontraba, se detuvo un instante para observarlo. No parecía quizá tan agresivo como se había presentado un rato antes; erguido frente al roble le pareció un hombre no especialmente corpulento ni excesivamente alto –sólo me saca una cabeza- pensó –una y media a lo sumo, y yo estoy estupenda con mi metro sesenta- prosiguió en su examen -¿De que color tiene los ojos? ¿Marrones, como yo? ¿Qué hace tan interesante que no se da la vuelta?- se preguntaba Ana mientras Liam, plantado de espaldas a ella, hendía una raya en la corteza del árbol. 

          - Acércate- dijo - ¿ves? Cada raya significa qué, de nuevo, algo extraño ha sucedido. Hoy, tú eres lo extraño. Sé quien eres. – Sentenció condescendiente-

          - ¿Te ha dado una luz de repente? Hace un rato casi me aplastas. – Espetó Ana, molesta-

- Hace un rato estaba borracho. – Añadió Liam como toda justificación-

  - ¡Ah! ¿Y ahora ya no? – Ana se sintió desorientada- Estupendo. 

Liam continuó trazando su pequeño dibujo en el árbol. Ana apreció que redes de rayas decoraban una maltrecha corteza, rayas minúsculas sombreaban lo que un día fue un tronco sano, se acercó y colocada tras la espalda del autor del dibujo, miró por encima de su hombro.

-No voy a contarlas ¿cuántas hay? y ¿a qué huele aquí? ¿Por qué te ha llamado Rudy escocés endemoniado? ¿Por qué le pegaste fuego a la casa? ¿Por qué no me contestas? Coño, y ahora que lo pienso ¿Por qué habla el puto perro?- Ana disparó su habitual verborrea sin demasiada dificultad-

Liam contestó por orden- Treinta y cuatro- sin girar la cabeza, ocupado en su tarea de inscribir la muesca número treinta y cinco -Y huele a jazmín- continuó- es invierno y no debería oler a jazmín, y aunque fuera primavera tampoco debería oler a jazmín puesto que no hay ningún jazmín cerca, están todos en el invernadero.-Su tono se iba haciendo paulatinamente más bajo y centrado- Me llama escocés endemoniado porque nací en Escocia y le prendí fuego a la casa. Y le prendí fuego a la casa, porque estaba enfadado y salieron de mí todos los demonios de este mundo. Posiblemente también los del otro. Tiembla pequeña por ello... ¡Ah! Y el puto perro, sí… El puto perro no habla.- concluyó sorprendentemente.

Liam se giró dispuesto a encontrar un rostro estupefacto, su media y cínica sonrisa lo delataba, y en el pequeño espacio temporal que supone girar la cabeza para encontrar el rostro sorprendido de Ana, esperaba también que ésta le preguntara quién era el Mago y porqué motivo le había prendido fuego a la casa con él dentro.

Abrió los ojos de par en par cuando vio que Ana no había escuchado absolutamente nada de lo que decía y que empleaba su tiempo rebuscando bichos en un matorral cercano.

Liam, desconcertado, sonrió satisfecho por primera vez desde su llegada a Mhanseon.


Unas horas más tarde, ya en el crepúsculo, la casa recuperaba la armonía en el silencio de sus paredes interiores, los invitados se recogían en sus habitaciones antes de reunirse en el salón, y en esos espacios de tiempo dedicados a la relajación, el viejo Benjamin y el perro, tenían por costumbre dejar pasar las horas en la biblioteca, alejados del mundo, con la intención, nunca baldía, de reencontrarse.

Rudy, espitoso, saltó varias veces sobre la alfombra del salón, mordisqueando una raída pelota y ladrándole de vez en cuando. Después, la empujaba con las patas en un intento de salir corriendo tras ella, y cuando la pelota se escondía bajo algún mueble,  incrementaba el volumen del ladrido. Benjamin se percató rápidamente de la excitación de su amigo e intuyó que las cosas seguían su cauce.

          -¿Cuántas muescas van?-Preguntó el viejo Benjamin.

-Las suficientes- fue la alegre respuesta de su compañero que continuaba totalmente absorto en su juego. Se detuvo y se acercó a Benjamin. – Las suficientes- Recalcó, dejando claro que estaba atendiendo las cosas importantes.

