Atrapada en un lugar del espacio-tiempo indeterminado, la mansión —cuyos habitantes no pueden abandonarla pues han sido seducidos por ella —, puede despertar en cualquier lugar o época de un modo imprecedible. Eso lo decide la pluma del escritor o escritora que se aloje en Mhanseon. Pero… ¿quién vive en la mansión? Pasa y lo comprobarás.

24 de marzo de 2012

Da Nang, Vietnam 1975 por Laura Frost



Llueve a cántaros y en el porche de madera de una pequeña casa cerca del mar, una mujer de frondosa cabellera rubia y con la mirada instalada en el infinito, se mece lentamente sobre una antigua mecedora, cubriéndose las piernas con una manta de cuadros escoceses. Las gotas de agua chisporrotean exultantes sobre una arena blanca y sobre un mar, que cuando está en calma, presume de aguas cristalinas. Es época de monzones. En el interior de la casa, reunidos alrededor de la mesa y dos tazas de café, su hermano y una amiga, repiten el gesto de las últimas tardes desde que él llegó, observar a  la mujer de frondosa cabellera rubia a través de la ventana.

—Creo que nunca me he sentido tan lejos de mi hermana.


—Louise es ahora inaccesible para todos nosotros, no te sientas tan culpable —musita la amiga tratando de confortarle.

— No es culpabilidad, es impotencia —replica él, y se recuesta en el respaldo, permitiendo que toda su frustración se escape a través del nebuloso humor de sus ojos.

— Nada puedes hacer.  Ella tiene que despedirse de él. 

- Pues está tardando mucho.

—  Estás siendo muy poco sensible, ¿no crees? ¿Dónde está el médico atento que eres?

— No se trata de sensibilidad — se defiende Sigur con una mirada dura —, es una cuestión de amor. No soporto verla sufrir de ese modo.

— Pero es su dolor. Debes respetarlo —Victoria arremete sin clemencia. A pesar de su porte elegante y sus maneras frívolas, sabe cuáles son sus argumentos: la pena, la angustia y sobre todo, la pérdida.

— No te equivoques, Victoria, siempre he respetado a mi hermana —contesta él con amargura—. Incluso cuando decidió casarse con Yuri. Él era mi amigo, le admiraba. Pero hubiera preferido para Louise un matrimonio menos arriesgado. El ejército ruso, aunque seas un oficial médico, es extremadamente duro.


— Pues entonces continúa haciéndolo. Esto también pasará.

— No sabía que podías ser tan indolente, Victoria — Sigur clava los codos sobre la mesa,  sondeando con  una ojeada a la muchacha para hallar un signo de debilidad, y lanzar una mirada que la desposeyera de cada una de las capas que protegían su alma.

— ¡Mírala, Sigur! —señala hacia la mujer de mirada perdida y ojos hinchados por el llanto, ignorando el comentario hiriente del joven— ¡Peleo todos los días con ella para que tome unos sorbos de sopa, para que se bañe, para extraerle unas mínimas palabras! ¿Tan desapercibido crees que me pasa su dolor?

— No…, lo siento…, es que — y resopla, agarrándose la cabeza entre las manos en un gesto de desesperación-, es mi hermana.

— Y mi amiga... Los dos la queremos.

— Es verdad, te estoy muy agradecido por haber venido desde Inglaterra.

— No me des las gracias, Sigur, estoy donde debo estar.

En aquel momento Louise se levanta despacio. Se arropa los hombros con la manta, y dirige una mirada fugaz hacia el interior de la casa para adentrarse después en la lluvia, descalza sobre la arena. Victoria deja correr sus recuerdos hacia el pequeño apartamento que compartían en Londres y en cómo Louise cuidó de ella cuando tuvo que huir de España para abortar, dejando atrás los reproches de una madre, viuda y amargada, que le robó la única posibilidad de ser feliz junto al hombre que amaba. De no ser por Louise, ella habría muerto en aquella habitación en manos de ese matarife cuyo unico equipaje era una mesa plegable y herrumbrosa y un material quirúrgico insalubre. En su maleta, Victoria había guardado, tan solo, el vestido de novia que debía haber coronado el día más feliz de su vida.

— ¡Se va! — grita Sigur con preocupación—. ¿Dónde va? Se va a empapar.

— Déjala.

— De verdad que no te entiendo, Victoria. ¿De dónde sacas toda esa templanza?

— Es complicado de explicar.

— Creo que podré seguirte.

— Digamos que se empatiza mejor con el dolor ajeno cuando se ha pasado por la misma situación.

— ¿Tu marido también murió? — pregunta azorado pero con un brillo de curiosidad en la mirada —. No sabía que estuviste casada. No pretendo ofenderte pero Louise siempre te dibujo como “su amiga díscola y divertida de España”.

— Ya —Victoria esboza una ligera sonrisa ladeada —, para Louise nunca dejé de ser aquella jovencita pueblerina y con ganas de comerse el mundo que conoció en Londres.

— Recuerdo haber visto algunas fotografías tuyas, aunque por aquella época tu mirada era chispeante.

— ¿Es que ahora no lo es?

