Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

26 de marzo de 2012

Felicidad y tristeza por NClarín


Mansheon es la soledad.  Cada día que pasa hay que convencerse de que la realidad aquí es la que es para no enloquecer,  pero la locura se lleva muy bien con la soledad y la soledad está unida a Mansheon.  Se nota en cuanto entras en ella, en cuanto la vislumbras en la distancia. Es una soledad  tétrica, misteriosa y acongojante. Miras a los ojos de sus moradores y en ellos encuentras soledad, contemplas la mansión, y la soledad. Diríase que la soledad es la huésped más ilustre de Mansheon, o tal vez una intrusa  que nos está contagiando a todos su enfermedad sin darnos cuenta. Ahora cada cual vive enfrascado en sus propias meditaciones y pesquisas a la búsqueda de respuestas que aclaren o aporten pistas sobre los secretos que, presentimos, envuelven el presente y el pasado  de Mansheon y el de los  personajes que lo habitan, fascinantes todos ellos, pero enfermos de soledad.

El único momento del día en el que se mitiga esta sensación es el de la comida  cuando, a instancias de Arthur Tidesson, el hierático mayordomo, nos reunimos todos en el comedor.  Es el momento en que intento aprovechar  para ganarme la amistad de Victoria, esa enigmática mujer que, dentro de su apariencia de normalidad, me fascina, pero mis compañeros deben pensar lo mismo que yo, pues siempre se me adelantan, imagino que con las mismas intenciones que las mías. Tiene Victoria una conversación muy ingeniosa y una sonrisa envolvente que cautiva. Así que, como parte de mi plan para no morir en el intento de descubrir lo que esconde y guarda Mansheon, me he propuesto camelármela como primer paso para afrontar mi empresa., y también a Akane, en la que veo yo un corazón de oro y un tesoro de oportunidades para conseguir mis fines.


Entiéndaseme, no es que yo busque la amistad de Victoria y Akane con el exclusivo fin de introducirme en los secretos de Mansheon y en los suyos propios, antes bien, la procuro porque es un valor en sí misma que está por encima de cualquier interés, por noble y digno que sea, y aquí mucho más. Prefiero permanecer en la ignorancia de la cambiante realidad que me rodea sin con ello me gano la amistad de tan sugestivas damas, me conformaría con descubrir los suyos, pero en la vida los sentimientos puros no existen, todo está contaminado, todo adolece de un cierto tufo a falso que se manifiesta antes o después, en cuanto empiezas a rascar un poco. Todos buscamos alimentar nuestro propio yo y todos tenemos nuestras propias razones para hacer o dejar de hacer lo que hacemos o no hacemos.  Así es la vida, si el pollito quiere vivir tiene que romper el cascaron, si se quiere experimentar el amor en toda su grandeza has de sufrir, y si quieres peces has de mojarte el culo, no hay otra,  al fin y al cabo es lo que le da a la vida un plus  de incertidumbre, porque si todo fuera puro no habría lugar para la sorpresa ni para el misterio ni para la pasión, y la vida sería como un encefalograma plano, más aburrida que una procesionaria, y yo no he venido aquí a aburrirme, aburrirme ya me aburría   en el insufrible y soporífero ambiente provinciano de mi ciudad.

Porque a ver, ¿a qué hemos venido aquí? No, aquí no hemos venido a escribir sobre Manhseon y sus residentes, esta es la excusa perfecta, el motivo explícito, aquí hemos venido con un fin muy distinto cuya naturaleza solo guarda en su cabeza el conde Thorn y que yo me he propuesto descubrir, por eso he trazado un plan que incluye ganarme la confianza y la amistad de Victoria y Akane, un medio idóneo, creo yo, de conocer la hermética personalidad de Arthur, el solícito mayordomo del conde, pues lógico es suponer que conocen muy bien al personaje, y  lo que no sepa este de Mansheon no creo que lo sepa nadie.