Liam entró en el salón frotándose las manos y carraspeando, se dirigió hacia la chimenea mientas controlaba por el rabillo del ojo a Rudy, y se acercó a ella con el paso tan rápido que los papeles que dormían en el escritorio volaron cayendo al suelo, sin embargo, un extraño libro que los acompañaba, pareció apartarse de su gesto airado. Al llegar al fuego, acercó las manos a las llamas intentando recoger el calor que desprendían y volvió la cabeza para comprobar que el perro, continuaba jugando con la pelota. Aprovechó ese mismo acto para saludar a Benjamin, y se dejó caer para desplomarse en la butaca.

Benjamin contestó al saludo mientras golpeaba el suelo con su pie derecho y limpiaba la trompeta con una cierta indiferencia bien estudiada.

Liam, aún tirado en la butaca, canturreaba, incómodo y a la expectativa. Con un gesto agresivo introdujo los dedos entre el pelo que le caía por la frente y llevó hacia atrás, con sus manos, la rubia melena que le caía sobre los ojos, entonces, incorporó el torso dejando reposar sus antebrazos en las rodillas, y miró a Benjamin, pero este continuaba absorto y ajeno, ignorando voluntariamente  la angustia de la que Liam era preso. Éste miró el fuego. Desde su llegada a la casa, Liam veía sombras entre las llamas. Hizo un rápido movimiento lateral con su cuello desviando la mirada de las mismas. Sombras. Continuaba habiendo sombras entre las llamas. Volvió a mirar a Benjamín preguntándose interiormente si él también las veía, finalmente y ante el silencio que reinaba en el salón, volvió a   girar la cabeza para comprobar, a su pesar, que el perro continuaba vivo y, durante unos minutos fue incapaz de sacarle la vista de encima mientras elucubraba. Se distrajo un momento para comprobar que el libro continuaba sobre el escritorio y fue entonces, cuando Benjamin rompió el lacerante silencio.


          -No habla, es cierto. Rudy nunca ha sido capaz de hablar. Y si, también es cierto. Tú puedes oírlo. Y otrosí, también veo las Sombras que duermen dentro de las llamas de esta chimenea. Y no, que yo haya contestado a tus preguntas antes de que las formularas no es motivo para que te acerques al bosque a hacerle otro corte al roble. De hecho, deberías dejar de hacerle muescas. El día que se enfade vas a sentir toda su ira.

Benjamin acercó la copa a sus labios y degustó tranquilamente el coñac, dejó la copa sobre la mesa junto a la otra, y sacó el tabaco de liar de una cajita de madera labrada, inclinó la cabeza invitando con un gesto a Liam para que se sirviera, a lo que él le respondió con otro gesto rápido negando la invitación. Benjamin comenzó a liarse un cigarrillo hábilmente mientras, sin levantar la vista del tabaco, proseguía hablando:

  -Verás Liam; tú, al igual que todos los habitantes de Mhanseon estás aquí por un motivo concreto. No eres una persona fácil de manejar sin embargo. Te supera el miedo. Te has empecinado en no querer comprender, en no colaborar. Me gustaría que de vez en cuando te dejaras llevar por las emociones pero sin llegar a esos extremos que te perjudican a ti más que a nadie. Has de aprender a controlarte, a canalizar tu rabia, tu energía. A concentrarlas en un punto y crear con ellas. Más adelante ya aprenderás lo destructivas que pueden llegar a ser… - Benjamin calló un instante para continuar disciplinario- …sé educado y discreto durante los próximos minutos, Liam.

La aparición del Gran Mandrake, tropezando en la tupida alfombra, sobresaltó a Rudy y terminó por el momento con el monólogo. Era esperada su entrada, cómo demostraba la copa que Benjamin levantó hacia el recién llegado cuando éste consiguió recuperar el equilibrio y enderezar su charolada chistera. 

El Gran Mandrake, nacido Jacques Lebeau en una pequeña aldea del sureste de Francia en 1857, no era una persona especialmente destacable en ningún aspecto. De tamaño mediano, cerca del metro setenta y cinco  de estatura y con unos setenta kilogramos de peso en el armazón. En su rostro enjuto destacaba una prominente nariz que su oscuro pelo y su pálida piel hacían, si cabe, aún más memorable.

Jacques miró a Liam mientras se estiraba el chaqué y recomponía su imagen, dando un giro entre los dedos a su bastón, colocándolo con una maestría envidiable bajo su axila izquierda, alzó la barbilla y dijo –Bon soir, y gracias Benjamin- mientras, tomaba la copa para oler el coñac.

