Desde la noche del 13 de febrero nada había sido como antes. El comportamiento de Vichoff se había alterado, en ocasiones parecía esforzarse para aparentar esa normalidad a la que me tenía acostumbrada. Le pregunté algunas veces por aquella noche y siempre repetía lo mismo “No hay nada más, niña, te lo he contado todo” y buscaba enseguida otro tema sobre el cual dialogar. Pero no podía engañarme, habíamos pasado el suficiente tiempo juntas para saber que algo me ocultaba. “Qué es lo que viste, Vi”, ¿por qué no me lo cuentas?”. “¿De qué tienes miedo?”. Todos esos pensamientos me rondaban por la cabeza.
Lejos de seguir presionándola, decidí investigar por mi cuenta sabiendo que aquello me costaría unas cuantas explicaciones y yo no era demasiado buena dándolas.
- Niña, ¿quedamos luego para dar un paseo?
- No voy a poder, quiero terminar un relato que tengo empezado.
Creo que ella se daba cuenta de mis mentiras porque no es algo que se me de bien y mis respuestas podían llegar a rozar el absurdo.
- Entonces te veo luego, ¿no?
- Ummm, bueno, no sé, no me encuentro bien.
- ¡Pero si esta mañana te he visto corriendo por el jardín! En fin, estaré en mi cuarto, si te apetece pasa a buscarme.