Por tanto, para adelantarme a mis compañeros,  me apostaré en las cercanías del  comedor y cuando vea a Victoria llegar la abordaré y trataré de  entablar conversación con ella, lo cual me permitirá sentarme a su lado a la mesa y continuar nuestra charla.  Aún no sabe que la tumba ya no está, pues le dije a mis amigos que no dijeran nada. ¿O sí lo sabe?
La veo llegar a lo lejos, con su cabellera cobriza lanzando destellos de seda. Viene caminando despacio, elegante y erguida, vistiendo un traje de chaqueta color negro, sin blusa, luciendo un discreto escote en uve que muestra su piel blanca salpicada de pecas. Al verla venir me pregunto qué manos, qué bocas habrán explorado su cuerpo y besado sus labios. Salgo a su encuentro, le sonrío y me sonríe.

--Seguramente se sorprenderá –le dije a modo de saludo- pero la estaba esperando.

--¿Y por qué habría de sorprenderme? –me respondió- Usted ha venido aquí a la  espera de algo, hoy me espera a mí, mañana, quién sabe. La vida es una constante espera, ¿no le parece?
Empezábamos bien.

--Pues sí –le confirmé-, no se equivoca ni un ápice, hay quien espera incluso milagros, yo por ejemplo espero el milagro de su amistad.

--¿El milagro de mi amistad? Eso es mucho esperar –me responde con naturalidad mirándome a los ojos, con una sonrisa emparentada con la ironía.

--¿Quiere que pasemos al comedor? –le pido ahora mientras me aparto para abrirle paso.

Ambos entramos juntos y enseguida todas las miradas se posaron en nosotros, unas llenas de curiosidad, otras de envidia.  Recuerdo el primer día que nos reunimos en el refectorio: todos teníamos caras de miedo y desconcierto, apenas si nos atrevíamos a hablar. Sin embargo, hoy esa tensión que se palpaba en el ambiente ha desaparecido,  todos estamos ya más relajados y confiados, hasta alegres;  Ritman incluso  me ha mirado  y me ha guiñado un ojo, gesto al que yo correspondí con otro.  Nos sentamos, uno al lado del otro, como yo quería, como tenía planeado. Y comenzamos de nuevo a hablar. Fui yo quien rompió el fuego.

--¿Y usted, Victoria –le pregunté retomando la conversación-  a quién espera?

Pude haberle preguntado “qué” espera en lugar de “a quién”, pero tenía interés en personalizar la pregunta.

--Yo soy feliz en Manhseon y espero seguir siéndolo –se escabulló hábilmente.

¿Feliz? Me pregunté para mis adentros, ¿se puede ser feliz en soledad?

--¿Esa felicidad la ha encontrado aquí o ya lo era antes de venir?  –insistí.

--Me ha encontrado ella a mí –me dijo sin meditar su respuesta, sin especificar y sin mirarme.

O  sea, deduje para mí, que la ha encontrado aquí, por tanto uno viene a Mansheon, se instala cómodamente en sus aposentos, pasea bajo la lluvia, cuida de su gato, baila por las noches a la luz de la luna y la felicidad te encuentra mientras escuchas música romántica.  Me estaba resultando un poco complicadilla la señorita Robles.

--Qué torpeza la mía –me excusé- debí haberlo adivinado, por eso se quedó aquí definitivamente. Yo habría hecho lo mismo.

Victoria me miró con interés, como cuando me encontré con ella el primer día de mi estancia aquí y le dije que había encontrado una tumba.

--Me temo que está extrayendo conclusiones precipitadas, señor Clarín –me reprocha sutilmente.

--Perdón –me excusé-. Por cierto Victoria, ¿por qué no pasamos al tuteo? ¿No le parece que esta conversación está siendo un tanto encorsetada? Y si tenemos un horizonte de amistad, con mayor motivo.

Ella volvió a mirarme con interés, como estudiándome.

--Está bien, tuteémonos –dijo al fin-, no tengo inconveniente.

Y en esta pequeña concesión vislumbré yo que mi objetivo de ganarme su amistad iba por el buen camino.

--¿Te cuento un secreto? –me atreví después de su asentimiento- estoy deseando que me cuentes cómo te encontró la felicidad. Debe ser apasionante. A no ser que te refieras a mí…

No se esperaba mi ironía, se me quedó mirando fijamente, como si quisiera penetrar en lo más hondo de mi alma, tal vez desconcertada, luego dejó de mirarme y sonrió de manera abierta. Me la estaba ganando.

--¿No crees que la felicidad puede llegar a ti sin darte cuenta hasta que un día sientes que eres feliz? –Me preguntó respondiendo a mi pregunta.