 

- ¿Qué tal tu día, estimado Jacques?- preguntó Benjamin.

-Oh bien. Creo haber visto una habitante nueva en Mhanseon ¿es cierto? – profirió de un modo exquisito con un acento ligeramente francés.

 Liam tocaba su barbilla con los dedos, controlando la puerta y el escritorio donde aún permanecía el libro, y observaba también al perro y a Benjamin, después, clavó los ojos en la mirada de Jacques, taladrándolo.

  -Es cierto señor Mago, -dijo con retintín- hay una nueva habitante en Mhanseon. Dime  ¿Vas ha hacerle uno de tus números? ¿Vas a sacarle un conejo de la chistera? 

Jacques ignoró lo que consideraba un hiriente comentario, y dirigiéndose a él continuó:

  -Rudy debe ser viejo. Quizá esté algo sordo ¿Qué opinas Liam? ¿Le pegamos fuego por ello?

Liam tomó aire preguntándose si los minutos de educación y cortesía ya habrían terminado y mirando a Benjamin dijo -¿Cuántos años tiene ese chucho? El maguito está intrigado, Ben- 
Benjamin apagó el pitillo, giró la silla y muy cortésmente dijo dirigiéndose a ambos: -Buenas noches. Sois insufribles. Podríais pensar en firmar la paz, por el bien de todos- dirigió la silla hacia la puerta, Rudy le siguió con la pelota en la boca y ambos se marcharon a descansar.

La puerta del salón había quedado entreabierta, el Gran Mandrake se acercó al fuego – vas a quemarte la perilla- dijo Liam con sorna poco disimulada y acercándose a Jacques –será un placer si no eres tú el causante de tan enorme tragedia- contestó Jacques sin levantar la vista del fuego, utilizando el mismo tono antipático con el que había comenzado la conversación.

  -Vamos, deja de odiarme por eso, fue un accidente. Eres un rencoroso. – Exclamó Liam en un desagradable tono-

-No te odio, sólo te desprecio. – Le contestó Jacques irritado y, después bajó la voz para preguntar- ¿Quién es la morena?

-Una tal Ana- Liam también susurraba a la vez que vigilaba la puerta entreabierta.

-¿y qué sabemos de ella? 

-Pues no mucho. Que ha llegado aquí como todos nosotros y que se pasa la vida en la inopia. Es divertida… –Liam, mirando hacia el escritorio, se percató de un detalle. Cogió a Jacques del brazo, presionándolo con fuerza- ¿dónde se ha metido el libro?

Jacques, que hasta aquel momento había tenido su cuerpo inclinado hacia la chimenea se irguió de repente, miró hacia el escritorio, puso las palmas de las manos hacia arriba, comenzó a abrirlas y cerrarlas, mientras, con la boca abierta no conseguía articular palabra. El caballero escocés lo señalaba con un dedo. 

-Qué no se te ocurra ponerte a tartamudear ahora, - le advirtió –no     están. Benjamin y el dálmata engreído no están. Tenemos que encontrar el libro y tiene que ser ahora - Liam se levantó de la butaca.
–Esta-esta-estaba ahí hace un minu-minu-minuto- consiguió decir Lebeau – otra vez no ¿ese-ese-ese libro se esconde de nosotros o qué pasa?- continuó, señalando al escritorio.
-No me lo puedo creer- dijo Liam llevándose las manos a la cabeza – la última vez que te dio por tartamudear casi te achicharro. Estás más guapo calladito, te lo aseguro- le increpó.
-Te salió fuego de las manos y me prendiste la cola del chaqué- argumentó intentado serenarse.
-Vale, está bien. Vamos a calmarnos- sentenció Liam recolocándose el cabello que volvía a caerle sobre la frente.


Se detuvieron ambos intentando recapitular los hechos y ninguno de ellos recordaba que Benjamin hubiera cogido el libro. Liam paseaba por el salón intentando comprender qué había fallado esta vez. Benjamin no solía permitir que ningún habitante de la casa permaneciera solo en esa estancia, por alguna razón que ellos desconocían, el salón, estaba normalmente custodiado por Rudy.

-A ver Jacques, hemos convencido a Benjamin de nuestro odio mutuo. Él piensa que no confiamos el uno en el otro, y por ese motivo se ha llevado al perro chivato. Por lo tanto, él no se ha llevado el libro. Ese jodido libro ha vuelto a esconderse solo. ¿Pero dónde y por qué?