— No — Sigur agacha la mirada. Sí, había conocido a muchas mujeres, en todos los sentidos que se puede interpretar el verbo conocer, y sin embargo, Victoria Robles se presentaba ante él como un galimatías de difícil solución. Esa mujer destilaba fragilidad y dureza al mismo tiempo. Sus ademanes aristocráticos ocultaban su origen humilde de tal modo, que hasta sus más allegados confundían la realidad y la ficción. Pero sobre todo, Sigur estaba fascinado por esa manera tan particular que Victoria poseía para narrar el mundo, sin aportar finales a sus historias. Relatos que podía construir a partir de un azucarero, o de una mujer que conoció mientras lavaba la ropa en el río, o de una niña que vendía flores en el mercado. Todos  permanecían volátiles e inconclusos como si su final simplemente fuera el principio, y donde el oyente quedaba atrapado en cada uno de los acontecimientos, incapaz de resolver en ninguna dirección. Porque así era Victoria, un ser inconcluso, como todos sus cuentos.

— Tienes razón, no lo es.

— Entonces… ¿crees que se recuperará? — Sigur cambia la conversación para centrarse de nuevo en Louise. Al menos, para él, su hermana, es algo tangible.

— No te recuperas, aprendes a vivir con la pérdida.

— ¿Cómo tú?

— Quizás.

— Hablas como si hubieras renunciado al amor.

— El amor es el motor invisible que mueve el mundo, tu deberías saberlo, además de médico, Louise me ha contado que eres poeta.

— Eso no responde a mi pregunta — replica Sigur alzando las cejas.

— Ya, pero si no me hicieras ese tipo de preguntas no me obligarías a mentirte.

— Pues no me mientas, ¿o es que no sabes que no se miente a los desconocidos?

— De nuevo, tienes razón —  Victoria se defiende sonriendo de nuevo.

— Dame algo de esperanza, por favor. Dime ¿se renuncia al amor? — Sigur extiende su mano a través de la mesa y acaricia despacio la mano de Victoria. Ella  lo permite sosteniéndole la mirada.

— Un día te das cuenta —la voz parece quebrada por la emoción, sin embargo, Victoria Robles imposta con  valentía cada una de las sílabas que articula en un inglés no carente de acento —, de que la disnea ya no te oprime el pecho, incluso te sorprendes de tu propia risa. Te miras al espejo y vuelves a reconocerte. Ese momento es hermoso, te confiere esa esperanza de la que hablas. Después viene lo peor.

— ¿Lo peor? ¿Qué puede ser peor?

Victoria juguetea con el borde de la taza de café.

— El pánico.

— No te entiendo.

— El pánico te paraliza, no te permite avanzar. No se renuncia al amor pero se siente un profundo temor a amar— y clava una mirada profunda sobre él.

— ¿Hasta cuando?

— Eso no se puede saber, depende de cada uno.

— ¿Tú estás paralizada?

— Lo he estado durante mucho tiempo.

— ¿Y ahora no lo estás?

Sobre Sigur se cierne una llama de esperanza, una caricia de sentimientos contrariados, pues ya no sabe identificar de quién estaba hablando, si de Louise, de Victoria o de él mismo.

— ¿Cuándo se operó ese cambio?

— El día que llegaste.

Kant ha saltado sobre el regazo de Victoria provocando que aquel recuerdo que la había cogido de improviso se debilitara hasta desvanecerse como un copo de nieve en las manos de un niño. Se sorprende a sí misma sosteniendo el Martini que Héctor le ha preparado y comprende que no es necesario disimular. Héctor, sentado junto a la chimenea, la observa —atrapado en su mutismo como si de uno de sus poemas enfrascados se tratara—, con gentileza pero, sobre todo, con devoción. Victoria sabe que no habrá preguntas, Héctor ha comprendido hace mucho tiempo que ella solo es un reflejo de la mujer que un día fue. Louise ya no se encuentra junto al macizo de hortensias, ha dejado las botas de agua y los guantes en el banco del recibidor y, tras regañar al Victoria por tener las peinetas mal colocadas, se ha sentado junto a ella en el sofá. Héctor, silencioso y caballero le ha ofrecido un Martini, ella lo ha aceptado sin dar las gracias. No había mucho más que decir. Esperarían que Marion sirviera el exquisito roast-beef de Arthur y charlarían de política o quizás preguntarían a Liam sobre su nuevo coche, puede que de algo importante, pero de lo que realmente importa, eso ni se mencionaría. Porque así son ellos, amigos. Amigos en los huecos profundos.

¡Chimpum!
Laura Frost

3 comentarios:

  1. Me ha encantado Laura.
    Tal es asi que yo que me autoconvenzo de: uff que largo, hoy se me ha hecho corto el relato.
    Hacía tiempo que no entraba en Mhanseon.

    Sólo un nanomatíz.
    Se mece lentamente sobre una mecedora...?
    Es intencionado?
    Me da la sensación de una mujer menos distinguida.
    Se: balancea, acuna, bambolea, arrulla, briza.
    me parece más elegante.

    Saludos!

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  2. Hay momentos,sentimientos, emociones ...frases maravillosas .. "no se renuncia al amor pero se siente un profundo temor a amar.." qué cierto..

    Gracias, Laura y enhorabuena.. besos¡¡

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  3. Laura, es un texto precioso, con buenas reflexiones sobre la perdida, el amor, la renuncia... la amistad.

    Amigos en los huecos profundos, dices, y me encanta, esos amigos, los que nacen de la dificultad, la mayoría de la veces son duraderos.

    Dices de Victoria que es un ser inconcluso, ¿y quién lo es? Esa característica es la que mejor nos define, porque estamos sujetos a continuos cambios, aprendiendo, retando al futuro...reinventándonos cada día.

    Enhorabuena, Laura, he disfrutado mucho leyéndolo.

    Besos y un fuerte abrazo.

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