La miré fugazmente antes de responder para asegurarme de que no bromeaba.

--Puede ser –concedí-, el problema es que no me lo creo.

--¿Por qué? –inquirió curiosa.

--Porque tu mirada dice todo lo contrario –le respondí mirándola a los ojos.

Era verdad, su mirada encerraba un fondo de tristeza que ella trataba de disimular muy bien con su sonrisa.

--A no ser –abundé al comprobar que me miraba pero no respondía- que sea compatible con la tristeza.

--La tristeza que adivinas en mí son estelas de mi pasado –respondió al fin-, tú también tienes una mirada triste, incluso tu sonrisa también lo es. Sin embargo pareces feliz, al menos en este momento.

Y no se equivocaba Victoria, no. Seguramente la tristeza es algo que ya nos acompaña desde el mismo momento en que venimos al mundo y a medida que crecemos va tomando forma, se va acumulando en nosotros mientras vivimos sin darnos cuenta y, huyendo de ella, buscamos la felicidad, pero la tristeza siempre acaba por alcanzarnos, y la felicidad, eterno objetivo,  se nos escapa entre los dedos  como agua de manantial, apenas  nos da tiempo a remojarnos los labios con ella. Puede que inconscientemente esa sea la causa de que  la tristeza vaya dejando su huella en nosotros y que se asome a nuestra mirada sin que nada podamos hacer por evitarlo.

--Entonces –le propuse- ¿debemos admitir que, incluso cuando somos felices, somos tristes?

--Solo el amor borra la tristeza de nuestra mirada –me dijo con un deje de amargura.

Su respuesta me transmitió la misma amargura que con ella se expresó. Pero a continuación tomo una decisión que me desconcertó.

--Lo siento –resolvió inesperadamente- pero debo irme, gracias por la charla.

Y con las mismas se levantó dejando el plato casi intacto y se dirigió a la salida. Apenas me dio tiempo a levantarme del asiento. La seguí con la mirada, sorprendido e intrigado,  y ella, antes de salir,  volvió la cabeza y me miró;  en su mirada triste vislumbré que se había producido el milagro que esperaba, que había nacido una amistad, la que nos uniría a ella a mí desde ese mismo momento.

NClarín

2 comentarios:

  1. Enhorabuena, NClarín, me ha gustado el texto, de hechura impecable y con reflexiones muy interesantes.

    Se abate sobre todo el texto un halo de nostalgia y tristeza contagioso. Qué daño nos ha hecho la educación recibida, ¿verdad? Se nos ha educado en la convicción de que la vida es un valle de lágrimas, más que un camino una vía dolorosa cuyo fin es buscar la felicidad. Y la felicidad debe ser un medio y no un fin.

    Nadie puede escapar de la tristeza, a menos que se tenga un corazón insensible, pero no hay que regodearse en ella o se entrará en una espiral de la que es difícil salir.

    Hay una frase de Mark Twain que me gusta mucho y que intento llevarla a la practica: “Guarda la tristeza para ti mismo y comparte la felicidad con los demás.” El positivismo es una fuerza impulsora muy importante y una parcela elemental de libertad.

    Besos y un fuerte abrazo.

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  2. Gracias, Mari Carmen, no sabes cómo me gusta que te guste mi relato. Lo que dices sobre la tristeza, de la que hablo en él, es así, no la buscamos como hacemos con la felicidad, pero siempre nos topamos con ella. De ahí la importancia de los sueños, sin ellos estaríamos perdidos.
    Te contaré un secreto que no quiero que le cuentes a nadie. La mirada de Victoria, esa mirada de fondo triste y sin embargo feliz, la vi en ti el día que presentaste tu libro. ¿Qué puede hacer nadie para vaciar la tristeza de su mirada sino el amor? Tú ese día estabas radiante, te sentías querida, tu mirada brillaba, sin embargo ese rictus de tristeza seguía en ti. ¿Qué puede hacer que Victoria se sienta feliz en Mansheon? Que se sienta querida. Por tanto, en mi imaginación, Mansheon es un lugar triste, pero hay amor, hay soledad y muerte, pero también belleza. Con todo esto juego, amiga. Gracias por tu comentario.

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