-No lo sé Liam, no lo sé. Lo único que sé, es que lo necesitamos si queremos respuestas.

 Jacques y Liam se miraban. Sentados frente al fuego, ambos habían perdido la fachada que les protegía del poder de Mhanseon.

 El Gran Mandrake no se preguntaba porque Rudy hablaba, ni tampoco porque se entendían entre ellos si cada uno hablaba un idioma distinto. Recordaba su vida antes de Mhanseon de un modo claro: las actuaciones, su afinidad con la magia y el ilusionismo, y, aunque no se sentía a disgusto en aquel lugar, necesitaba saber qué estaba haciendo allí y porque había sido elegido.

Liam, también recordaba su vida anterior y las palabras repletas de promesas de su padre, sus estudios, la desazón que sentía cuando no podía comprender aquellas cosas que su racionalidad le advertía no eran posibles. Las respuestas para Liam no eran el porqué de su elección, sino el motivo de aquello que lo había abocado al alcoholismo para no enloquecer.

 ¿Por qué estamos aquí? –Preguntó Jacques, Liam negó con la cabeza- ¿Por qué sale fuego de mis manos cuando me enfado Jacques ? Esto es de locos. – Liam se acercó al mueble bar y cogió la botella de whisky.

  -Siempre que te veo estás ocupado con lo mismo, Liam- Ana apareció por la puerta, mirando el reloj y estirándose los puños del jersey, somnolienta. Jacques se incorporó y se acercó a ella, no sin antes tropezar con la mesa, con una gran sonrisa en el rostro y la mano extendida dispuesto a presentarse. 
– Jacques Lebeau, el Gran Mandrake. A su servicio, señorita- dijo, esta vez sin tartamudear. Liam observaba divertido esperando la respuesta de Ana, ésta, no se hizo esperar y fue plenamente de su gusto.  
– ¡Coño, el mago de la pirotecnia!- El escocés empezó a reír a carcajadas 
- Te dije que era divertida- afirmó de un modo rotundo 
- ¿Qué le has contado?- preguntó Jacques mientras sentía invadida su intimidad.
– Que pegó fuego a la casa contigo dentro ¿o eso me lo dijo el perro? Ahora no me acuerdo- Dudaba Ana. 
- No habléis de mí a mis espaldas- profirió indignado. 
– No fue a tus espaldas, es que no estabas- explicó Ana convencida de lo categórico de sus palabras. Liam no podía parar de reír.
Comenzaron a reír todos.

  - Yo soy Ana,-se presentó- Ana Drago. ¿Por qué tengo la sensación de haber estado aquí antes?- Los dos hombres se miraron, Jacques la cogió de la mano y la llevó hacia la chimenea.
  -Siéntate- le propuso, y comenzó a hablar- verás; de alguna manera todos nosotros hemos estado aquí antes de llegar. Este lugar ha sido, creemos, parte de nosotros durante un tiempo hasta que finalmente hemos tenido acceso a él. Fuimos, simple y llanamente, elegidos.- Liam intervino.
- Hace unas semanas, Jacques descubrió casualmente que Benjamin tenía en su poder un libro- Jacques le corrigió y continuó.
- No exactamente un libro, o más bien no un libro cualquiera. Era el Grimorio de  Fulcanelli. ¿Sabes lo que es un Grimorio? -preguntó dirigiéndose a Ana, que negó con la cabeza, Jacques prosiguió- Bien, un Grimorio es un libro mágico.
-  Aja, como el que estaba en mi casa- afirmó Ana.
- No, -le corrigió Liam,- ese, era un billete de autobús- dijo mientras apuraba el vaso, Ana levantó las cejas y miró de nuevo a Jacques, este contestó.
- Bueno sí. Ese libro, el que no tiene título ni numeración, también es un libro mágico, pero es más bien tal y como apunta Liam, algo parecido a un billete. Sin embargo el Grimorio no. El Grimorio de Fulcanelli tiene las respuestas a las preguntas. Es el libro más poderoso que ha existido jamás, el último libro escrito bajo el poder de la alquimia, y recoge en él, todos los conocimientos mágicos de los últimos cuatrocientos años, en lo que fue la última época mágica de la humanidad. 
- Quinientos. Quinientos años- Intervino Liam. 
- Para mí no compañero, para mí son cuatrocientos… Ciertamente, esto de venir de épocas distintas puede llegar a ser muy engorroso, cherie.
- ¿Épocas distintas? ¿Exactamente qué significa “de épocas distintas”? 
-Significa que yo nací cien años antes que el escocés y creo que algunos más antes que tú. Una noche, tras una actuación, al retirarme al camerino de aquel teatro de Brest y tras haber recogido todos mis enseres, recordé que el libro de tapas doradas se había quedado en el armario. Juro que pensé en dejarlo allí, hacía días que me trastocaba. Sin embargo cuando ya iba a salir por aquella puerta, di media vuelta, abrí el armario y allí estaba: Mhanseon. Y querida, puedo asegurarte que en el año del Señor 1890, encontrar el sendero fue extraordinario. Es evidente lo que hice después ¿no? Aquí estoy. Y en cuanto a nuestro amigo escocés, creo que su llegada no fue tan brillante cómo la mía pero si mucho más liberadora. ¿Cierto?
-Supongo. -Respondió molesto el escocés- ¿De que año vienes tú, muchacha?
-¿Qué de que año vengo dices? Estamos en el año 2015. Todo el mundo lo sabe.
-Error- le contestó el mago- Aquí el tiempo no existe tal y como tu lo concibes. Tú dices que vienes de 2015, yo vengo de 1890 y nuestro enfurruñado amigo creo recordar que viene de 1995. Incluso hay una mujer por aquí, Maiia, que, si no me equivoco, pertenece al siglo XVII.
-Libros mágicos, viajes en el tiempo, perros parlanchines. Ya no me viene de un sobresalto más- cerró Ana el tema.- Ya lo hablaremos luego con más tranquilidad, de momento supongamos que os creo. 
Sigue con eso del libro mágico.

-Como quieras. Sabemos que está aquí, en alguna parte de la biblioteca del salón, querida. Tenemos que encontrarlo. Cuando Liam quemó el ala oeste conmigo dentro fue porque estábamos a punto de pillarlo, casi lo teníamos cuando a Liam se le escapó una llamarada... Le sucede cuando se enfada -especificó, Ana comenzó a reír-
- Pues me da que se enfada a menudo, al menos contigo- y dirigiéndose al escocés le preguntó -¿No bebes demasiado?- Liam la miró de arriba abajo, en silencio, después, continuó la historia que había comenzado Jacques. 
- Estaba ahí arriba -dijo señalando la estantería más alta- Jacques se subió a la escalera mientras yo la sujetaba, pero el Gran Mandrake tuvo que dejar caer el libro y este, salió volando. 
-Sobre tu cabeza ¿No?- afirmó Ana sonriendo burlona.
-No- continuó Liam- salió volando literalmente, salió por esa puerta -Señaló la del salón- esquivó la lámpara y se fue.

Ana, quizá algo incrédula, miró a Jacques, que afirmó con la cabeza asegurando que lo que Liam contaba había sucedido de ese modo.
- ¿Y a donde fue?- Preguntó Ana.
- Al ala oeste, creemos que a esconderse- Dijo Jacques- Yo me puse nervioso, comencé a tartamudear. 
-¿Tartamudeas?
- De vez en cuando... -Se sonrojó-  Liam me señaló, detesta que tartamudee y, como era de esperar, me prendió fuego. A partir de este incidente, Rudy y Benjamin controlan día  y noche que el salón no quede nunca con un solo invitado. Es como si esperaran que nos controláramos unos a otros. Por eso Liam y yo practicamos esta enemistad, con el fin de que Benjamin no imagine que, nosotros, aliados, vamos tras el Grimorio…

  --Maravilloso chicos- espetó Ana –Lo del Griforio y todo eso ¿y si nos vamos a dormir? Por favor... –añadió bostezando.

Liam y Jacques se sonrieron, cómplices, y asintieron ambos con la cabeza, Liam dejó el vaso sobre la mesa. 
- ¿Griforio? ¿Ha dicho Griforio?- Masculló a la vez que Jacques se recolocaba el chaqué.
-Creo que sí- respondió, y dirigiéndose todos hacia la salida apagaron las luces del salón, dando la cacería por terminada esa noche.

-¿Quien es Fulcanelli?- Se oyó al fondo del pasillo. 
-Buenas noches, Ana- contestó Liam entrando en su dormitorio. 
-Dulces sueños- Acompañó Jacques que cerraba también entonces su puerta. 
-Pues si qué...- Protestó Ana, y se acostó con la sensación de que no había entendido nada.

 En días sucesivos, la principal idea de Jacques y Liam era encontrar el modo de atrapar el Grimorio, para ello decidieron contar con la ayuda de Ana, qué, evidentemente, se ofreció voluntaria para tal menester.

Durante los largos paseos que Ana y Jacques realizaron en estos días por los jardines de Mhanseon, éste, intentaba averiguar de modo discreto y sin demasiadas preguntas cual era el motivo por el cual Ana había sido elegida. Por más que la miraba no conseguía obtener la clave. A diferencia de otros habitantes de la casa, ella, a simple vista, no parecía tener ninguna habilidad especial.

- ¿Crees en la magia?- Preguntó de sopetón Jacques. 
– Creo que este lugar es mágico- Jacques comprendió entonces que Ana no era exactamente como ellos, cómo el resto de los invitados. Qué ella jamás había tropezado con un poder extraño como el de Liam ni había intentado desterrarlo porque no lo aceptaba. Qué tampoco era como él, que poseía esa capacidad de oler la magia y manipularla, o como los demás, que llevaban mejor o peor eso de ser diferentes, pero que en todo caso, eran conscientes de su diferencia.
No, Ana no era como ellos y Jacques no podía dejar de preguntarse quien era ella y sobre todo, qué estaba haciendo allí.

Cuando Ana se detuvo y le dijo 
– Somos amigos, Jacques- recordó que hacía mucho tiempo que nadie se había acercado a decírselo.

No, Jacques no sentía que tuviese amigos en la casa, ni  tampoco la necesidad de tenerlos y de repente, se angustió por ello.

- Sí, creo que sí- contestó a media voz.
- No, no te lo he preguntado Jacques- sonrió, se alzó de puntillas para besar su mejilla y se despidió adentrándose por el sendero que conducía al pequeño mundo de Liam.

- ¿Has vuelto a rayar el roble?- le preguntó al encontrarlo al pie del árbol   – No. Estaba pensando qué hace varios días que no le hago muescas. Debe ser culpa tuya- dijo un Liam extrañamente agradable. 
- Posiblemente- le respondió Ana, haciendo un gesto con las manos imaginando que retorcía su cuello.
Liam se preguntaba cómo aquella muchacha torpe y distraída, sin indicios de poseer grandes misterios, iba a ayudarlos en su tarea de atrapar el libro. 

  - ¿No vas a preguntar por el resto de habitantes de la casa? ¿No deseas saber quién y cómo son? – Liam la observaba - ¿No te has preguntado aún qué haces aquí, muchacha?- Apuntó certero. Ana se sobresaltó. Lo cierto era que no. Ana aún no se había hecho ningún tipo de pregunta, se limitaba a conocer a sus nuevos amigos sin pensar más allá del inmediato presente. 
– Deberíamos volver a la casa, hace frío- contestó una Ana dispersa. –Tienes razón Liam, también debemos hallar el Griforio. Vamos- concluyó, dando ya la espalda a Liam en dirección a Mhanseon. 
– Es Grimorio, no griforio… en fin- dijo Liam y comenzó a caminar tras ella, mientras pensaba que él no había dicho en voz alta nada sobre el libro.


En Mhanseon la tarde continuaba ajena a las conversaciones de los invitados, El Señor y el Guardián conversaban bajo el atrio del jardín; el Señor sentado en su silla, y el guardián recostado a sus pies.
- Estoy cansado Benjamin- dijo Rudy.
- Es porque te ha tocado la peor parte. Has de saber cuando morder y cuando no. Has de elegir el momento y las palabras. Liam es una persona difícil, pero es el más fuerte. Es imprescindible en nuestro propósito. Jacques... 
- No- interrumpió Rudy -con Jacques no hay problema. Es más, yo hasta diría que me aprecia- Benjamin soltó una carcajada
- Sí, nos quiere- le contestó- pero recuerda que los sentimientos que los invitados demuestren hacia  ti o hacia mí, no tienen porque ser los mismos. Tú ya sabes cual es tu misión en Mhanseon. Tú si sabes porque fuiste creado. Y me duele que sufras por ello. Pero pronto comenzará la batalla, amigo, no podemos caer antes de tiempo. - de nuevo la mirada de Benjamin pareció envejecer, y por un instante la de Rudy, también.

El reloj pasaba de las doce y tras la cena y unas horas de asueto frente a la chimenea, acompañadas de la música de Benjamin, los habitantes poco a poco, abandonaron la biblioteca y se fueron retirando a sus aposentos.
La biblioteca era el centro neurálgico del castillo de Mhanseon, lugar de reunión y reposo a un tiempo, sus más de cien metros cuadrados forrados de robles estaban presididos por una gran chimenea de piedra que ocupaba prácticamente todo un frontal. Los libros abarrotaban las estanterías de dos de las paredes reservando la última para un gran ventanal de cristal plomado. El suelo lo protegían varias espesas alfombras persas, que contribuían a calentar la gran estancia. Había varios sillones y butacas desparramados por la misma, con cierta mezcla de estilos en ellos, dos pequeñas mesas camillas, un gran escritorio isabelino, y un, algo más moderno, mueble bar, siempre bien provisto de distintos espirituosos, desde Absenta a Whisky recorriendo todo el abecedario.

Como cada noche, Ana y Jacques eran los últimos en levantarse de la silla. Jacques, recostaba su cabeza sobre el respaldo, cerraba los ojos y dejaba que la melodía lo embriagara. A veces golpeaba con el bastón en el suelo de un modo suave, acompasando la trompeta, otras, tocaba con sus dedos sobre sus piernas lo que pudiera ser un piano imaginario. Ana, se levantaba hacía la estantería, tomaba un libro al azar y leía mientras escuchaba la música de Benjamin, y de repente el viejo músico, dejó de tocar.

El silencio sacó a ambos de su letargo. Jacques abrió los ojos, Ana los levantó de la página y ambos los dirigieron hacia Benjamin que se disponía a darles las buenas noches, cuando ellos se le adelantaron 
– Vaya- interrumpió éste – tenéis prisa por que me marche a dormir veo. De todos modos… continuó- todos tenemos prisa. Id ordenando vuestras ideas. Se nos acaba el tiempo. –sentenció. –Vámonos Rudy- y se marcharon a dormir.

  - ¿Por qué ha dicho eso? Preguntaron en voz alta y a la vez cuando se quedaron solos. Ana rascó su cabeza, Jacques se colocó la chistera y asió el bastón, esperaban a Liam para buscar, de nuevo, el Grimorio.

Liam apareció pocos minutos después – Estaba esquivando al perro- explicó- ¿Por dónde empezamos? - dijo sonriendo mientras miraba a Jacques. –llevo un par de días pensándolo, y creo que… creo que no lo hemos hecho bien, sin embargo desconozco el modo de hacerlo correctamente. Ese libro ha de venir a nosotros, no podemos correr tras un libro que vuela. No, esa no es la manera de cazarlo- apostilló.

Mientras discutían el modo de hacerlo, Rudy entró por la puerta, señorial, e indiferente a la presencia de los tres habitantes. Los dos hombres se miraron y después miraron de nuevo al perro 
- Ya estamos todos, ¿tú no estabas durmiendo, chucho remilgado?- exclamó Liam. Ana consciente de que la presencia de Rudy no era especialmente grata en aquel momento, se levantó, se dirigió al lugar donde Rudy descansaba, se agachó a la altura de su cara y rascándole la cabeza le dijo: 
- Rudy, acabas de interrumpir una conversación privada ¿podrías ir a pasear un poco? ¿A robar algo a la cocina? ¿Si?- Rudy, sorprendentemente, se levantó y se acercó a la puerta, se detuvo, miró hacia atrás buscando a Ana, le ladró, y entonces salió del salón.


Liam le dio un collejón a Jacques 
- No digas nada que te veo venir. Esto también ha sido raro- Jacques afirmó con la cabeza 
- ¿Quien eres?- le preguntó Jacques a la chica. 
– Soy tu amiga ¿recuerdas?- contestó contrariada. Y por un momento y por primera vez,  Ana Drago, sintió que algo no encajaba. Liam Wall era un tipo extraño que de vez en cuando extendía las manos sin poder evitar que éstas expulsaran fuego. Además, presentía que mentía por costumbre, y, sin embargo, confiaba en él.

Jacques Lebeau, era un mago de pacotilla, que hablaba de aquel libro como si hubieran sido uña y carne. Sin embargo la pose que adoptaba frente a ella no tenía nada que ver con su continua actuación. Y ese acento afrancesado y afectado que utilizaba cuando se dirigía a otros… No lo conocía, no lo había visto relacionarse con nadie a excepción de Liam y Benjamin y sin embargo notaba cierta afinidad con él. Además y también por el mismo desconocido motivo por el cual confiaba en Liam, también confiaba en él. Algo parecía unirla a esos dos hombres.

- Soy expendedora de billetes en la RENFE- dijo, sintiéndose completamente ridícula. 
- No. De qué trabajas no. ¿Quién eres?- volvió a preguntar Jacques. Ana no comprendía la pregunta. Liam se acercó y puso su mano sobre el hombro de Jacques 
- Vamos a buscar el libro ahora que estamos solos.

 Ana se relajó observando como sus nuevos amigos intentaban averiguar el posible escondite del Grimorio. 

Apartaban libros de las estanterías, revolvían los asientos de los butacones, pasaron la vista por todas las tablas de las mesas, apartaron el mueble bar 
- Os falta mirar debajo de la alfombra- dijo Ana burlándose de ellos. -Poneros en el lugar del Grimorio- añadió- Imaginad que esa cosa es un animalito. ¿Cómo consigue uno que un animalito se le acerque?
- Ganándose su confianza, evidentemente -Dijo Jacques- ¡Hay que darle de comer!- exclamó 
- Acabáramos. Darle de comer a un libro. Hay que ser idiota- sentenció Liam mientras continuaba buscando con la mirada el lugar donde podía haberse escondido. 
- No Liam, Jacques tiene razón. hay que darle de comer- Ana comprendió en ese instante que no tenía demasiado sentido aquello que acababa de decir, pero antes de que pudiera pensarlo dos veces, Jacques se subió a una silla, alzó los brazos y se dirigió en voz alta al oculto volumen 
- Pequeño- dijo- Papá va a salir a buscarte la cena. No te muevas de donde estés- acto seguido se marchó del salón. 
- Sólo faltabas tú dándole alas- Ana se mantuvo en silencio, agachó la vista y tras unos minutos preguntó -¿Qué comen los libros? ¿Palabras? Liam cruzó los dedos de ambas manos y estiró los brazos, haciéndolos crujir 
- Éste debería comer encantamientos. ¿Lo has visto alguna vez?- Ana negó con la cabeza- Es grande y está encadenado. No a nada, sino sobre si mismo- Ana puso los ojos como platos 
- ¿Es peligroso?- Preguntó 
– Es incontrolable. Pero tiene las respuestas o, eso dice Jacques.  

Rudy entró con paso desgarbado en el salón trayendo un palo entre los dientes, se acercó a Ana y lo tiró a sus pies. 
- ¿Esto robaste de la cocina?- Ana hizo una mueca y se fue hacia la chimenea, Rudy volvió a tomar el palo y de nuevo se acercó  a ella para volver a dejarlo caer frente a sus pies. Ana se agachó y recogió el palo, sintió una extraña sensación, después dijo - Oye Liam, este palo da repelús
- ¿Qué?- Exclamó el escocés haciendo una mueca. No prosiguió porque en ese momento llegó Jacques, corriendo y acalorado, deteniéndose en seco cuando vio a Rudy sentado frente al ventanal dando la espalda a todos los presentes 
- ¿Encontraste lo que buscabas, Jacques?- preguntó Rudy sin girarse 
– Oh là là- contestó para sí, e instintivamente añadió un rotundo y claro- No-Cosa que por otro lado, era completamente cierta. Acto seguido, dándose media vuelta, se dispuso a salir tan deprisa del salón como había entrado en él. 
- Quizá esté más cerca de lo imaginas.- dijo Rudy precipitando los hechos- De lo que imagináis todos. Quizá no sea tan complicado hacerlo salir de su escondrijo, si tenéis con qué y sabéis utilizarlo- Liam tensó todos los músculos de su cuerpo, Jacques volvió a detenerse en seco, un escalofrío le recorrió la columna. Ana que aún sostenía el palo que Rudy le había traído, en un intento de desviar la atención de lo que le pareció una encerrona, movió el palo hacia los lados y gritó 
- Rudy guapo, ¡corre! ves y coge el palito ¿no querías que jugáramos con él?- y lo lanzó con fuerza por la puerta del salón hacia el vestíbulo.

El Grimorio salió de detrás de unos gruesos volúmenes encuadernados en cuero rojo y voló por la puerta tras el palo. Los tres quedaron petrificados. 

Rudy hizo un extraño movimiento con sus orejas y dijo 
- Esto va a ser más difícil de lo que Benjamin y yo pensábamos. Con estos tres energúmenos, es imposible mantener un plan. 

Aspid (Ana Obis)

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